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“Jesús comienza su misión poniéndose en la fila de los pecadores”, afirma el Papa en la Audiencia

Francisco: «No juzguemos a los demás, también nosotros tenemos nuestras miserias»

“Todos somos pecadores, pero todos somos perdonados por la misericordia de Dios”

Jesús Bastante 06 Abr 2016 - 10:36 CET
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(Jesús Bastante).- Miércoles de audiencia en una plaza de San Pedro soleada. Y repleta. Decenas de miles de fieles quisieron acompañar al Papa de la misericordia antes de la publicación de la que se prevé histórica exhortación apostólica tras el Sínodo de la Familia, y aplaudir su valiente decisión de acudir a Lesbos para denunciar la irracional, inhumana y cruel expulsión de refugiados de una Unión Europea que ha perdido definitivamente sus raíces de Evangelio.

Y nada mejor que el momento del sumo sacrificio, el de Jesús en la Cruz, donde «el inocente muere por los culpables», y desde donde Jesús «suplica al Padre el perdón para todos, sin excluir a nadie. Por eso no debemos temer reconocernos pecadores, pues ha llevado nuestro pecado sobre su Cruz y, cuando nos confesamos arrepentidos, tenemos la certeza de su perdón», reivindicó el Papa. «No juzguemos a los demás, todos tenemos nuestras miserias», clamó.

Y es que Jesús, el hijo de Dios, lleva al límite la misericordia anunciada en el Antiguo Testamento, y cumplida con la llegada del Mesías. «Todo el Evangelio es una muestra de ese amor puro, gratuito y absoluto que llega a culmen con el Sacrificio de la Cruz«, incidió el Papa, quien apuntó cómo «Jesús comienza su misión poniéndose en la fila de los pecadores, para recibir el bautismo de Juan, mostrándonos así su compasión, su solidaridad con la condición humana».

«Acerquémonos al sacramento de la reconciliación que actualiza la fuerza del perdón que nace de la cruz y renueva en nosotros la gracia de la misericordia divina, haciéndonos capaces de amar y perdonar como el Señor nos enseñó«, clamó Francisco, recordando las palabras de Cristo en la cruz: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen». Y es que, «en la cruz, Jesús presenta el pecado de todos, mis pecados, tus pecados nuestros pecados. Y con eso todos nuestros pecados están cancelados».

 

 

Porque, pese a lo que se empeñan los profetas de desventuras, «ninguno está excluido de esta oración de sacrificio de Jesús», aunque ello exija el confesión de los pecados. «No debemos temer confesarnos pecadores«, arguyó el Papa. «Deberíamos preguntarnos si somos pecadores. Todos somos pecadores, pero todos somos perdonados por la misericordia de Dios. No temamos reconocernos pecadores, porque todo pecado está en el Hijo y en la cruz, y cuando lo confesamos somos perdonados», clamó.

«No debemos temer a nuestras miserias», repitió. «No debemos temer nuestras miserias», pues «la potencia del amor del crucifijo no conoce obstáculos, y esta misericordia cancela nuestras miserias».

En el Año de la Misericordia, concluyó el Papa, «pidamos a Dios experimentar la gracia del Evangelio de la Misericordia, que transforma, que nos hace capaces de perdonar y proteger el mundo con su bondad. Si acudimos al Evangelio del crucificado resucitado, toda nuestra vida se transformará en el amor que renueva». El Evangelio de la misericordia «que nos transforma y nos permite entrar en el corazón de Dios».

 

 

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber reflexionado sobre la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento, hoy iniciamos a meditar sobre como Jesús mismo lo ha llevado a su pleno cumplimiento. Una misericordia que Él ha expresado, realizado y comunicado siempre, en cada momento de su vida terrena. Encontrando a la gente, anunciando el Evangelio, curando a los enfermos, acercándose a los últimos, perdonando a los pecadores, Jesús hace visible un amor abierto a todos: ¡ninguno está excluido! Abierto a todos sin límites. Un amor puro, gratuito, absoluto. Un amor que alcanza su culmen en el Sacrificio de la Cruz. ¡Sí, el Evangelio es de verdad el «Evangelio de la Misericordia», porque Jesús es la Misericordia!

Los cuatro Evangelios afirman que Jesús, antes de iniciar su ministerio, quiso recibir el bautismo de Juan Bautista (Mt 3,13-17; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22; Gv 1,29-34). Este acontecimiento imprime una orientación decisiva en toda la misión de Cristo. De hecho, Él no se ha presentado al mundo en el esplendor del templo: ¿podía hacerlo, eh? No se ha hecho anunciar al son de trompetas: podía hacerlo. Ni mucho menos ha venido en las vestiduras de un juez: podía hacerlo. En cambio, después de treinta años de vida oculta en Nazaret, Jesús se acercó al río Jordán, junto a tanta gente de su pueblo, y se puso en la fila con los pecadores. No ha tenido vergüenza: estaba ahí con todos, con los pecadores, para hacerse bautizar. Por lo tanto, desde el inicio de su ministerio, Él se ha manifestado como Mesías que asume la condición humana, movido por la solidaridad y la compasión. Como Él mismo afirma en la sinagoga de Nazaret identificándose con la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). Todo lo que Jesús ha realizado después del bautismo ha sido la realización del programa inicial: traer a todos el amor de Dios que salva. Jesús no ha traído el odio, no ha traído la enemistad: ¡nos ha traído el amor! ¡Un amor grande, un corazón abierto a todos, a todos nosotros! ¡Un amor que salva!

Él se ha hecho prójimo con los últimos, comunicando a ellos la misericordia de Dios que es perdón, alegría y vida nueva. ¡El Hijo enviado por el Padre, Jesús, es realmente el inicio del tiempo de la misericordia para toda la humanidad! Todos aquellos que estaban presentes en la orilla del Jordán no entendieron enseguida el significado del gesto de Jesús. El mismo Juan el bautista se sorprendió de su decisión (Cfr. Mt 3,14). ¡Pero el Padre celeste no! Él hizo oír su voz desde lo alto: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección» (Mc 1,11). De este modo el Padre confirma el camino que el Hijo ha iniciado como Mesías, mientras desciende sobre Él como una paloma el Espíritu santo. Así el corazón de Jesús bate, por así decir, al unísono con el corazón del Padre y del Espíritu, mostrando a todos los hombres que la salvación es el fruto de la misericordia de Dios.

Podemos contemplar todavía más claramente el gran misterio de este amor dirigiendo la mirada a Jesús crucificado. Mientras está por morir inocente por nosotros pecadores, Él suplica al padre: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Es en la cruz que Jesús presenta a la misericordia del Padre el pecado del mundo: ¡el pecado de todos! Mis pecados, tus pecados, los pecados. Es ahí, en la cruz, que Él los presenta. Y con ella todos nuestros pecados son borrados. Nada ni nadie queda excluido de esta oración sacrificial de Jesús. Esto significa que no debemos temer en reconocernos y confesarnos pecadores. Pero, cuantas veces nosotros decimos: «Este es un pecador, este ha hecho esto, aquello…» y juzgamos a los demás. ¿Y tú? Cada uno de nosotros debería preguntarse: «si este es un pecador. ¿Y yo?». Todos somos pecadores, pero todos somos perdonados: todos tenemos la posibilidad de recibir este perdón que es la misericordia de Dios. No debemos temer, pues, de reconocernos pecadores, confesarnos pecadores, porque todo pecado ha sido llevado por el Hijo en la cruz. Y cuando nosotros lo confesamos arrepentidos confiando en Él, estamos seguros de ser perdonados. ¡El sacramento de la Reconciliación hace actual para cada uno la fuerza del perdón que brota de la Cruz y renueva en nuestra vida la gracia de la misericordia que Jesús nos ha traído! No debemos temer nuestras miserias: no debemos temer a nuestras miserias. Cada uno de nosotros tiene las suyas. La potencia del amor del Crucificado no conoce obstáculos y no se acaba jamás. Y esta misericordia borra nuestras miserias.

Queridos, en este Año Jubilar pidamos a Dios la gracia de tener experiencia de la potencia del Evangelio: Evangelio de la misericordia que transforma, que hace entrar en el corazón de Dios, que nos hace capaces de perdonar y de mirar al mundo con más bondad. Si acogemos el Evangelio del Crucificado Resucitado, toda nuestra vida es plasmada por la fuerza de su amor que renueva. ¡Gracias!

 

 


Saludo del Papa en castellano

Queridos hermanos y hermanas:
Después de reflexionar sobre la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento, iniciamos a meditar ahora como el Señor la ha llevado a su plenitud. Todo el Evangelio es una muestra de ese amor puro, gratuito y absoluto que llega a culmen con el Sacrificio de la Cruz.
Jesús comienza su misión poniéndose en la fila de los pecadores, para recibir el bautismo de Juan, mostrándonos así su compasión, su solidaridad con la condición humana. En la Sinagoga de Nazaret afirma que todo lo que hará será cumplir este programa inicial, llevando consolación, salud y perdón a quien acudía a Él. En el Jordán, ninguno pudo entender este gesto, sólo el Padre, que declara: «Este es mi hijo, el amado, mi predilecto», ratificando con la unción del Espíritu el camino que el Señor ha tomado.
En la Cruz contemplamos este gran misterio de amor. En ella, el inocente muere por los culpables y, desde ella, suplica al Padre el perdón para todos, sin excluir a nadie. Por eso no debemos temer reconocernos pecadores, pues ha llevado nuestro pecado sobre su Cruz y, cuando nos confesamos arrepentidos, tenemos la certeza de su perdón.
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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Acerquémonos al sacramento de la reconciliación que actualiza la fuerza del perdón que nace de la cruz y renueva en nosotros la gracia de la misericordia divina, haciéndonos capaces de amar y perdonar como el Señor nos enseñó.

 

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