La sentencia de la justicia británica ha sido contundente y ejemplar

Condenan a dos años y 20 meses de cárcel a dos activistas por arrojar sopa a un cuadro de Van Gogh

Se trata de dos miembros del grupo “Just Stop Oil” que atacaron la obra de arte como señal de protesta para que el gobierno británico detenga los nuevos proyectos de petróleo y gas

El arresto de dos jóvenes activistas climáticas en Londres por arrojar sopa sobre la pintura “Girasoles” de Vincent Van Gogh ha generado un debate sobre los límites de la protesta y la protección del patrimonio cultural. Este incidente, que llevó a Phoebe Plummer y Anna Holland a recibir sentencias de prisión de dos años y 20 meses respectivamente, es un claro ejemplo de la creciente tensión entre la lucha por la justicia climática y la respuesta del sistema judicial.

La acción de Plummer y Holland, integrantes del grupo Just Stop Oil, fue un acto simbólico que, aunque polémico, buscaba llamar la atención sobre un problema que afecta a todo el planeta: el uso descontrolado de combustibles fósiles y su impacto devastador en el clima. ¿Fue la mejor manera de hacerlo? Probablemente no. Pero en un mundo donde la emergencia climática se enfrenta a la inacción gubernamental y la indiferencia de muchos sectores, estas protestas disruptivas se han convertido en el último recurso de los jóvenes para hacerse escuchar.

Sin embargo, la respuesta de la justicia británica ha sido contundente. Las recientes leyes que permiten castigar con dureza a los manifestantes han sido empleadas para sentenciar a estos activistas de manera ejemplar. ¿Es justo encarcelar a quienes intentan, por desesperación, despertar a una sociedad que sigue en su letargo climático? El juez Christopher Hehir afirmó que “no tenías derecho a hacer lo que hiciste con ‘Girasoles’”. Pero, ¿no es la protección de un cuadro menos importante que la protección del planeta que inspiró su creación?

Es fácil criticar a estas activistas desde la comodidad de nuestras casas, preocupándonos más por el daño al marco dorado de una pintura que por el daño irreversible que sufre nuestro planeta. La condena a Plummer y Holland refleja una paradoja: el sistema judicial y la sociedad parecen más preocupados por un bien cultural que por el colapso climático al que nos enfrentamos.

En el fondo, este caso nos obliga a cuestionarnos nuestras prioridades como sociedad. Mientras algunos se indignan por el riesgo que corrió una obra de arte, el mundo se enfrenta a incendios forestales, inundaciones y olas de calor sin precedentes. ¿Es más importante preservar la “herencia cultural” que la supervivencia de futuras generaciones? Las activistas, que pagaron un alto precio por su acto de desobediencia civil, trataron de poner este dilema sobre la mesa.

No se trata de justificar el vandalismo ni de ignorar la importancia del patrimonio artístico. Se trata de entender la desesperación que lleva a jóvenes a cometer este tipo de acciones, sabiendo que las consecuencias pueden ser severas. Se trata de reconocer que algo está fallando cuando la única manera de ser escuchados es atacando los símbolos de una sociedad que no quiere cambiar.

Mientras tanto, Just Stop Oil sigue con sus protestas, demostrando que las sentencias no logran apagar la determinación de quienes luchan por un futuro habitable. Si la justicia quiere realmente proteger el legado que Van Gogh y otros artistas nos dejaron, debería enfocarse también en garantizar que haya un mundo en el cual esas obras puedan seguir siendo apreciadas. Porque sin un planeta habitable, los “Girasoles” y todo lo que representan serán meros recuerdos de un mundo que no supimos cuidar.

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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