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Mi experiencia inolvidable en la final de Charleroi

Miguel Ángel Malavia 11 Abr 2007 - 17:23 CET
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10 de abril de 2007, una fecha histórica, mágica, para el madridismo. Y para mi. Ayer tuve la oportunidad de vivir en directo el triunfo del Real Madrid de Baloncesto en la final de la Copa ULEB, frente al Lietuvos Rytas (75-87), en el Spiroudome de Charleroi (Bélgica). Fue un día inolvidable, uno de los mejores de mi vida. Ver ganar al equipo de mis amores un título europeo no tiene precio.

La aventura nació a las 9 de la mañana en la T-1 del aeropuerto de Barajas. Allí nos habíamos dado cita 50 miembros de los “Berserkers”, una peña que desde el fondo del pabellón de Vistalegre nos dejamos el alma todos los días de partido para hacer vibrar a los jugadores y a toda la afición. A las 11 partió nuestro avión hacia Bruselas. En las dos horas que duró el viaje hubo tiempo para todo, siendo las bromas y los cánticos una constante. Tras llegar a Bruselas, sólo tuvimos dos horas de tiempo libre. Aún así, fue suficiente para hacer algo de turismo, comprar chocolates y beber cerveza. Daba gozo pasear por la ciudad y encontrar por todas partes hinchas del mítico Real. Por un día, Bruselas era madridista. Después, tras recogernos un autobús, llegamos a Charleroi alrededor de las 5 de la tarde, más de dos horas antes del partido. En la puerta del pabellón nos concentramos los miles de hinchas que íbamos a ver el partido, españoles y lituanos. En todo momento hubo un ambiente de sana rivalidad y “buen rollo”. Las dos aficiones, juntas, cantábamos sin parar. La ilusión y los nervios crecían por momentos. Ya quedaba menos para la gran final…

Entramos al Spiroudome una hora antes. El ambiente era infernal. Las dos aficiones, frente a frente, dejándonos lo que nos quedaba de garganta para animar a nuestro equipo. Ellos eran unos cientos más, pero nosotros lo contrarrestamos con la pasión y la furia madridistas. Habíamos ido hasta allí para ganar y la derrota no entraba en nuestro vocabulario. Aún así, la primera parte resultó muy igualada. Ellos anotaban con facilidad y a nosotros nos costaba mucho conseguir cada canasta. Al descanso, la tensión y los nervios eran insoportables. Yo creía que me daba un infarto. Pero todo cambió cuando unos cuantos hinchas bajamos hasta la puerta del vestuario del equipo. Comenzamos a gritarles a los jugadores según salían a la cancha, uno a uno, que estábamos seguros de que íbamos a ganar. No sé por qué, pero en ese momento, me sentí realmente tranquilo y antes de que comenzara la segunda parte no tenía ninguna de que lograríamos el título. Así fue. El equipo salió como un vendaval y en unos minutos ya ganábamos por más de 10 puntos.

Cuando sonó la bocina que indicaba el fin del partido un clamor blanco estalló en todo Charleroi. Yo comencé a llorar como un niño. Llevábamos 10 años sin ganar un título europeo…¡Nos lo merecíamos! Bajamos a pie de pista y pudimos abrazar a muchos jugadores y tocar la copa. Era el delirio, la felicidad más absoluta. Permanecimos allí más de una hora. Hasta que vino el autobús a buscarnos para llevarnos al aeropuerto. Allí la fiesta siguió. Nos encontramos a mitos blancos como Emiliano, Chechu Biriukov, Llorente o Romay. Incluso le cantamos al pívot eterno: ¡Romay, échate un baile! La fiesta no paraba. Pero aún se vio culminada. Sin que ninguno lo esperáramos, de pronto, aparecieron los jugadores, los campeones. Pudimos abrazarlos y hacernos fotos con todos. Incluso pudimos bailar y cantar con algunos de ellos, como Hervelle, el “porompompero” y el “campeones, oe, oe, oe”. Sencillamente perfecto. Cuando a las 5 de la mañana he llegado a mi casa, me he acostado infinitamente feliz. ¡GRACIAS, EQUIPO! ¡HALA MADRID!

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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