Arturo Pérez Reverte y los mierdas perfectos.

Han decidido que vuelvan las mordazas. Lo que al algunos más nos irritaba del franquismo era su mojigatería, aquel puritanismo hipocritón que en nombre de Dios mataba la vida. Pero al menos aquellos curas creían en Dios. Y estos curas socialistas de hoy cambian de Dios hijo sin cambiar de Dios padre, el poder, y ya no creen ni en Zapatero, el robespierre meapilas, el mosquica muerta que hizo de la cobardía un ideal de conducta, bajo la que escondía las pulsiones totalitarias con las que la izquierda acaba siempre pretendiendo someter a los pueblos y perpetuarse como “clase gozante”.

Eso, el control de las sociedades, la imposición de una ideología que desarbole la libertad y envíe a los gulags, reales o morales, a los disidentes, es lo que se esconde tras la escandalera farisea ante las confesiones de Dragó, el insultillo de Pérez Reverte a Moratinos, las obras de Boadella, la persecución de los fumadores, la prohibición de los toros o la apertura de un expediente por parte de Trabajo a un hospital de Cartagena por publicar un anuncio solicitando “un farmaceútico” –plaza que ha ocupado una mujer-, pero que al parecer del socialismo paritario supone un ataque a la igualdad de género.

Es cierto, porque los géneros no son iguales, una mera ley de economía del lenguaje anterior al socialismo, pero los sexos sí, que es por lo que muchos hemos luchado hasta que están consiguiendo hartarnos. No saben las mujeres lo que han de lamentar esta plaga de idiotas y resentidos (géneros inclusivos) que las ha usado para una revancha que nada tiene que ver con la igualdad verdadera.

Lo que le ha pasado a Reverte es que se crió en Cartagena, en la calle, como nos criábamos los zagales de entonces, y uno crecía con ciertos códigos de honor y con mucha claridad sobre lo que era ser un mierda. Y mucho más, un perfecto mierda: el llorón cobardica, el chantajista sentimental. Nada de sensible, ni femenino, ni puntas de pijo. Eso eran otras cosas y un hombre lloraba cuando le hacían daño o cuando se enfrentaba a una injusticia, pero no lloraba porque no le dejaran entrar en el equipo. Y si lo hacía, le caían las cruces. La diferencia es que se puede llorar como un hombre o llorar, en efecto, como un mierda.

Moratinos lloriqueó como dirigió Exteriores: claudicando, poniendo paños calientes que nos costaron fortunas para no irritar a los matones del mundo. Desde que te inicias en la vida, en la ley que nuestros hijos ya no conocen, te inicias en la política exterior: medir tus fuerzas y desarrollar tus virtudes, pactar e intercambiar, no buscar la bronca con los machotes si no es necesaria, pero jamás, jamás, dejarlos que te chuleen o te humillen, porque entonces estás perdido. Marcar tu territorio con absoluta firmeza.

De lo contrario, te tratarán como a un mierda y te aplastarán, serás una insignificancia. Esa que es hoy España en el mundo. Esa cuyo único acto de dignidad tuvo que asumirlo Juan Carlos frente a Chávez, y ante la política cobarde y hasta aduladora que el zapaterismo ha realizado con los gorilas de América, los asesinos de Asia o los sultanes cercanos, por no hablar de sus correrías detrás del Emperador. España es hoy en el mundo esa perfecta mierda puesta en almoneda por un gobierno de perfectos y perfectas mierdas y mierdos.

Ya ven. Ahora resulta que ser valiente, luchar por tu dignidad, no ceder ni dar muestras de debilidad ante las adversidades es machismo. Así estamos educando a nuestros jóvenes bajo la mirada sonriente de nuestros enemigos, que ven cómo maduramos hacia la horca, a la que subiremos sin rechistar, no sea que el Ministerio de Igualdad nos abra un expediente.

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