La noche triste del ‘Estatut’

A todos los que resisten en Cataluña

Cuando esta noche, y a pesar del magro consuelo de la baja participación, haya sido aprobado el Estatuto de Cataluña, estaremos ante el hecho consumado del fin de la soberanía nacional. Más exactamente, ante una nueva y doble soberanía: la catalana, consagrada por la brillante acción de un Gobierno español, el de Rodríguez (hasta la familia Zapatero de Valladolid, avergonzada, ha pedido que no se le nombre por el apellido que les es común), que ha trabajado denodadamente para dividir a la nación que lo eligió; y la española, la de los que quedemos mientras las distintas reformas de estatutos no vayan sumando nuevas soberanías a la Confederación. Y si no me equivoco, y para que vayamos pensando en el futuro, salvo la Confederación Helvética no queda ninguna otra ya en el mundo: todas acabaron como la fiesta de Barranda, que se dice en Caravaca, de cuando se tiraban carretillas.

Lo ha dicho, con absoluta claridad, Artur Mas, seguramente el hombre destinado a gestionar el futuro Estado catalán asociado: a partir de ahora, “trataremos de tú a tú” con España. Ya no podremos hablar, pues, y ese es el gran logro del nacionalismo catalán, de una parte de España, sino de otra cosa, de una nueva entidad destinada, irremediablemente, pues así nos lo ha enseñado la Historia, a terminar convertida en un Estado independiente dentro de la Unión europea, un mosaico de regiones-nación según el proyecto final de los nacionalistas medievalizantes de toda laya que hoy pululan, crecidos, por las Europas y los Montenegros.

En efecto, desde este día la Generalitat adquiere la condición de un Estado con el que hay que pactar prácticamente todo lo que el Estado español amputado –que hoy desaparece en la práctica de Cataluña- quiera realizar: desde el trazado de las vías de comunicación, las políticas europeas, los miembros de las instituciones ‘comunes’ (tribunales, consejos del Estado, organismos económicos…) y todo aquello que afecte a las competencias adquiridas, además irrecuperables para el Estado (eso es lo que llaman blindaje, expresión de esa nueva soberanía, ya no derivada de la Constitución, sino en tanto que sujeto político ‘distinto’ de España: esa era la función legitimadora del famoso ‘preámbulo’). Y como las competencias alcanzan a prácticamente todo lo que define a un Estado (la moneda y sus políticas ya las tenemos cedidas a la Unión), desde la Hacienda (de momento, consorciada) hasta los ríos o un sistema judicial y policial propio, el resultado es que a partir de ahora estamos gobernados por una alianza biestatal constituida por el Gobierno del Estado español y el Gobierno de la Generalitat, “de tú a tú”. Y los demás, a tocarnos el capullo y a ver el fútbol.

Y así, en la medida en que se trata del nacimiento de una nación, valga la redundancia (nación viene de nacer: por eso es una falacia lo de las naciones “sin estado”, porque si no tenían estado es que no habían nacido, o sea, nunca habían sido naciones), se explica que esa nación, concebida para consagrar y dar legitimidad institucional al dominio de una parte de los actuales habitantes de Cataluña –los nazional-socialistas, esto ya no es sólo una cuestión de apellidos ni de lengua materna- sobre el resto, se organice alrededor de símbolos e instrumentos excluyentes, que enfaticen la no españolidad de la nueva nación, y que permitan hacer visible, patente, aplastante, el sentido ‘nacional catalán’ de la totalidad de la vida pública de esa nueva sociedad.

En fin, que el único futuro bilingüe con el que sueñan los más avezados de los nazionalistas ya no es otro que el de ‘catalá-anglés’. Como cualquier otro país ‘normalizado’ de Europa. Eso es lo que verdaderamente se encierra detrás de la ‘normalización’ lingüística: reducir el español a la condición de lengua extranjera; y, con ello, a los propios catalanes que sigan sintiéndose españoles: “extranjeros en su país”, como nos enseñó Antonio Robles, futuros exiliados si no callan y se someten . Y esa es, también, la persecución neonazi –hasta ahora silenciosa, cada día más violenta- ante la que algunos levantan las últimas banderas de la dignidad, lo que ha llevado a Carmelo González, médico, canario, de izquierdas y con un par de cojones, a declarar una huelga de hambre ante el Palacio de la Generalitat para reclamar que a su hija la escolaricen en su lengua española, a lo que tiene derecho, incluso según las propias leyes catalanas (anteriores a este ‘Estatut’: ya verán mañana), pero que los nazionalsocialistas se pasan por el forro con la adorable connivencia del Estado antaño central, hoy ya lateral.

Para rematar tan noble panorama, y dado lo caro que resulta construir un Estado omnipresente y cuasi policial (bandas de jóvenes neonazis alentados desde los aledaños del poder, subvenciones, vigilancia, órganos represores…), la Generalitat se dota de un sistema de financiación que ya no se decide con el resto de comunidades (rebajadas, gracias a ZP, a un escalón inferior de decisión, equiparable a las comarcas o ‘vegueríes’ catalanas), sino que ha sido pactado directamente con su igual, el Estado español, que le cede la mayoría de los impuestos y le garantiza inversiones privilegiadas en relación a su PIB, a cambio de alguna limosna para Chaves en concepto de usufructo de unos pocos millones de andaluces. A los murcianos, como llegaron antes, se les considera ya amortizados y no se les da ni agua.

Así que, claro, a usted le dicen que su región va a ser la dueña de España, que les van a subir el sueldo a todos los funcionarios –cada vez más y sólo para catalanohablantes de nivel superior- con el dinero que ya no va a ir al resto, que su Caixa se va a quedar hasta con los hilos de la luz, que le van a mandar ‘tós’ los aves del ‘world’, le van a liberar los peajes de las autopistas, y hasta el Barça va a ganar la Liga de los malvados españoles mientras mande ZP, y usted ¿qué vota? ¿Que sí o que no?

Por tanto, y como tantas veces se ha escrito a lo largo de estos larguísimos años ZP, lo que tenemos delante es una nueva estructura del Estado, que desaparece como ente soberano, y sin que los bandidos que nos gobiernan –y que nos malvenden para continuar haciéndolo- se hayan dignado, en nombre de ese compromiso de recuperación democrática con el que se presentaron ante la Historia, a preguntarnos qué nos parece. El hecho de que sólo se les pregunte a los catalanes es, precisamente, la prueba inocultable del engaño masivo que se habrá consumado al acabarse este día miserable. Esta noche triste en que España, como nación, habrá dejado de existir sin enterarse.

Ya no nos salva ni Luis.

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