El mundo de la piratería es tan antiguo como la propia navegación, el comercio, la política o incluso la filosofía, con documentación probatoria datada anterior al siglo V a.C. y en plena actividad actualmente, como bien puede acreditar mi amigo Ricardo Blach, patrón del Alakrana, secuestrado durante largo tiempo por piratas somalíes, en aguas del golfo pérsico. Tan es así que no resulta desencaminado buscar en tal actividad, como defienden algunos, los orígenes del capitalismo, e incluso de la moderna democracia y la seguridad social, por lo que no está de más que nos adentremos muy someramente en sus entrañas, para poder comprender algo mejor sus entresijos, sus fantasías y su enorme poder seductor.
Muchos han sido quienes han cantado su lado romántico, canalla o simplemente festivo, aunque si me dan a elegir… me quedo con Sabina y por supuesto con Espronceda, quien mejor ha sabido plasmar el ideal romántico de la actividad.
Nuestro canalla poeta actual de la canción, en una descarnada composición en la que repasa lo más políticamente incorrecto de las malvadas ocupaciones, asegura finalmente que:
“Pero si me dan a elegir
entre todas las vidas yo escojo
la del pirata cojo
con pata de palo
con parche en el ojo
con cara de malo
el viejo truhán, capitán
de un barco que tuviera
por bandera
un par de tibias y una calavera”
Por su parte, nuestro poeta romántico por naturaleza, en esa época que idolatraba a los canallas, a los libertarios, y a los héroes incomprendidos, tuvo a bien obsequiarnos con aquello que todos recitábamos de pequeños, que algunos aun no hemos olvidado y que en nuestro fuero interno de aventureros, prisioneros de la rutina de nuestro avanzado mundo, aun seguimos anhelando:
“Que es mi barco mi tesoro
que es mi Dios la libertad
mi ley, la fuerza y el viento
mi única patria, la mar”
y aun…
“En las presas yo divido lo cogido por igual
solo quiero por riqueza
la belleza sin rival”
y tantas y tantas otras estrofas que nos transportan a un mundo anárquico de romántica utopia cargada de ensoñaciones.
Pero eso no es la piratería, al menos en su mayor parte, donde imperaba la crueldad, la violencia, la muerte y la supervivencia, aunque en mucha menor medida también tuviera cabida la honestidad, los ideales y la búsqueda de un mundo mejor.
Si nos centramos en los dos siglos que desde mediados del XVI llegan a mediados del XVIII y concretamente en el Caribe, nos vamos a encontrar en ese mundo tantas veces glosado de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros que tanto castigaban a la flota española, al transporte de sus riquezas y que finalmente fue derivando en la trata de esclavos.
Cinco son inicialmente, al menos, los resortes que empujan a la proliferación de la piratería en la zona: El descubrimiento de America, la exclusión de Inglaterra, Francia y Holanda principalmente, en el reparto de las tierras entre España y Portugal por el Tratado de Tordesillas, secundado por la Iglesia, las inmensas riquezas halladas en el nuevo mundo, el mal trato al que se sometía a la marinería, tanto en las flotas mercantes como de guerra de los países que disputaban la soberanía marítima, y finalmente el ansia de aventura en algunos, desheredados en sus lugares de origen, entre los que se encontraba, en menor medida, un pequeño componente de utópicos ideólogos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, que acabarían dando al “oficio” ese halo de romántico comportamiento.
Franceses y holandeses en similares comportamientos, hicieron que poco a poco fueran siguiendo los decididos pasos de la corona británica a la hora de, siguiendo la máxima de que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, arrebatar, de forma sibilina a los españoles, todos esos tesoros que estos sustraían de las nuevas tierras conquistadas, y lo hicieron como suele ser habitual en ellos, de forma indirecta a través de la figura del corsario, o pirata con patente de corso, un salvoconducto que les otorgaba legalidad y protección de su marina, a cambio de parte de los bienes apropiados a mercantes españoles, con lo que evitaban un enfrentamiento directo con España, al tiempo que la debilitaban enriqueciéndose con ello. Para lo cual transformaron gran parte de la piratería en corsarios, a quienes finalmente acabaron incluso otorgando honores, dignidades, reconocimientos, títulos nobiliarios y prebendas reales.
Personajes como Henry Morgan, el Olonés (francés y el más cruel de todos ellos), John Hawkins, Sir Walter Raleigh, Sir Francis Drake, forman parte destacada de la historia de la pérfida albión y ejemplo de su ampliamente celebrada colonización.
Panamá y Maracaibo servían, entre otras, de salida al oro y la plata española, desde el continente, con destino a Cuba y la Española, puntos isleños de partida hacia el viejo continente, siendo Barbados, Jamaica y Tortuga, también entre otros, los principales emplazamientos de las flotas piratas y corsarias al acecho de la flota española, tratando de evitar que sus convoyes alcanzasen la desembocadura del Guadalquivir en busca de su último destino, Sevilla, donde se encontraba el deposito final de todas las riquezas que el reino de España recaudaba.
Fue precisamente en Tortuga donde fue creada la “Cofradía de la Hermandad de la Costa” a partir de una organización anarco-democrática, a la que se sometían piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros que decidían libremente su residencia en la isla. Su lema era el anarquista de “Ni Dios, ni patria, ni rey” y su democrático decálogo era el siguiente:
*Ni prejuicios de nacionalidad, ni de religión
*No existencia de propiedad privada, en suelo y en barcos
*La Cofradía no tiene injerencia en la libertad de cada cual
*Si un cofrade abandona la sociedad, jamás será perseguido por ello
*No se admiten mujeres blancas (crean dependencias) solo negras y esclavas
*Total ausencia de deberes para con la comunidad
*Un cofrade deberá escoger un compañero para heredero en caso de muerte
*Establecimiento de indemnizaciones por muerte e invalidez
*Reparto de botín a partes iguales, con quitas para indemnizaciones
*Organo máximo de decisión: la Asamblea de un hombre un voto (democracia directa), con decisiones inapelables.
En cuanto a las faltas o delitos, establecieron como tales las calificaciones de leves por peleas o desobediencia, castigados con azotes y las graves como robo, delación y asesinato, castigados con la ejecución, la amputación de orejas o nariz y finalmente el abandono en isla desierta.
El mando era elegido para cada barco por medio del voto de cada uno de los tripulantes, en función de las capacidades de cada candidato en cuanto a dotes de navegación, de mando, de estrategia, o de efectividad en la batalla (pura meritocracia), honor que podía ser rebatido en cualquier momento a través de una nueva votación, a la menor perdida de confianza por parte de las tripulaciones.
Era, sin duda, un mundo difícil, reservado a hombres rudos y valerosos que no obstante supieron darse unas reglas de comportamiento y convivencia en las que imperase la libertad, la igualdad y la fraternidad, virtudes que más tarde inspirarían la revolución francesa, origen de nuestras actuales concepciones de los modernos estados, al igual que inspiró en parte el capitalismo la necesidad de colocar en el mercado la mercancía que la Cofradía requisaba, regulando precios dependiendo del mejor postor en mercados libres, en las distintas islas donde de alguna manera se consentía tal trata aun sabiendo su origen.
Paralelismo parecido existía en el devenir de la carrera “profesional” de gran parte de los piratas convertidos en corsarios y finalmente honrados por los distintos gobiernos que los tuvieron clandestinamente a su servicio. Ejemplo de trayectoria política paralela a muchas de las que hoy conocemos, salvando las distancias, es la del galés Henry Morgan, el famoso “Captain Morgan”, quien de joven se traslada de su Gales natal, como grumete, al Caribe, al servicio de una plantación, para pasar a tripular un mercante, convertirse a la piratería, acabar comandando un barco, participar en varios asaltos, corsariar para la Corona británica, y ya en el zenit de su carrera, tomar la inexpugnable Panamá, a los españoles, engañando y abandonando finalmente a sus tripulaciones, llevándose el botín para, en última instancia acabar siendo gobernador de Jamaica, al servicio directo de su majestad, finalizando su vida entre honores, riquezas, dignidades y tras una vida entera dedicada al robo, el asesinato, la tortura, la traición y todo tipo de horrores, ser considerado como un héroe, pilar de la conquista de gran parte de las posesiones británicas en el Caribe.
Quizá tengan razón quienes creen que nuestra actual democracia, el propio capitalismo y la seguridad social se forjaron en las cuevas de la isla Tortuga, por parte de hombres sin escrúpulos, ladrones y asesinos que aun en sus condiciones supieron impartir “justicia”, ayudar a los suyos y crear un comercio floreciente para su comunidad. Hoy dudo que “los nuestros” tengan tales aptitudes, al menos no parecen demostrarlo, con una democracia en la que nada decidimos ni corregimos, una meritocracia inexistente, un capitalismo que incrementa cada día las diferencias y la pobreza, y una seguridad social a la que le han hurtado impunemente sus reservas en unos pocos años, sin que a nadie le hayan cortado ni siquiera una oreja, por eso, si me dan a elegir entre todas las vidas, yo escojo la del pirata cojo, con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo, el viejo truhán, capitán, de un barco que tuviera por bandera un par de tibias y una calavera, siendo mi Dios la libertad, mi ley la fuerza y el viento y mi única patria, la mar.
¿O no?
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