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Parecía un día normal

Miguel Ángel Malavia 11 Feb 2007 - 14:23 CET
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«Aquella fresca mañana de abril parecía deparar un día normal. A las ocho en punto, el martilleante timbre del despertador sacó a Pedro de un plácido sueño. Con los ojos aún cerrados y soltando por su boca los más variados exabruptos, dio un manotazo sobre el objeto que le había devuelto a la realidad, comprobando así que el gozo que sentía al levantar la Copa de Europa con la camiseta del Real Madrid, habiendo logrado él el tanto del triunfo en la final, formaba parte del mundo de lo irreal.

Una vez que el sonido del silencio volvió a invadir su habitación, un destello fugaz en su mente motivó que su fastidio inicial fuese sustituido por otro sentimiento que invadió su corazón. Había recordado que aquel no era un día corriente, sino el “Gran Día”. Había llegado, al fin, el momento en que le diría a Marta que estaba enamorado de ella desde el primer instante en que la conoció en la facultad.

Pedro tenía veintitrés años y nunca se había declarado a una chica. Era un joven desgarbado, introvertido y soñador, que durante casi toda su vida había permanecido sumergido en su propio mundo interior. Aquel donde nadie podía entrar y, por tanto, nadie podía hacerle daño.

Pero una dulce chica morena, de oceánicos ojos marrones y sonrisa cautivadora, le había hecho cambiar. Aunque aún antes que su indudable atractivo físico, lo que realmente le gustaba de ella era su latente bondad, humanidad y sencillez. En la facultad era la única persona que no tenía reparos en acercarse a él, tratándole con confianza e, incluso, cariño.

Pedro sentía que había llegado la hora de dejar a un lado su eternos temores e intentar vivir la vida. Y sabía que en Marta estaba la felicidad. Al menos se debía a sí mismo intentarlo.

Así, se levantó de la cama con decisión. Tenía el corazón acelerado. Se duchó, vistió y desayunó a la carrera. Cuando ya se iba se topó de bruces con su madre. Tras besar su mejilla y dedicarle la más radiante de los sonrisas, se despidió de la mujer que siempre le comprendió y le apoyó.

Cuando Pedro dobló la esquina, una bomba adosada a un coche segó su vida y la de otras quince personas más. Dieciséis esperanzas, para las que aquel era un día normal, fueron aniquiladas de forma indiscriminada por la barbarie y el odio terrorista».

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Éste es un relato de ficción, pero refleja una cruel realidad. La de que aquellos países que sufren la lacra del terrorismo, algo de lo que en España, por desgracia, sabemos mucho.

No podemos olvidar el hecho de que mañana mismo cualquiera de nosotros puede ser Pedro. No podemos olvidar que no somos plenamente libres. Los bárbaros
que matan inocentes por conseguir sus fines nos lo recuerdan constantemente.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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