Su calentura les ha dejado quizás con la vista nublada, ya que no atinan a ver que en su lugar de trabajo hay una cámara de vigilancia como la copa de un pino.
Pero ahí estan: dando rienda suelta a sus instintos en pleno servicio, -que no en el váter-, sino de pie y en el despacho de marras con los pantalones del uniforme arrugados.
Hacen amago de dejar la ‘jodienda’ una y otra vez, aunque vuelven a la carga acuciados por el deseo más vehemente.
Sus superiores, tras ver las escenas, les han abierto un expediente, y es muy posible que los lujuriosos acaben de patitas en la calle por tamaño desmán.
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