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Una gran faena en Jerez de la Frontera llena de arte y valor

Morante es el toreo… ¡apaga y vámonos!

Palmas tras aviso y dos orejas con petición de rabo

09 May 2010 - 21:19 CET
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La feria hasta ahora había transcurrido con el atracón de orejas y puertas grandes al que estamos acostumbrados y sin que en nuestra memoria haya quedado algo más que algún pequeño detalle (el buen hacer de los caballeros frente a los murubes, la profesionalidad de El Juli y la magnífica dirección de lidia de Juan José Padilla).

Y en esto llegó Morante. Por la vía de la sustitución, que paradójicamente en el mundo del toreo ha propiciado grandes actuaciones. Su primer toro, manso y aquerenciado, fue recibido con cuatro verónicas y media, jugando los brazos con suavidad y mimo, que hicieron presagiar la gran faena que la mansedumbre del toro se encargó de imposibilitar.

Pero a cambio nos dejó ver a un José Antonio Morante lidiador, que ordenó picar al manso por el picador que guardaba la puerta y posteriormente con la muleta instrumentó un macheteo a dos manos que nos transportó a épocas pretéritas.

La mala condición del astado, que no aceptaba la pelea contra querencia, impidió el lucimiento del torero, que dejó únicamente el buen sabor de una tanda de naturales y dos con la derecha. Lo mató de dos pinchazos y media atravesada.

Lo bueno vendría con el quinto de la tarde, un jabonero sucio de 493 kilos, al que recibió con seis verónicas y media sencillamente excelentes, con las manos muy bajas, meciendo la embestida, con el mentón clavado en el pecho, clasicismo puro.

Después de un puyazo traserillo, quite de Morante por chicuelinas, tres, tirando el capote adelante y trayéndose al toro toreado y rematando con una media verónica, sensacionales.

Se cambia el tercio, y cuando los peones se dirigen a poner las banderillas, el torero les ordena retirarse, y dirigiéndose al toro nos regala tres verónicas y media de clamor. En ese momento, la plaza se pone en pie.

Morante coge las banderillas y prende tres soberbios pares de poder a poder, asomándose al morrillo del toro, con naturalidad y saliendo andando de la suerte. No se puede hacer mejor ni más torero. ¿Cuánto tiempo hace que no vemos esta suerte en las plazas?

Con la muleta plegada en la mano izquierda y junto a las tablas cita al toro y le cambia la trayectoria para sacarlo por alto, como si de un improvisado pase de pecho se tratara, pero no para cerrar la serie, sino para abrirla, de cuatro naturales bellísimos. Siguieron otras dos series más con la derecha, en las que todo fue temple y perfección. El culmen del toreo.

El toro y el torero dialogan. Se producen espacios de silencio, en los que el torero, fijo en la cara del toro y en sus actitudes, respeta la quietud del animal, que se toma un respiro y le dice, «cuando quieras»… y Morante nuevamente nos regala dos envíos de naturales, que nunca lo fueron tanto, para rematar con un desplante, saliendo muy despacio como si el torero emergiera del anillo confundido con el color de su vestido albero adornado de cabos negros.

El dios Cronos ha abandonado su puesto. Media tendida, que basta. ¿Qué hemos visto?… ¡es el toreo! Me quedo con el pañuelo en la mano, esperando el rabo que no llega… Da igual.

Nos preguntamos si es Morante un torero artista, un torero valiente, un lidiador, no le pongamos adjetivos, simplemente es… el Toreo. En tiempos en que se cuestiona la supervivencia de la fiesta en algún territorio, Morante ha dado hoy mil y una razones para su continuidad, la razón eterna del Toreo. Gracias, Torero.

Finito con su magnífico primero nos hizo concebir ilusiones después del brindis al público, pero el espejismo se diluyó.

Qué pena de toro, que no encontró torero. Tampoco Manuel Jesús El Cid estuvo en Jerez. Todavía esperamos que este buen torero recupere algún día el sitio que supo ganarse en su momento.

LA CORRIDA

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(*) Miguel Ángel Feliz Martínez, abogado, jurista y gran aficionado al arte del toreo

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