LA RESISTIBLE ASCENSIÓN DEL TRAIDOR DE LIBRO
Primero contrató a un becario para que le copiase y pegase una tesis doctoral,
fundida y refundida en parecidos términos desde tiempos inmemoriales,
y buscó una Universidad Privada que le diese el “cum fraude” por una acordada cantidad de dinero,
pero yo no me preocupé porque nunca me han interesado las Universidades Privadas ni las tesis plagiadas.
Después conspiró para colarse en las listas electorales cerradas de un partido
que le asegurara salir electo diputado aunque nadie le conociera,
prometiendo máxima fidelidad y pleitesía al aparato de poder vertical que le metiera en las listas,
pero yo no me preocupé porque nunca me han interesado las luchas de poder internas de los partidos verticalistas para asegurarse un puesto de los que salen seguro en sus listas.
Luego se revolvió contra las estructuras de poder de su propio partido
porque consideró que había llegado su momento y puso en marcha la máquina del fango contra sus conmilitones examigos,
pero yo no me preocupé porque vivo honradamente, al margen de los partidos.
Vencieron sus enemigos, pero él convencido de su capacidad de falsía
se puso en marcha por las asambleas de todos sus conmilitones prometiendo a cada cual
el puesto que quería,
pero yo no me preocupé porque nunca he pretendido un puesto en la política.
Volvió al frente de sus huestes para celebrar pactos secretos con todos los enemigos
del gobierno que había,
y para ello entregó a los nacionalistas de derechas cuantos privilegios de más le pedían,
pero yo no me preocupé porque nunca me ha interesado la política ni los politiqueos secretos.
Llegó a presidir el gobierno por un golpe de Parlamento inesperado, prometiendo honradez, higiene, transparencia y limpieza,
como todos los sátrapas de la Historia han prometido y ninguno ha cumplido,
pero yo no me preocupé porque conozco las mentiras que prometen las mayores y las menores satrapías.
Cuando se presentó a elecciones no sacó mayoría.
Cuando hubo que repetir elecciones prometió que con ciertos grupos populistas jamás pactaría, pero al día de siguiente de los comicios engañó a sus votantes y apareció dándose abrazos con quien ayer juraba que no pactaría,
pero yo no me preocupé porque ya sé lo que es la política, cosa de galería.
Después de traicionar a sus votantes, traicionó también a sus socios dejándoles caer en cuanto pudo y copiándoles el programa
para atraer de este modo a su espacio, parroquia y feligresía,
pero yo no me preocupé porque ya sé que la política es traición, pose y mentira.
Indultó a condenados en firme por los Tribunales, tras haber dado un golpe de Estado
que fue televisado a todas las regiones del orbe,
pero yo no me preocupé porque ya sé que el derecho de indulto es un resto del Antiguo Régimen,
para saltarse el poder judicial cuando el Ejecutivo quiere beneficiar a sus amigos.
En las siguientes elecciones, perdió claramente, pero se quedó a siete votos
de formar una mayoría Frankenstein, cosiendo retales con todos los enemigos
de España y su Estado, a los que comprobó que podía juntarse
concediéndoles todos los privilegios económicos y políticos que quisiese decretarles,
dádivas generosas que compraban votos de partidos contrapuestos y adversarios,
pero yo no me preocupé porque la sordidez de la política no es algo que me extrañe.
A pesar de perder, conmilitones y conmilitonas del traidor de libro
pegaban botes y saltos de alegría en el balcón de su partido
cuando se supo que habían perdido,
pero yo no me preocupé porque ya se sabe que ningún partido ha perdido nunca unas elecciones, según quiera convencerse a sí mismo.
En las fechas próximas, se supo que el traidor de libro había enviado emisarios
para entrevistarse con un prófugo de la Justicia que se había fugado al extranjero
después de haber dado el golpe de Estado televisado
y de haber malversado capitales públicos para sus manejos turbios,
y yo empecé a preocuparse
porque el traidor de libro había jurado que nunca pactaría con el golpista de Estado,
sino que iba a traerlo a España para someterlo a la acción de la Justicia.
Era preocupante, sí, porque este hombre hacía siempre lo contrario
de lo que había prometido a sus votantes y a los demás españoles.
Para entonces, un ministro de sus más queridos amigotes había caído en un escándalo de insondables y prostibularias dimensiones,
pero yo no me preocupé, porque no frecuento los escándalos ni los prostíbulos.
Después resultó que su esposa impartía clases de posgrado universitario, sin tener ella misma grado universitario,
y que registraba como propias patentes informáticas que habían regalado ciertas universidades
a sus chiringuitos universitarios,
y que firmaba cartas de recomendación para empresarios que luego recibían sustanciosos contratos con el Estado,
pero yo no me preocupé porque yo no estaba casado ni con su esposa,
ni con los organizadores de cursos de posgrado,
ni tampoco con los propietarios políticos del Estado.
“Jamás otorgaré una amnistía a quienes dieron un golpe de Estado”, había dicho en campaña y en programa electoral, “porque eso sería tanto como poner de rodillas a España ante quienes dieron un golpe de Estado contra ella”,
y yo, al recordar estas palabras de compromiso, volví a sentirme preocupado.
El traidor de libro había escrito un libro sobre cómo resistir en política que, básicamente, consistía en repetir y copiar el pensamiento goebbelsiano y estaliniano: mentir, mentir y mentir como un nacionalsocialista o un cosaco, y enchufar la máquina del fango contra los adversarios, acusándoles a ellos de todo lo que en verdad sí hacían los funcionarios, matones y fontaneros de los lodazales del propio Estado,
y al ver que era un alumno tan aventajado de Goebbels y de Stalin volví a sentirme preocupado.
Un buen día anunció que para “avanzar en el camino del progreso y la concordia” se iba a prestar –junto con los domésticos gregarios de su partido domesticado: prebendas, momios y sueldos obligan- a amnistiar a los probados golpistas contra el Estado, a cambio de sus siete votos, que para el gran felón o traidor seguían siendo necesarios.
Yo me estaba quedando perplejo y ajenamente sonrojado.
El día de la votación que arrodillaba a España ante los golpistas televisados, al pronunciar su nombre para demandarle el voto, algunas voces se oyeron llamándole “traidor”, y el traidor de libro se volvió hacia quienes se lo habían cantado, notoriamente sorprendido –ni se le había pasado por la imaginación- y fuertemente cariacontecido e indignado.
Y entonces sí que me preocupé, porque si al traidor de libro le sorprende que se lo hayan a la cara llamado y espetado, ¿cuántas otras cosas NO estará dispuesto a hacer, que incumplan todos los marcos, pero que a él le parezcan o finja parecerle de lo más LEGAL, LEGÍTIMO, ÉTICO, MORAL Y HONRADO?
JPM
Home