El Arco Mediterráneo que nunca existió

Creo que fue en tiempos de la Primera Cruzada, hará mil años, más o menos, cuando empecé a oír hablar del Arco Mediterráneo, de la necesidad de unirlo por ferrocarril, de crear infraestructuras que permitieran desarrollar y aprovechar sus sinergias, etc. Esto de la sinergia quiere decir, en español, que una determinada colaboración es beneficiosa, aunque las primeras veces que lo escuché me sonaba a como se queda uno después de un agitado encuentro sexual, lo que si se piensa bien, es una sinergia. Así son los lenguajes de los tecnócratas, cotos tribales que producen un vértigo erudito, un reconocimiento sacerdotal. Desde luego, al menos en los últimos veinte años serán ochocientos mil los encuentros de ‘expertos’ alrededor del Arco, ese mismo que nuestros ínclitos gobernantes siguen pasándose por el arco, y cuya última edición ha tenido lugar recientemente en Murcia.

Les contaré que el tal Arco es el sueño de unir Algeciras con Estocolmo, más o menos, atravesando Europa, vertebrándola. Para la Región de Murcia sería el fin del aislamiento a que el centralismo nos condenó, como hoy nos condena a quedarnos sin agua. El centralismo, sí, ése que siempre favoreció -y sigue, aumentado si cabe- a Cataluña y las Vacongadas, tratando a buena parte de los demás, casi siempre a la España castellana, como a ciudadanos de tercera. ¿Saben ustedes que la provincia de Murcia, la séptima por población, no cuenta con un sólo kilómetro de vía férrea electrificada? ¿Saben que los trenes de cercanías entre Murcia-Lorca-Águilas tienen que ser pagados por el Gobierno hoy regional? Estas cosas las aprendí hace ya muchos años, cuando empecé a viajar hasta Bilbao y luego Éibar por razones de estudios. El tren hasta Madrid era un ‘correo’ con asientos todavía de madera. En Madrid tomaba un expreso moderno, con coches cama, bar, restaurante y mullidos asientos incluso en segunda. Me resultó chocante, a mis deiciséis años, la forma en que eran ‘oprimidas’ aquellas gentes del Norte, mientas a los ‘opresores’ del Sur se nos consideraba poco más que ganado.

Pero el centralismo es como las hierbas del sabio. Y así, mientras representantes de todas las comunidades del Mediterráneo se quejaban de Madrid a causa de ese Arco inexistente, yo no podía sino lamentar el triste futuro que espera a aquella que fue mi estación. Me refiero a la estación de Calasparra, donde como caravaqueño subía al único tren que teníamos a mano, aunque fuera malo, el de Madrid, ese que está a punto de sernos definitivamente arrebatado. Desde Calasparra, presta a desaparecer del mapa ferroviario español, resultan como mínimo ligereza las palabras con las que algunos de los ponentes de esas jornadas a que me refería al principio han lamentado el centralismo madrileño y su extraña ocurrencia histórica de unir el país, hoy desnación, con la que fue su capital.

Si estamos como estamos, imagínense lo que sería esto de España si ni siquiera existieran buenas comunicaciones con la Villa y Corte. Así que, lógicamente, para vertebrar la nación de ciudadanos que soñaron los liberales en Cádiz, lo primero era conseguir que pudieran acercarse en condiciones de igualdad a los recintos del poder. Lo que ocurrió es que hasta de eso nos dejaron fuera. La posición de la provincia de Murcia nos hizo marginales en ese proyecto, sobre todo porque consentimos en ser un adminículo de Alicante, y porque nunca tuvimos fuerza demográfica ni económica, hasta ayer por la tarde, para que los jerarcas de todos los regímenes y partidos nos hicieran el menor caso.

Aun así, ningún gobierno, ni siquiera el de Felipe González que nos robó la conexión con Andalucía, nuestra vecina (1984, ministro Barón, el socialismo siempre jodiendo a los pobres), había sido jamás tan nefasto para esta tierra como el de Rodríguez Zapatero, mi José Luis. Para pasmo de gentiles, el nuevo Príncipe de los Creyentes ha sido capaz en seis años de hacer seis kilómetros de carriles de autovía en el Puerto de la Cadena, tres desaladoras especializadas en echar sal al mar, para que se joda, porque agua no dan, y la estratosférica construcción de 20 kilómetros de nuevas vías ferroviarias, las de la mal llamada variante de Camarillas, cuyo principal efecto es cerrar la estación de Calasparra dejando sin tren a la zona más necesitada de la Región, para satisfacer a un centralismo murciano que con tales migajas se conforma.

¿Qué tenemos que decirles, entonces, a los quejumbrosos contra Madrid sobre lo que Valencia, Sevilla o Murcia hacen con sus propios territorios? Y esto, cuando se acaba de inaugurar el Año Jubilar caravaqueño, y en vez de potenciar la comunicación por ferrocarril, se deja a la entera Comarca, que parecemos los ‘hobbits’, condenada al aislamiento tras siglo y medio de tren. Cojonudo, jóvenes.

Po lo demás, no creo en absoluto que en estos momentos el enemigo de ese eje mediterráneo sean ‘Madrid’ o la Unión Europea, sino el nazionalismo socialista catalán, el que ya nos dejó sin agua del Ebro -de la manita de Pepeluís-, temeroso de nuestro desarrollo. Una Cataluña lanzada a hacerse con su nacioncita y su estadico, en lo último que piensa es en unirse con los ‘españoles’, sino, muy al contrario, en irse desvinculando cuanto pueda de su dependencia del mercado español. Su interés llega como mucho hasta Alicante, los Países Catalanes, el sueño neonazi de la Catalunya gran. Pero la Región de Murcia nunca sería aceptada en ese juego, ni Dios lo quiera.

Lo que España tiene que empezar a plantearse seriamente es el desarrollo de las comunicaciones con Francia por Aragón. Además de que cualquier vía de comunicación es buena per se, los catalanes y los vascos han podido explotarnos hasta ‘jartarse’ gracias a la cobardía de los gobiernos centrales (exactamente por el centralismo que tanto denuestan) y por su situación geográfica. Hace muchos años que deberíamos haberles indicado amablemente que, si se ponen muy necios –y mira que se han puesto- corren el riesgo, en efecto, de lograr la independencia y de que no volvamos a mandar por allí ni el vaho. A lo mejor así devolvían a Montilla a su pueblo. A ser posible, por Calasparra.

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