(Jesús Bastante).- «La misericordia no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de los que están oprimidos, sufren la violencia o están condenados a muerte». Tras el clásico parón postnavideño (cuando se celebraron en el Aula Pablo VI), regresaron las audiencias públicas en la plaza de San Pedro. Una mañana soleada pero fría en Roma, que no impidió el preceptivo paseo de Jorge Mario Bergoglio saludando fieles, besando niños, intercambiando solideos… Haciendo presente esa cercanía que hace más popular al Papa Francisco.
Algo resfriado, pero siempre sonriente, Francisco recordó que «Dios ofreció una propuesta de amor particular, exclusiva, privilegiada» con los hombres a través de la alianza, primero con Moisés, y definitivamente con «la sangre y el perdón» de Jesús en la cruz.
La lectura recorrió el libro del Éxodo, sobre la esclavitud de Egipto y la respuesta de Dios ante las quejas de Israel. «Dios se fijó en los hijos de Israel, y se les apareció». Y es que, para el Papa, «la misericordia de Dios está presente en toda la historia del pueblo de Israel, le conduce por senderos de gracia y reconciliación, como demuestra la historia de José y sus hermanos». Improvisando, recordó las situaciones de crisis familia, «con tantos hermanos que se pelean en una familia, que no se hablan… Este año de la misericordia es una buena ocasión para encontrarse, hablarse y perdonarse, ¿eh?»
Regresando a la lectura del Éxodo, Francisco incidió en que «Dios escuchó el lamento de Israel. Dios recordó su alianza con Abraham, Isaac y Jacob…», porque «la misericordia no puede permanecer indiferente» ante el sufrimiento, señaló, en una clara denuncia, de forma específica, a la pena de muerte.

El sufrimiento «nos hace sentir impotentes, tentados de pensar en cualquier cosa», señaló el Papa. Sin embargo, «Dios, no es indiferente, no se aparta del dolor humano. El Dios de misericordia responde y cura al pobre, al que gritó en su desesperación. Dios escucha e interviene para salvar, suscitando hombres capacess de sentir el gemido del sufrimiento y de trabajar en favor de los oprimidos».
Hombres como Moisés, a quien Dios salvó de la muerte en el río, «se hace mediador de su misericordia, permitiendo al pueblo nacer a la libertad, salvándole de las aguas del Mar Rojo». Ésta es la misión de los cristianos: acoger, dar descanso, ofrecer unidad, porque «la misericordia de Dios aparece siempre para salvar», todo lo contrario de lo que hacen «aquellos que buscan otras salidas, como los que hacen las guerras».
«Una maravilla de la misericordia divina -prosiguió Bergoglio, que se cumple plenamente en Jesús, en la nueva y eterna Alianza, consumada con su sangre y con el perdón, que destruye nuestro pecado y nos hace definitivamente hijos de Dios, joyas preciosas en las manos del padre bueno y misericordioso».
«Seamos hijos de Dios», concluyó el Papa, porque «tenemos la posibilidad de ver esta herencia de la bondad y la misericordia, frente a los otros. Pidamos al señor que en este Año de la Misericordia, aunque hagamos cosas, abramos nuestro corazón para llegar a todos con las obras de la misericordia. La herencia misericordiosa que Dios padre ha tenido con nosotros».
En sus saludos posteriores, Francisco saludó especialmente a la asociación de víctimas de abusos de Austria, presidida por el cardenal Schonborn, a las que recordó que la misericordia de Dios llega «especialmente» a los que han sufrido esta lacra. En sus palabras en árabe, además, recordó especialmente el sufrimiento de los perseguidos en Siria, Irak y Oriente Medio. La audiencia concluyó con un espectáculo circense y acrobático que provocó las delicias del Papa y de los fieles.

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la Sagrada Escritura, la misericordia de Dios está presente a lo largo de toda la historia del Pueblo de Israel.
Con su misericordia, el Señor acompaña el camino de los Patriarcas, a ellos les dona hijos no obstante su condición de esterilidad, los conduce por caminos de gracia y de reconciliación, como demuestra la historia de José y de sus hermanos (Cfr. Gen 37-50). Y pienso en tantos hermanos que están alejados dentro de una familia y no se hablan. Pero este Año de la Misericordia es una buena ocasión para reencontrarse, abrazarse y perdonarse, ¡eh! Olvidar las cosas feas. Pero, como sabemos, en Egipto la vida para el pueblo se hace dura. Y es ahí cuando los Israelitas están por perecer, que el Señor interviene y realiza la salvación.
Se lee en el libro del Éxodo: «Pasó mucho tiempo y, mientras tanto, murió el rey de Egipto. Los israelitas, que gemían en la esclavitud, hicieron oír su clamor, y ese clamor llegó hasta Dios, desde el fondo de su esclavitud. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta» (2,23-25). La misericordia no puede permanecer indiferente delante del sufrimiento de los oprimidos, del grito de quien padece la violencia, reducido a la esclavitud, condenado a muerte. Es una dolorosa realidad que aflige toda época, incluida la nuestra, y que muchas veces nos hace sentir impotentes, tentados a endurecer el corazón y pensar en otra cosa. Dios en cambio «no es indiferente» (Mensaje para la Jornada Mundial de la paz 2016, 1), no desvía jamás la mirada del dolor humano. El Dios de misericordia responde y cuida de los pobres, de aquellos que gritan su desesperación. Dios escucha e interviene para salvar, suscitando hombres capaces de oír el gemido del sufrimiento y de obrar en favor de los oprimidos.
Es así que comienza la historia de Moisés como mediador de liberación para el pueblo. Él afronta al Faraón para convencerlo en dejar salir a Israel; y luego guiará al pueblo, a través del Mar Rojo y el desierto, hacia la libertad. Moisés, que la misericordia divina ha salvado a penas nacido de la muerte en las aguas del Nilo, se hace mediador de aquella misma misericordia, permitiendo al pueblo nacer a la libertad salvado de las aguas del Mar Rojo. Y también nosotros en este Año de la Misericordia podemos hacer este trabajo de ser mediadores de misericordia con las obras de misericordia para acercarnos, para dar alivio, para hacer unidad. Tantas cosas buenas se pueden hacer.
La misericordia de Dios actúa siempre para salvar. Es todo lo contrario de las obras de aquellos que actúan siempre para matar: por ejemplo aquellos que hacen las guerras. El Señor, mediante su siervo Moisés, guía a Israel en el desierto como si fuera un hijo, lo educa en la fe y realiza la alianza con él, creando una relación de amor fuerte, como aquel del padre con el hijo y el del esposo con la esposa.
A tanto llega la misericordia divina. Dios propone una relación de amor particular, exclusiva, privilegiada. Cuando da instrucciones a Moisés a cerca de la alianza, dice: «Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada» (Ex 19,5-6).
Cierto, Dios posee ya toda la tierra porque lo ha creado; pero el pueblo se convierte para Él en una posesión diversa, especial: su personal «reserva de oro y plata» como aquella que el rey David afirmaba haber donado para la construcción del Templo.
Por lo tanto, esto nos hacemos para Dios acogiendo su alianza y dejándonos salvar por Él. La misericordia del Señor hace al hombre precioso, como una riqueza personal que le pertenece, que Él custodia y en la cual se complace.
Son estas las maravillas de la misericordia divina, que llega a pleno cumplimiento en el Señor Jesús, en aquella «nueva y eterna alianza» consumada con su sangre, que con el perdón destruye nuestro pecado y nos hace definitivamente hijos de Dios (Cfr. 1 Jn 3,1), joyas preciosas en las manos del Padre bueno y misericordioso. Y si nosotros somos hijos de Dios y tenemos la posibilidad de tener esta herencia – aquella de la bondad y de la misericordia – en relación con los demás, pidamos al Señor que en este Año de la Misericordia también nosotros hagamos cosas de misericordia; abramos nuestro corazón para llegar a todos con las obras de misericordia, la herencia misericordiosa que Dios Padre ha tenido con nosotros. Gracias.

Éste fue el saludo papal en castellano:
Queridos hermanos y hermanas:
El relato del libro del Éxodo que hemos escuchado nos muestra como la misericordia de Dios ha estado siempre presente en toda la historia del Pueblo de Israel. Por esto, cuando su vida se vuelve dura por la esclavitud en Egipto, Dios no permanece indiferente ante a su sufrimiento. Lo salva del Faraón por medio de Moisés, a quien escoge como mediador de liberación. Lo saca de Egipto, lo conduce a través del Mar Rojo y del desierto, hacia la tierra prometida, hacia la libertad.
La misericordia de Dios no es indiferente al dolor del oprimido, al grito de quien sufre violencia, esclavitud, o es condenado a muerte. Nos hace sentir impotentes y tentados a endurecer el corazón. Dios, en cambio, «no es indiferente», no abandona, sino que actúa y salva.
El ejemplo de Israel nos consuela y aviva nuestra esperanza en la salvación de Dios. Él elige a Israel, lo educa como un padre a su hijo, y le propone una relación de amor particular que lo convierte en «pueblo de su propiedad». También a nosotros nos ofrece las maravillas de su misericordia, que llega a su pleno cumplimiento en Jesucristo, que con su Sacrificio Pascual inaugura la «Alianza nueva y eterna», nos obtiene el perdón de nuestros pecados y nos convierte definitivamente en hijos de Dios.
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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Que el Señor Jesús nos conceda experimentar siempre en nuestra vida el amor y la misericordia de Dios, nuestro Padre. Muchas gracias.
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