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El secretario general del CCEE defiende la idea de un continente solidario

Duarte da Cunha: «Los inmi­gran­tes no son el pro­ble­ma, sino lo que po­ne el dedo en la llaga de Europa»

"La di­ver­si­dad pue­de crear ten­sio­nes, pero la so­lu­ción es un diá­lo­go abier­to"

Cameron Doody 01 Ago 2017 - 11:31 CET
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El Papa y los obispos europeos convocan un foro para «repensar Europa»

(C. Doody).- «Eu­ro­pa y la mi­sión del CCEE». Este es el lema bajo el que los obispos europeos se reunirán en plenaria este septiembre. En esta entrevista con la Diócesis de Segorbe-Castellón, el secretario general del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa, Duarte da Cunha, desengrana los retos a los que se enfrenta el viejo continente, y a los que, desde el punto de vista de la Iglesia, la única respuesta posible es «la lógica de la solidaridad».

¿Qué es el CCEE?

Los obis­pos son cons­cien­tes que en un mun­do cada vez más uni­do, tam­bién ellos tie­nen que en­con­trar­se y en­fren­tar los desa­fíos jun­tos. La ex­pe­rien­cia del Con­ci­lio Va­ti­cano II mos­tró que fue una ex­pe­rien­cia po­si­ti­va es­tar jun­tos, y en 1971 se ins­ti­tu­ye este Con­se­jo. Des­de en­ton­ces, so­bre ­to­do des­de Juan Pa­blo II y Be­ne­dic­to XVI, hay mu­chas re­fe­ren­cias a la mi­sión de Eu­ro­pa res­pec­to a su uni­dad, la paz o la cul­tu­ra con raí­ces cris­tia­nas. El Papa Fran­cis­co tam­bién se ha en­con­tra­do di­ver­sas ve­ces con la pre­si­den­cia del CCEE y la Asam­blea Ple­na­ria. No se tra­ta solo de de­fen­der la Igle­sia, sino tam­bién dar la ver­dad so­bre­ Eu­ro­pa ya que el cris­tia­nis­mo está en sus raí­ces y se tie­nen que cui­dar para no es­tar desorien­ta­dos.

¿Cuál es su mi­sión?

Nues­tra mi­sión es or­ga­ni­zar un con­se­jo, es de­cir, no una gran es­truc­tu­ra de ma­gis­te­rio sino un lu­gar de en­cuen­tro en­tre las ­Con­fe­ren­cia­s E­pis­co­pa­les, sus ex­per­tos, los obis­pos en­car­ga­dos de di­fe­ren­tes cam­pos, para que las per­so­nas ha­blen jun­tas de te­mas co­mu­nes o pa­re­ci­dos, y así te­ner una lec­tu­ra co­mún. El dis­cer­ni­mien­to co­mún es algo muy im­por­tan­te para ver los pro­ble­mas y que sean opor­tu­ni­da­des. La Igle­sia no tie­ne que la­men­tar­se o te­ner mie­do, sino ver los sig­nos de Dios como una opor­tu­ni­dad.

¿Qué desa­fíos se pre­sen­tan en la ac­tua­li­dad a Eu­ro­pa?

El que más está en el co­ra­zón de la Igle­sia hoy, cla­ra­men­te es la fe de la gen­te, la se­cu­la­ri­za­ción, que se viva como si Dios no exis­tie­se, por­que de ahí vie­nen des­pués to­das las con­se­cuen­cias en la ma­ne­ra de vi­vir, en la tris­te­za, y las ten­sio­nes so­cia­les o la cri­sis de la fa­mi­lia. La gen­te tie­ne ne­ce­si­dad de Dios y la con­tri­bu­ción de la Igle­sia es evan­ge­li­zar, como de­cía el Papa en su dis­cur­so al re­co­ger el pre­mio Carlo­magno. Hay que anun­ciar a ­Je­su­cris­to a la gen­te y re­cor­dar la con­cien­cia de Dios.

Tam­bién hay desa­fíos so­cia­les ­com­pli­ca­dos, como las mi­gra­cio­nes.

Sí, y toca la cri­sis de iden­ti­dad de los pue­blos. En to­dos los paí­ses eu­ro­peos ve­mos ten­sio­nes en­tre ideo­lo­gías de de­re­cha o iz­quier­da que pa­re­cían pa­sa­das y que es­tán vol­vien­do por esa cri­sis de iden­ti­dad. En esta cues­tión, los inmi­gran­tes no son el pro­ble­ma, sino lo que po­nen el dedo en la llaga. Tam­bién hay si­tua­cio­nes que nos preo­cu­pan como en Ucra­nia, en Bos­nia y Her­ze­go­vi­na, o los po­pu­lis­mos que pro­po­nen so­lu­cio­nes fá­ci­les a pro­ble­mas com­pli­ca­dos. En cam­bio la Igle­sia re­cuer­da que no hay que de­jar­se lle­var por re­ce­tas sim­ples por­que la reali­dad es com­ple­ja.

¿Y la desafec­ción de los ciu­da­da­nos ha­cia el pro­yec­to eu­ro­peo, como mues­tra el Bre­xit?

Se per­ci­be una se­pa­ra­ción en­tre la gen­te y los di­ri­gen­tes, y hay una sen­sa­ción de ma­les­tar que preo­cu­pa la Igle­sia por­que te­ne­mos pa­sión por Eu­ro­pa y la uni­dad de sus paí­ses res­pe­tan­do las di­fe­ren­cias. Los obis­pos in­gle­ses nos di­cen que no es­tán fue­ra de un Eu­ro­pa, que solo sa­len de un pro­yec­to po­lí­ti­co con­cre­to que es la Unión. Y es cier­to que es muy im­por­tan­te que la UE no se cie­rre a los miem­bros del club y que bus­que ten­der puen­tes de diá­lo­go. Es com­pli­ca­do, pero en el CCEE for­man par­te to­dos los paí­ses del con­ti­nen­te, y tra­ba­ja­mos en diá­lo­go con los res­pon­sa­bles po­lí­ti­cos por re­cor­dar los prin­ci­pios mo­ra­les-éti­cos de la doc­tri­na so­cial de la Igle­sia.

La ple­na­ria de sep­tiem­bre tie­ne el tí­tu­lo «Eu­ro­pa y la mi­sión del CCEE», en la que apa­re­ce­rán es­tos desa­fíos-opor­tu­ni­da­des. Como pre­gun­ta­ba el Papa en su dis­cur­so con oca­sión del 60 aniver­sa­rio del tra­ta­do de Roma: ¿Cuál es la her­me­néu­ti­ca, la cla­ve in­ter­pre­ta­ti­va con la que po­de­mos leer las di­fi­cul­ta­des del mo­men­to pre­sen­te y en­con­trar res­pues­tas para el fu­tu­ro?

Siem­pre el pro­ble­ma de hom­bre es el pro­ble­ma de Dios. El tema de Dios y el hom­bre van jun­tos. Por eso la cla­ve in­ter­pre­ta­ti­va de to­dos los desa­fíos es la dig­ni­dad de la per­so­na, que esté abier­ta a Dios y a los otros, que sea li­bre y re­cuer­de el pa­sa­do para cons­truir el fu­tu­ro. Es la cla­ve que el Papa siem­pre nos re­cuer­da: la per­so­na hu­ma­na y so­bre ­to­do la más aban­do­na­da, tris­te y po­bre. Por eso solo una ló­gi­ca de soli­da­ri­dad tie­ne la po­si­bi­li­dad de afron­tar los pro­ble­mas. Cuan­do hay ten­sio­nes se tien­de a de­fen­der­se, pero la me­jor ma­ne­ra no es ce­rrar­se a lo otro, sino in­ten­tar es­ta­ble­cer re­la­cio­nes. Es un ca­mino sin in­ge­nui­da­des.

La Igle­sia in­ten­ta se­guir lo que ha­cía Je­su­cris­to: acom­pa­ñar siem­pre, sos­te­ner en el ca­mino y dar orien­ta­cio­nes para un ca­mino que lle­ve le­jos. Me pa­re­ce muy im­por­tan­te la ló­gi­ca de la pe­re­gri­na­ción a San­tia­go: se hace para lle­gar al san­tua­rio, no por el ca­mino en sí. Y Eu­ro­pa tam­bién tie­ne que te­ner la vis­ta en el ideal de la meta. Los pa­dres fun­da­do­res te­nía muy cla­ros los idea­les, y aho­ra pa­re­ce que son más ma­te­ria­lis­tas: Solo con­su­mir aho­ra, y el in­di­vi­dua­lis­mo. Pero Ro­bert Schu­man de­cía que Eu­ro­pa es una co­mu­ni­dad de des­tino que ca­mi­na jun­ta para una meta. Y tam­bién por eso Eu­ro­pa sien­te una res­pon­sa­bi­li­dad para el mun­do, por­que cuan­do no está bien en­tre sí tam­bién está ro­ban­do al mun­do la con­tri­bu­ción que tie­ne que dar a los otros. Es un con­tri­bu­ción hu­ma­na, no co­lo­nia­lis­ta, la res­pon­sa­bi­li­dad de ayu­dar­nos los unos a los otros tam­bién a ni­vel cul­tu­ral y de fe.

¿Cómo vi­vir al mis­mo tiem­po la lai­ci­dad que está en la so­cie­dad eu­ro­pea, y la in­ter­re­li­gio­si­dad de los in­mi­gran­tes que lle­gan, en par­ti­cu­lar el is­lam?

Los desa­fíos de la lai­ci­dad y el diá­lo­go in­terre­li­gio­so son un im­pac­to muy im­por­tan­te en nues­tro tiem­po. La lai­ci­dad y se­cu­la­ri­za­ción, por su par­te, tien­den a crear una ló­gi­ca de per­so­nas in­di­vi­dua­lis­tas que se se­pa­ran de Dios y de los otros. Ve­mos así la cri­sis en la fa­mi­lia, el abor­to o la eu­ta­na­sia, pro­ble­mas de enor­me gra­ve­dad que apa­re­cen en so­cie­da­des se­cu­la­ri­za­das y que dan una Eu­ro­pa tris­te.

El diá­lo­go in­terre­li­gio­so, por su par­te, hace pal­pa­ble la pre­sen­cia nor­mal de la re­li­gión en la so­cie­dad. La di­ver­si­dad pue­de crear ten­sio­nes, pero la so­lu­ción es un diá­lo­go abier­to a co­no­cer al otro al tiem­po que no tie­ne mie­do de de­cir lo que uno pien­sa. Y esto es muy exi­gen­te, por­que se ne­ce­si­ta ser li­bre y no te­ner mie­do. Al mis­mo tiem­po es una opor­tu­ni­dad. El pro­ble­ma vie­ne cuan­do se con­si­de­ra la re­li­gión como algo pri­va­do, que no se pue­de ma­ni­fes­tar en pú­bli­co, ¡cuan­do la per­so­na es una uni­dad! La Igle­sia tie­ne mu­cha ex­pe­rien­cia en se­pa­rar el ám­bi­to re­li­gio­so del se­cu­lar -a di­fe­ren­cia de otras re­li­gio­nes don­de no es tan fá­cil- y en la co­exis­ten­cia pa­cí­fi­ca vi­vien­do en mi­no­ría, como ha sido la ex­pe­rien­cia du­ran­te si­glos en re­gio­nes del mun­do, siem­pre que se viva la re­li­gión como fe y no como ideo­lo­gía.

¿En Eu­ro­pa fal­ta la li­ber­tad re­li­gio­sa?

Está muy cla­ro que hay una pre­sión. Acom­pa­ña­mos el Ob­ser­va­to­rio so­bre In­to­le­ran­cia con­tra los Cris­tia­nos, y con mu­cha fre­cuen­cia hay per­so­nas o edi­fi­cios de la Igle­sia que son ata­ca­dos. Es un pro­ble­ma real, no algo ima­gi­na­rio. Pero no po­de­mos si­tuar­nos como víc­ti­mas y que­jar­nos; Con mu­cha cla­ri­dad e in­te­li­gen­cia de­be­mos ver los pro­ble­mas e con la ayu­da de­las le­yes de­fen­der la li­ber­tad re­li­gio­sa. No es po­si­ble que un cri­men con­tra una per­so­na de una re­li­gión sea más gra­ve que con­tra un cris­tiano; como si no tu­vie­ra la mis­ma dig­ni­dad que las mi­no­rías. Hay que dis­tin­guir en­tre las per­se­cu­cio­nes en paí­ses en gue­rra y en lu­ga­res don­de hay gru­pos que per­si­guen a los cris­tia­nos de modo cla­ra­men­te or­ga­ni­za­do, por una par­te, y Eu­ro­pa por otra, don­de te­ne­mos li­ber­tad re­li­gio­sa de­fen­di­da por las le­yes. Pero es cier­to que nues­tras so­cie­da­des mues­tran al­gu­nas se­ña­les de in­to­le­ran­cia con­tra los cris­tia­nos que pue­den ser un pun­to de par­ti­da, y por eso te­ne­mos que es­tar aten­tos. So­bre­to­do se ma­ni­fies­tan si se en­tra en cues­tio­nes éti­cas, y se prohí­be a los cris­tia­nos ma­ni­fes­tar­se.

¿Qué es­pa­cios ofre­ce la Igle­sia a ni­vel eu­ro­peo que pue­da ali­men­tar la fe de los fie­les o fa­vo­re­cer un en­cuen­tro con Cris­to?

La di­ná­mi­ca de pe­re­gri­na­ción está muy di­fun­di­da en la pas­to­ral eu­ro­pea. To­dos los paí­ses tie­nen san­tua­rios, mu­chos ma­ria­nos, y nue­vo lu­ga­res don­de se en­cuen­tran los cris­tia­nos. Eu­ro­pa tie­ne Roma y San­tia­go como lu­ga­res de los após­to­les, así como Tie­rra San­ta por­que Eu­ro­pa no se en­tien­de sin Je­ru­sa­lén, e ir para los eu­ro­peos ir a Je­ru­sa­lén no es sa­lir fue­ra, es co­no­cer­nos a no­so­tros mis­mos. Fue­ron muy im­por­tan­tes en la Edad Me­dia y si­guen sien­do lu­ga­res de pe­re­gri­na­ción don­de en­ten­der­se en nues­tra iden­ti­dad como cul­tu­ra.

Es muy in­tere­san­te tam­bién esos otros lu­ga­res no fí­si­cos sino es­pi­ri­tua­les, que son los nue­vos mo­vi­mien­tos que na­cie­ron des­pués del Con­ci­lio Va­ti­cano II, que son tan­tos y que con­si­guen acom­pa­ñar los jó­ve­nes a la edad adul­ta, y si­guen pre­sen­tes des­pués. Creo que es una no­ve­dad de nues­tro tiem­po.

Y cla­ro, hay que re­cor­dar la im­por­tan­cia de las pa­rro­quias, so­bre ­to­do en los me­dios ur­ba­nos que tie­nen una pas­to­ral muy tí­pi­ca con gen­te que se mue­ve mu­cho. Me im­pre­sio­na mu­cho cuan­do via­jo que siem­pre en­cuen­tro co­mu­ni­da­des vi­vas. Pue­den ser pe­que­ñas, pero ahí es­tán por­que hay gen­te con­cre­ta en to­dos los paí­ses que vi­ven la fe y es­tán muy in­te­gra­das en el mun­do con­cre­to, mo­derno, vi­vien­do la fe en su co­mu­ni­dad.

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