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CRIMEN SIN CASTIGO

¡Vergüenza!: El miserable le pega y lo tremendo es que nadie hace nada para ayudarla

Las cifras que avergüenzan al mundo y el silencio que mata tanto como el agresor

Manuel Trujillo Actualizado: 21 Jun 2026 - 16:46 CET
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Desde 2003, año en que comenzó la estadística oficial, 1.333 mujeres han muerto por violencia de género en España.

En 2025, se confirmaron 48 víctimas mortales por violencia de género, dejando 20 menores sin madre. En el 76,3% de los casos no constaba denuncia previa.

En lo que va de 2026, el contador sigue sumando. Una cada semana, aproximadamente. No en una zona de guerra. No en un país sin estado de derecho. En España, con su sistema judicial, su red de recursos de atención a víctimas y sus campañas de concienciación que llevan dos décadas en los medios.

El número de mujeres víctimas de violencia de género en España disminuyó un 3,8% en 2025, hasta 33.373. La tasa fue de 1,5 por cada 1.000 mujeres de 14 y más años. Que las cifras de víctimas registradas bajen ligeramente no significa que el problema esté resuelto. Significa que hay 33.373 mujeres que en 2025 vivieron dentro de una relación donde sufrieron violencia documentada. Y detrás de cada una de ellas hay un entorno que en la mayoría de los casos sabía, intuía o sospechaba algo.

Las cifras globales que nadie quiere leer despacio

Las Naciones Unidas definen la violencia contra la mujer como «todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada».

Bajo esa definición, los números son los siguientes. Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja o violencia sexual por parte de una persona ajena en algún momento de su vida. Eso equivale a aproximadamente 736 millones de mujeres. El 38% de los feminicidios en el mundo son cometidos por la pareja íntima de la víctima. Cada año mueren aproximadamente 87.000 mujeres a manos de sus parejas o familiares en todo el mundo según datos de ONU Mujeres. Más de 230 mujeres al día.

En Europa, una de cada tres mujeres ha experimentado violencia física o sexual desde los 15 años según el Instituto Europeo de Igualdad de Género. En la Unión Europea mueren aproximadamente 3.500 mujeres al año víctimas de la violencia de género.

En América Latina la situación es especialmente grave. México registra entre 10 y 11 feminicidios diarios. Brasil supera los 1.200 feminicidios anuales. Argentina registra una víctima cada 29 horas. La región latinoamericana concentra 14 de los 25 países del mundo con las tasas más altas de feminicidio según la CEPAL.

Lo que España considera violencia de género y lo que no

La Ley Orgánica 1/2004 define en España la violencia de género de forma más restringida que la definición de las Naciones Unidas. Se centra específicamente en la violencia ejercida por hombres sobre mujeres que sean o hayan sido sus cónyuges o que estén o hayan estado ligadas a ellos por relaciones similares de afectividad.

Eso excluye de la estadística oficial otras formas de violencia contra la mujer que la ONU sí incluye: la violencia sexual por agresores desconocidos, la violencia en el ámbito laboral, la trata con fines de explotación sexual y la violencia ejercida por familiares que no sean la pareja. Esta diferencia de definiciones tiene consecuencias estadísticas relevantes y significa que las cifras oficiales españolas, ya de por sí graves, subestiman el problema real.

El dato más perturbador de los disponibles para 2025 es también el más revelador sobre la naturaleza del problema: en el 76,3% de los casos de víctimas mortales no constaba denuncia previa. Tres de cada cuatro mujeres asesinadas no habían denunciado. El sistema de protección no puede actuar sobre lo que no conoce. Y las razones por las que esas mujeres no denunciaron son exactamente las mismas que hacen que el entorno tampoco actúe.

El silencio que mata: la cobardía de los que miran

Hay un factor en la violencia de género que las estadísticas no capturan bien pero que los estudios sociológicos documentan con consistencia: la inacción de quienes rodean a la víctima. El agresor raramente actúa en un vacío social completo. Hay vecinos que escuchan. Hay familiares que saben. Hay amigos que intuyen. Hay compañeros de trabajo que observan. Y una proporción significativa de ellos no hace nada.

Las razones para ese silencio son variadas y en muchos casos comprensibles a nivel individual aunque sean devastadoras a nivel colectivo. El miedo a equivocarse. La incomodidad de señalar a alguien del entorno. La idea de que «son cosas de pareja». La desconfianza hacia la eficacia del sistema. El temor a las represalias del agresor.

Los estudios sobre víctimas que sobrevivieron a situaciones de violencia grave muestran de forma consistente que la mayoría habían dado señales que alguien de su entorno había detectado. Cambios de comportamiento, marcas físicas explicadas con torpeza, aislamiento progresivo, ausencias del trabajo. Las señales existen. El problema no es que sean invisibles sino que quienes las ven no actúan.

La cobardía del entorno no es moralmente neutral. Cuando alguien sabe o sospecha y calla, no está siendo prudente. Está siendo cómplice.

Quiénes ayudan más y por qué

Los datos sobre quién rompe ese silencio son significativos.

Las vecinas son estadísticamente quienes más frecuentemente llaman a los servicios de emergencia cuando escuchan una agresión. Las mujeres tienen mayor probabilidad que los hombres de intervenir en situaciones de violencia que observan.

Los profesionales sanitarios son el segundo gran grupo de activación del sistema. Médicos de atención primaria, enfermeras de urgencias y trabajadores sociales tienen protocolos para detectar indicadores de violencia. La formación en este ámbito ha mejorado pero sigue siendo insuficiente en muchos centros.

Los farmacéuticos han emergido como un recurso especialmente valioso. Su presencia en barrios y pueblos donde los recursos especializados no llegan, su acceso a las mujeres en momentos de mayor privacidad y la confianza que generan en sus clientes habituales los convierten en un punto de detección temprana crucial. En España funciona el sistema Violeta, que permite a las mujeres pedir ayuda en farmacias de forma discreta.

Los docentes son especialmente importantes cuando hay menores involucrados. Los hijos de las víctimas muestran indicadores de estrés y comportamiento atípico que los profesores pueden detectar antes que ningún otro agente externo.

Lo que todos estos perfiles tienen en común es que no esperan a que la víctima pida ayuda explícitamente. Las víctimas de violencia de género con frecuencia no piden ayuda directamente por las mismas razones que hacen tan difícil salir de esa situación: el miedo, la dependencia emocional y económica, la vergüenza, la esperanza de que cambie.

Lo que funciona y lo que no

Las políticas que han demostrado mayor eficacia combinan varios elementos simultáneos: disponibilidad de recursos de acogida de emergencia, asistencia jurídica gratuita e inmediata, juzgados especializados, órdenes de alejamiento ejecutadas con herramientas de control efectivo y atención psicológica continuada.

Lo que menos funciona, según los estudios de evaluación, son las campañas de concienciación que no van acompañadas de recursos concretos. España tiene una de las legislaciones más avanzadas de Europa en esta materia pero sigue con una media de entre 45 y 55 víctimas mortales anuales en los últimos años.

La distancia entre la ley y la realidad se llena con la respuesta de las personas concretas. Los vecinos que llaman. Las amigas que preguntan. Los médicos que miran más allá de la contusión. Los profesores que hablan con el niño que no habla.

El agresor actúa en la intimidad precisamente porque sabe que la cobardía de los que están alrededor es su mayor aliada. Quitarle esa alianza es la tarea que ninguna ley puede hacer sola.

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