Miguel Anxo Fernán Vello, es un editor y premiado dramaturgo y poeta en lengua gallega, diputado de En Marea por Lugo.
Recién proclamada la victoria del Partido Popular en las pasadas elecciones al Parlamento de Galicia, en caliente, cuando uno realmente dice lo que piensa, escribió el siguiente tuit: “Extraño pueblo el nuestro: “esclavos” que votan al amo, al señorito, al cacique, al que manda, al de siempre. Pueblo alienado e ignorante. Triste”. Horas más tarde, ante el aluvión de críticas recibidas, y seguramente presionado por sus propios compañeros de partido, se apresuró a corregir, a su manera, el primitivo mensaje con la publicación del siguiente: “Un PP inzado de corrupción, cunha Rita Barberá que ainda non dimitiu, atrevense a perseguirme por un chio de Tw desafortunado. Ridículo!”.
Algunos periódicos, sin demasiado jaleo, se han hecho eco del asunto, en el sentido de disculpar al galardonado galleguista, diputado por Lugo, que en un arrebato, dolido por la pérdida en las elecciones, tuvo el pronto de llamar ignorantes a los votantes, aunque acto seguido rectificó convenientemente. Una travesura…
No olvidemos aquí que a la líder de UPyD, poco menos que se le declara persona non grata en Galicia, por decir que otro colega había actuado a la gallega, de forma poco clara, o que al líder de Ciudadanos, estuvo a punto de ocurrirle lo mismo al asegurar que estaba en contra del “AVE para todos”, entre ellos el AVE gallego, aun asegurando que ello no suponía paralizar las inversiones ya comprometidas. Ambos, sin embargo, han quedado marcados por ese estigma. !Anatema!
Pues bien, mi enorme decepción con Fernán Vello, no viene tanto por su primer mensaje, como por el cobarde, impropio, contradictorio y tópicamente poco claro segundo.
Si empezamos por analizar el segundo mensaje, para nada parece un texto propio de alguien que realmente se arrepiente de lo dicho, pues se limita a calificar su primer texto como “desafortunado”, sin ningún otro matiz, al menos sobre sus calificativos de alienado o de ignorante, limitándose al clásico “tu más”, metiendo por en medio a Rita Barberá y a la corrupción del PP como cuerpo principal del mensaje. Si realmente piensas lo que has escrito desde tus entrañas, al menos defiéndelo, arguméntalo, porque argumentos “haberlos hainos a fartar”.
Hoy vivimos una feroz dictadura de lo políticamente correcto, de lo que se considera adecuado, o lo que descalifica a uno cerrándole todas las puertas. En esa cuerda floja se encuentra el “pueblo”, el sagrado pueblo, el dios del que no se puede ni siquiera alegar tipo alguno de descalificación, el culmen de la sabiduría, de la prudencia, de la sensatez y bobadas, falsedades y gilipolleces por el estilo.
El pueblo somos todos, y tomados uno a uno y en relación a la materia de la que vivimos, practicamos, ejercemos, nos aficionamos o nos hemos documentado, podemos tener ciertos conocimientos más o menos acertados que hagan que tengamos cierta autoridad a la hora de expresarnos, pero poco más. Desconocemos muchas más cosas de las que creemos y, en materia política, que engloba cantidad de disciplinas que, en general, los propios políticos desconocen en su inmensa mayoría, el pueblo, que también en general suele estar encantado con sus derechos pero reticente con sus deberes de informarse y de votar en consecuencia, todavía está más en la inopia, de manera que acaba votando más con las entrañas, con los sentimientos, odios, querencias y ocurrencias que como consecuencia de haberse formado para ello en el uso de la razón y el conocimiento.
Galicia no es muy distinta al resto de España en esta materia, aunque aquí ciertos comportamientos se dan con mas asiduidad debido quizá a sus especiales características de población, históricas y geográficas. La figura del cacique, del amo, del señorito, del que manda, del de siempre, a la que alude Fernán Vello, ha sido fundamental durante siglos en el rural, y no tan rural gallego. Se trata de un padrino, una figura que en el ámbito en el que actúa lo controla absolutamente todo y a todos, a los que ayuda, protege y tutela y del que todos tenemos nuestras referencias más o menos acusadas. Una figura que a cambio de baratijas adquiridas con el dinero de todos, de subvenciones o de privilegios, siempre pasa factura, y lo hace generalmente cuando se juega parte de su influencia, de aquello que le hace poderoso.
Cuiña en Pontevedra, Baltar en Orense, Cacharro en Lugo y hoy Caballero en Vigo, son y han sido personajes clave en la política reciente en cada una de sus demarcaciones. Eran los caciques, los padrinos, los amos, los señoritos, los que mandaban, los de siempre, los benefactores de sus paisanos, los demagogos por excelencia, pero a su vez los que disponían de toda la información y todo el poder, contra quienes oponerse podía costarle a uno el ninguneo más absoluto, en el mejor de los casos. A precio de ser laminado, nadie se atrevía o se atreve a levantar la voz en su contra, ni a no votarles cuando lo requerían, incluso personalmente. ¿Para que sirve y ha servido tradicionalmente en Galicia el dinero de las Diputaciones, desviado siempre a cuestiones ajenas a las propias de su cometido o entregado a los de la propia cuerda?, ¿Que resortes acaso ha ido a tocar el PP, sobre todo Rajoy, en esta campaña de paseos continuos por el rural?.
Es cierto que el PP gallego actual no tiene demasiado que ver con el de hace unos años, pero para muchos la tradición permanece, como también es cierto que no es precisamente Galicia la región en la que la corrupción del PP es más evidente, pero si lo es la de su organización nacional, una organización en la que los escándalos de corrupción no solo salpican a centenares de cargos, sino al propio partido, un partido que está procesado, que ante la intervención de un juez en un registro en la propia sede, una sede cuya reforma está pagada en dinero negro, elimina los discos duros de sus ordenadores, que blanquea su dinero a base de cambiarle billetes de 500 euros a sus afiliados por otros menos sospechosos, que tiene procesados a todos sus tesoreros y a gran parte de sus altos cargos, que entiende que con que dimitan de militancia cuando los cojan ya es suficiente, un partido además en el que no existe democracia interna de ningún tipo, en el que su líder (Mariano Rajoy) lo decide absolutamente todo, que no se da un paso sin su conocimiento y aprobación, una situación en la que es absolutamente imposible pensar que todo pasaba y pasa sin que su cacique máximo se enterase, sin que prestara su consentimiento, aunque eso si, como se hacen estas cosas, sin comprometerse, poniendo siempre a otros como escudo, negándolo todo, poniendo cara de bobo y abandonando a su suerte a todo el que fuera pillado con las manos en la masa (aquí si que procede el argumento de Rita Berberá, o de Barcenas, o de tantos otros). En definitiva un partido que en cualquier pais realmente democrático hubieran corrido a gorrazos, hubiera ya desaparecido, con sus máximos dirigentes entre rejas.
Pues bien, aquí, el “pueblo sabio”, el pueblo soberano, el que nunca se equivoca, en unas ya próximas terceras elecciones, buscadas y trabajadas hipócritamente por el propio Rajoy (el único al que realmente le interesan), va a dar la mayoría absoluta a ese partido, y va a poner de nuevo como presidente del gobierno a su máximo responsable, al capo de todo el invento, y todo ello por la única “virtud” de presentarse como víctima de la situación actual, de ser el “pobriño” de la tragedia. ¿En que no tiene razón Fernán Vello en su primer comunicado?. ¿No es eso acaso un pueblo alienado e ignorante? ¿No es eso acaso incluso la figura delictiva de un colaborador necesario en la comisión de un delito? ¿Son todo ello consecuencias de un pueblo sabio, o de un pueblo infantil, o incluso tan corrupto como aquellos a los que apoya con su voto?
Es cierto también que todo lo que tenía enfrente el PP en estas elecciones gallegas era pura trapallada, una amalgama de aprendices en constante guerra unos con otros, nada serio, pero también es cierto que el desfile de alienados e ignorantes depositando su voto al partido mas corrupto de nuestra reciente historia, aprobando con ello su proceder, conformaba el grueso del ejercito pepero, y no solo en las aldeas, pueblos y pequeñas ciudades, sino incluso en gran parte de las grandes ciudades.
El pueblo, en materia politica, en general y por definición, es un absoluto ignorante, suene bien o mal, sea políticamente incorrecto u ofensivo para quien no sabe reconocer las obviedades, es algo tan antiguo y generalizado que ya Platón lo denunciaba. El pueblo, en general, siempre se equivoca, ya que la democracia es un sistema aceptable para pueblos formados, pueblos en los que los derechos y los deberes estén parejos, pueblos informados, preocupados por el conocimiento, por estar al día, por contrastar sus ideas. La democracia no es un sistema para alienados, para tropa militante, sin criterio propio, sin conciencia, sin constancia del riesgo de equivocarse, sin preocupación por el contraste de las ideas, para pueblos sin preguntas, para pueblos que actúan por sistema.
En España, y en Galicia en mayor o menor medida, estamos todavía muy lejos de vivir una democracia real, de ser un pueblo democrático, pues no solo no nos hemos librado de las mafias en las que se han convertido los partidos políticos, las apoyamos, las alimentamos, las consentimos, las encumbramos, no vivimos una división de poderes, nos parece lógico que todo dependa del que manda, no disponemos de una ley electoral justa, no pintamos nada a la hora de confeccionar las listas que nos imponen con auténticos impresentables, ignorantes y sobre todo alienados en sus filas, cuyo único mérito es lamerle aquello al capo de turno. Aun seguimos votando por cuestiones absolutamente aleatorias, por costumbre, por tradición y por todo tipo de gilipolleces, en lugar de votar en conciencia, tras un detallado estudio de los distintos programas y de sus posibilidades de hacerse reales.
No podemos seguir la senda de empobrecimiento intelectual que pretenden y anhelan los partidos con la inestimable colaboración de los medios, y menos magnificar sus consecuencias con planteamientos políticamente correctos, acuñados por pequeñas mentes que se acunan en el ejercicio de su mediocridad y que aun tienen la indecencia de señalar a quienes, en un ejercicio de dignidad, denuncian la corrupción de un sistema y el atontamiento de un pueblo al que para ser sabio le quedan aun varias generaciones de pastoreo.
Con independencia del ascua que calienta su sardina, tiene toda la razón Fernán Vello en su primer mensaje, un mensaje que, como todos los que se venden por el plato de lentejas de turno, no ha tenido la valentía de defender. Si, el pueblo gallego, en general, como el de casi toda la península, es todavía ignorante y está alienado en la materia en cuestión, y si no lo reconocemos, nunca nos corregiremos, pues nada corrige quien no acepta de buen grado sus limitaciones.
Está bien que unas elecciones las gane el PP o cualquier otro partido, pero sobre todo si el voto es un voto responsable, un voto estudiado, pensado, y sobre todo un voto que impida el ejercicio del poder a aquellos que lo corrompen, que nos engañan y que nos privan de nuestros derechos como ciudadanos, a costa de sus ambiciones personales.
Por eso estoy hasta los perendengues, no solo de los cobardes, de los hipócritas y de los listos, sino de los políticamente correctos, sean políticos, periodistas, bienpensantes, mediopensionistas, o la madre que los parió, porque con esos criterios no avanzamos, seguiremos siendo siempre la España tradicional, de convento y tente tieso, conservadora de lo más casposo, que se escandaliza con lo más chungo, al tiempo que encumbra a los más canallas y sinvergüenzas, simplemente porque les parecen gente de orden.
Fernán Vello, huevos de cartón, poeta, galleguista de voy y vengo, ¿esa es la nueva España que esperáis que nos traigan las mareas?, ¿la de rectificar a la primera de cambio?, ¿la de no defender vuestras ideas? ¿la de arrugarse ante lo políticamente correcto?, ¿la de siempre?. El PP te pide que dimitas, por ofensas al pueblo gallego. Yo te diría que si no sabes o no quieres defender tus ideas, explicarlas, justificarlas y cargar con el peso de la incomprensión, vuelvas a la poesía, a recoger premios y en definitiva a la lírica, siempre menos comprometida que la búsqueda de la verdad y el valor de defender aquello en lo que creemos.
Alguien dijo que la dignidad es el valor de actuar con criterios propios, siempre, en todo lugar y circunstancia, sean cuales fueren sus consecuencias.
Si, parafraseando el final de los mencionados mensajes, típica y tópicamente contradictorios: !triste y ridículo!
Home