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Tiene 8.000 metros cuadrados y lo dedica a la Virgen del Pilar

Don Justo: vivir para una ‘catedral’

Un solo hombre lleva 49 años construyendo el templo en unos terrenos suyos en Mejorada del Campo

13 Dic 2010 - 09:51 CET
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Catedral para ricos

Los trabajos de restauración de las paredes del Salón del Tanto Monta de la Catedral de Huesca están concluidos

Hace tiempo que Mejorada dejó de ser un pequeño pueblo de agricultores para convertirse en una más de las muchas ciudades dormitorio que rodean Madrid.

El manto del progreso ha cubierto –con su inevitable cuota de vulgaridad estética– la práctica totalidad de este municipio de 22.000 habitantes. Pero en pleno centro de Mejorada hay 8.000 metros cuadrados que transportan a todo el que los visita a otro tiempo y lugar: el templo que don Justo Gallego Martínez construye desde 1961.

Son 49 años que no han pasado en balde: la cúpula de 22 metros de diámetro y 36 de altura, las tres naves de 20 metros de anchura y 50 de longitud, las torres de cinco metros de diámetro que rodean todo el edificio, o la inmensa cripta subterránea, que abarca todo el subsuelo del edificio; éste el testimonio –mudo pero como pocos elocuente– de que Justo, en medio siglo, no ha perdido
un minuto de trabajo.

Pero ni los fríos datos numéricos, ni siquiera las fotos, son capaces de transmitir toda la majestuosidad del edificio. Y de su belleza, porque la catedral (así es conocida por todo el mundo) no sólo es grande, sino que también es bella. La vertical amplitud del edif icio, junto con las vidrieras del coro, que inundan el interior con una luminosidad dorada y rojiza, transmutan en gracia y ligereza las cientos de toneladas de ladrillo.

Pero todavía queda mucho para acabar. Los torreones están a medio levantar, y la cúpula aún no ha sido cubierta de teja; sus hierros circulares atravesados por el viento recuerdan a las costillas boca arriba de una ballena.

Los expertos en arquitectura se quedan asombrados ante el edificio; los problemas de estructura han sido resueltos de un modo tan heterodoxo como firme y sólido. Y dentro del templo, aquí y allá, en cuidado desorden, se acumulan los sacos de cemento, los botes de pintura, las mesas hechas de cuatro tablones para continuar cortando o soldando algo. Trabajo, trabajo y más trabajo. Una belleza –la del templo– que, paradójicamente, por su inacabada imperfección, se hace más presente, quizá porque así, con todo a medio hacer, se da pie a que la imaginación vuele para ayudar a Justo a finalizar su tarea. Otra paradoja: el salto de la parte al todo, de la materia a la idea, se produce gracias a la pobreza de los materiales empleados:los ladrillos provienen de una fábrica cercana que previamente, por defectuosos, han sido desechados; en las columnas se perciben las huellas de los bidones de gasolina empleados como molde. Lo mismo
sucede con los pilares, fundidos nada menos que con botes de Cola Cao.

Bastaría que la mirada quedase presa de estas anécdotas para atribuirle a la catedral de Justo un carácter kitsch del que carece por completo. La impresión es que, por el contrario, su arquitecto ha conseguido lo más difícil: materializar el espíritu, o espiritualizar la materia, y con lo más pobre y cotidiano entonar un canto al Creador.

La piedras desechadas por los constructores han sido transformadas en piedra angular. Desde el principio, Justo explicita que su motivación es religiosa; la catedral está dedicada a la Virgen del Pilar. El baptisterio, el altar mayor, la cripta… El lenguaje arquitectónico de
la catedral engarza en todo momento con el tradicional de la Iglesia
Católica.

Tal vez por esto, alguna gente le sigue negando el pan y la sal y se empeña en decir que don Justo es un loco. No saben que los locos pueden producir ruido, pero no belleza.

Una prueba más de que lo Alto reverbera entre estas piedras es la reacción de los visitantes. A veces algún viajero se le acerca para decirle: “Había perdido la fe, pero viendo este templo sólo puedo pensar que algo así no puede hacerse sin la mano de Dios”. No sería la primera vez que algún turista, contemplando la catedral, se echa a llorar.

Ante estos comentarios, Justo –enjuto, fibroso y acechante– unas veces ríe y otras calla y, ante los visitantes, se le adivina una pizca de más que legítimo orgullo. Pero no se explaya demasiado; el tiempo apremia. Aun así, es inevitable ceder a la tentación de interrumpirle una vez más para preguntarle: pero oiga, ¿cómo ha levantado todo esto usted solo?: “Mi madre me educó muy bien y yo trabajo con ansias por amor al Señor”. No conviene incordiar más; es verdad, queda mucha faena por hacer.

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