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Ocurrencias a granel

Pere Navarro, director de la DGT, propone ahora implantar en las ciudades españolas «un palo que tenga luz, semáforo, una señal y una papelera»

Una especie de tótem urbano que permitiría eliminar de las calles obstáculos para hacerlas más cómodas a los peatones

Manuel Trujillo 07 Feb 2026 - 09:35 CET
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Las carreteras están aún peor que las vías de tren y a nadie parece importarle

No hay por donde cogerlo.

Pere Navarro sigue dejando a la audiencia con la boca entreabierta y el ceño fruncido.

Su última ocurrencia es una propuesta de ciencia-ficción aplicada al mobiliario urbano.

Hace apenas unas horas, mientras hablaba del drama peatonal –ese en el que el móvil se ha convertido en el nuevo mejor amigo del atropello–, Navarro soltó su idea estrella del día: juntar a un fabricante de señales, otro de farolas y un tercero de semáforos para dar vida a un tótem urbano multifunción. Sí, ha leído bien: un solo poste que lo haga todo.

Un todo en uno callejero que, en teoría, liberaría las aceras de la selva de obstáculos que hoy las invade: señales torcidas, papeleras rebeldes, farolas solitarias y semáforos que parecen plantados al azar. La propuesta pilló tan desprevenidos a periodistas y asistentes que casi se oyen las cejas subiendo al unísono.

Así lo imagina (o lo soñaba) la IA, con un toque de smart-city futurista que casi da ganas de pedirle Wi-Fi al poste. Aunque, siendo sinceros, también hay versiones más… minimalistas.

El caso es que Navarro no se queda ahí. Sigue firme en su cruzada peatonalista radical: peatones primero (y segundo, y tercero), incluso si eso implica sacar coches de las ciudades o prohibir circular solo con un ocupante por vehículo –eléctrico o no–. Una visión valiente, o kamikaze, según se mire.

Mientras, en paralelo, alertaba del verdadero villano de las aceras modernas: entre el 30 y 40 % de los peatones anda pegado al móvil, cruzando calles como zombis iluminados por la pantalla. Resultado: riesgo de atropello disparado, uno de los grandes clásicos de la siniestralidad urbana.

Y aquí viene el detalle que hace que la propuesta suene aún más… peculiar. Con la red de carreteras nacionales pidiendo a gritos mantenimiento, con baches que parecen cráteres lunares y señalización que se cae a pedazos, ¿de verdad toca inventar el tótem suizo de las calles? Un cacharro que, aunque funcional en el papel, podría traducirse en un coste infinito para las arcas municipales y el erario público.

En fin: mientras unos sueñan con ciudades sin coches y postes multifunción, otros solo piden que la farola de su calle no parpadee y que el semáforo no se quede en ámbar eterno. Navarro, sin duda, no deja indiferente a nadie. Ni aburrir, tampoco.

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