La transición energética ya se ha convertido en una de las mayores inversiones económicas de la historia moderna. Y hay una realidad que empieza a quedar clara: la transición verde no es gratis.
El mundo invierte ya más de 3 billones de dólares al año en energía. De esa cifra, más de 2 billones se destinan directamente a energías verdes y tecnologías de descarbonización. Pero incluso eso no es suficiente. Para cumplir los objetivos climáticos internacionales, la inversión anual tendría que aumentar hasta entre 4 y 5 billones de dólares cada año. Es decir, habría que prácticamente duplicar el esfuerzo actual.
Y Europa está en primera línea de ese proceso. La Unión Europea necesita movilizar más de 600.000 millones de euros anuales hasta 2030. Solo Alemania prepara programas cercanos a los 500.000 millones. Y aquí aparece la gran cuestión. Todo esto no se está financiando únicamente con crecimiento económico. Se está financiando, en gran parte, con deuda pública, subsidios y expansión fiscal. Estados Unidos ya ha aprobado cientos de miles de millones en ayudas verdes.
Europa sigue exactamente el mismo camino. Pero además existe otro problema del que casi no se habla. No estamos pagando solo renovables. Estamos pagando redes eléctricas, almacenamiento energético, sistemas de respaldo con gas y duplicación parcial de infraestructuras.
En la práctica, durante años convivirán dos sistemas energéticos al mismo tiempo. Y eso tiene un coste enorme. Más gasto. Más deuda. Más presión fiscal. Y más presión inflacionaria estructural.
Porque la transición energética no es únicamente un reto climático. Es también uno de los mayores retos financieros y económicos de las próximas décadas. ¿Quién va a pagar realmente la mayor transformación energética de la historia?
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