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Donde el mundo se llama Guadalajara

Juan Pablo Mañueco 15 May 2015 - 12:34 CET
Archivado en:

DONDE EL MUNDO SE LLAMA GUADALAJARA

I. En el confín de un espacio inmenso

Allá, en el confín negro de un espacio inmenso,
entre un océano de galaxias de extrañas formas que brillan tenuemente,
en medio de una noche sideral oscura en luto intenso,
gravitando en unión de otras galaxias desde una fuente
a la que nadie vio manar su chorro denso
de materia incandescente,
el universo inmenso
de los soles candentes,
el manantial de los materiales tan extenso
de los que nunca se aprecia ni el principio ni el fin exactamente,
que dejan nuestro ánimo indefenso
pues no llega a tanto nuestra lente
y que no se sabe ni cuándo ni hacia dónde o qué inició su descenso,
ni hacia qué lugar de enfrente,
ni siquiera sabemos si más bien sigue en ascenso
en su viaje silente
o si está, simplemente, ahí en suspenso
imaginado por la mente
de un dios que lo creó y lo dejó como su etéreo incienso
o si acaso es la ilusión misma de nuestra misma mente.

II. Entre masivas agrupaciones de estellas

Allá, entre masivas agrupaciones de estrellas,
simples manchas de luz lejanas entre una materia ocura y la siguiente,
entre un silencio negro del que no apreciamos apenas las huellas,
entre billones y billones de sorprendentes
números de numerosas estrellas incontables como las centellas
de una infinita fragua espacial, incontable realmente,
entre cuerpos de astros aún más incalculables que sus epopeyas,
entre ese su fluir en rumbo desconocido, ciegamente,

las galaxias van, las galaxias van, como brumas bellas
que navegan los espacios secretamente
como diademas blancas de blanca e interminables doncellas
que siguen en pos de algún amor, perdidamente…

III. Entre constelaciones y mapas estelares

Allá, entre constelaciones y mapas estelares distantes,
entre regiones de existencia ausente,
ente amapolas solares brillantes
que luces ígneamente,
entre embarcaciones de estrellas empíreas que en los cielos flamantes
todos los pueblos y civilizaciones han creído ver en medio del espacio latente:
zodíacos de estrellas que se han agrupado, como brillantes
celestes, para servir de orientación en el universo luciente,
entre leones, toros, escorpiones, gemelos, saeteros, peces vigilantes,
oriones, pegasos, centauros, osas mayores y menores al sideral relente
en unos espacios de universo incesantes
o quizá dentro de multiversos que conviven en el interior del mismo espacio confluente,

nadie lo sabe, nadie lo sabe, dame tu mano sobrecogida ante estos horizontes gigantes,
sólo el infinito silencio de lo inmenso aquí se siente.

IV. Entre regiones en sombra y soles destellantes

Así, así, entre regiones en sombra y soles destellantes,
entre constelaciones anegadas en luz y en oscuridades de repente,
como un paso de nubes de soles a las que luego fuesen sus acompañantes
regiones de sombra inmediatamente,
a mayor velocidad, más ambulantes
que cualquier otro viaje diferente.

V. En la Vía Láctea

Así, así, se llega a la Vía Láctea entre radiantes
halos o aureolas refulgentes
y estrellas que explotan alarmantes
o volcanes en erupción de magmas resplandecientes:
a una galaxia en espiral con cientos de miles de millones de estrellas viajantes
en uno de cuyos círculos y en uno de cuyos brazos afluentes
hay un sistema, hay un sistema planetario con cuerpos por el espacio andantes
alrededor de una única estrella, entre las restantes en el espacio lucientes,
llamada Sol, cuyos radiantes
rayos iluminan al tercero de los astros y a sus gentes.

VI. Entre Venus y Marte

Allá, entre Venus y Marte, un planeta azul se intuye,
rotando sobre su eje, trasladándose en torno a su sol amarillento,
del que toda la luz del sistema fluye,
como un luminoso viento
que visita pronto el planeta tercero, que a nuestros ojos ya afluye,
siempre en movimiento.
En órbita elíptica huye
sin encontrar nunca el sosiego, ni otro definitivo albergue o asiento
que aquel que al sol confluye.
Y su furioso rotar y el movimiento
luego nada construye,
sucumbe todo intento
de escapar y luego se destruye
su ciclo hasta empezar otra vez su camino, otro fragmento
de etapa que los mismos cielos de nuevo distribuye
a ese apenas tercer planeta en que tiene su instrumento
la vida, la vida, escucha con fuerza, que constituye
el mayor universal acontecimiento.

VII. En el tercer planeta

Allá, en el tercer planeta,
apenas perceptible
del que ya vemos su silueta,
en apariencia apacible,
girando cual veleta
agitada siempre hacia su parte derecha ineludible-
mente, azul, entre nubes asomándose a nuestra mirada indiscreta,
va haciéndose visible,
sin ver qué lo sujeta,
qué gravitación imperceptible
en el espacio, rotando, lo tiene por saeta
en destino indefinible.
Vedlo allí ya, frente a nosotros, entre relámpagos goleta
del espacio, entre nubes inasible,
entre lluvias que caen desde una fuente secreta.
Ved, aún desde lejos, ved cómo oscurece y amanece en transcurso ineludible.

VIII. Entre sus mares y continentes

Allí, vedlo allí, entre sus mares
y sus continentes,
con todos sus lugares,
con airada y nubosas corrientes,
con todos sus altares
de montañas vehementes
y océanos peculiares
de oleajes sonrientes,
y picos y cordilleras de rocas capitulares
con sus alturas de cielos impacientes:
-América, con sus montañas rocosas y los Andes tutelares.
-África de los desiertos, las sabanas, las selvas sorprendentes.
-Asia de los Himalayas y las largas mesetas auxiliares,
de los hondos valles y desiertos y ríos de aguas crecientes.
-Oceanía de los mares y archipiélagos insulares.
Y allí, vedla allí. Ved Europa, una península pequeña de excelentes
penínsulas aún menores que amares
cuando las ves, las conoces y las sientes.

IX. Al sur de Europa

Allí, al sur de Europa, vedla allí, una península casi cuadrada,
a tres mares desiguales
orientada,
haciéndonos señales,
llenándonos la mirada,
según vamos bajando a ella y abrimos sus umbrales.
Península cercada
por el mar Mediterráneo de aguas orientales,
por el océano Atlántico de agua alargada,
por los montes Pirineos de cumbres verticales
y por el mar Cantábrico del oleaje y las mareas encrespadas.

X. Donde se entrecruzan cordilleras

Ahí, ahí hacia el centro de ella, bajando a sus entrañas,
buscando sus riberas,
viajando ya a sus tierras y llanuras y valles y montañas,
queriendo sus praderas,
viendo las tamañas
cordilleras
que entrecruzan sus marañas,
el Sistema Central rompiendo en serranías bien monteras,
el Sistema Ibérico rompiendo en otras serranías ermitañas,
los Montes Universales por donde traza el Tajo avenidas y quimeras ,
entre rocas, bosques y alimañas,
las columnas de otros montes y laderas
que rompen aguas y vertientes con sus guadañas
y al Ebro las mandan, o al Tajo lisboeta y al Duero igual certeras…

XI. Y son variadas las campañas

Hacia allá vamos, hacia esas cumbres de otras aledañas,
hacia donde se peinan los ríos sus aguas en dobles cabelleras
vertiendo a un lado o a otro el fruto de sus entrañas,
bajando en escaleras
de las cumbres hasta allá, a las campañas,
cayendo por laderas,
en pos de las casas, palacios, iglesias y cabañas,
en pos de las riberas,
de los aires, los bosques, los campos y las cañas,
corriendo pasajeras,
queriendo transitar tierras extrañas,
traspasando las fronteras
de una tierra de Campiña, de Sierra y de Alcarria,
de Alto Tajo, de castillos, de castros, de murallas, de villas y bellezas,
que nombro por su nombre y su palabra,
de la que ahora voy a rimar breves escenas,
abriéndoos de par en par su ventana
para que pase ante vosotros en poemas,
abriéndonos sus horizontes y su alma
y a la que nombro ya en forma plena.

XII. Donde el mundo…

Vedla aquí, pues os la entrego en cuerpo y alma,
aquí tenéis a esta tierra.
Así nombradla:

Donde el Mundo se llama Guadalajara.

Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido la docencia de Lengua y Literatura castellanas, en diversos centros de Enseñanza Media de Guadalajara y de Madrid. Reside en Guadalajara, casado, tiene una hija. Ha publicado una quincena de libros de ensayo, […]

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