Hacía mucho calor y se encontraba realmente cansado, por lo que decidió sentarse en una silla. En plena vorágine de una intensísima campaña electoral, de pronto, se dio cuenta de que era la primera vez en muchos días que se concedía un tiempo a sí mismo. En ese momento, un político de altura, un destacado líder del socialismo español, Pepiño Blanco, comenzó a sumergirse en su propio mundo interior. Así, sin quererlo, le vinieron a la mente los años de su juventud, en los que decidió ingresar en la política. Entonces era un chico idealista que se proponía contribuir con su dedicación a construir un mundo mejor. Imbuido en pleno estado de infinitud complaciente, cuando menos lo esperaba, sin aviso y como un rayo, un pensamiento sombrío le hizo exaltarse. Fue entonces, en ese preciso instante, en plena reflexión sobre lo que hasta ese momento había sido su vida política, cuando se preguntó: “¿Y si me he equivocado? ¿Y sí me he dedicado en demasía a criticar al PP y no he dejado ver al mundo la complejidad del conjunto de mi pensamiento? Tras unos segundos de desazón, en seguida vio cuál era el camino a seguir. A continuación iba a dar un discurso en un mitin ante miles de compañeros del partido. Había llegado el día del cambio, pero entonces sólo él lo sabía. En el momento en que fue presentado, sonriente, salió al estrado y pensó para sus adentros: “Hoy vais a ver al nuevo Pepiño”.
Delante del atril, se detuvo por unos instantes y miró a su alrededor. Miles de personas abarrotaban un impresionante pabellón. Rebosante de seguridad en sí mismo y consciente de que sólo él sabía que aquel era un momento crucial en la Historia de España, comenzó a hablar: “Queridos compañeros, hoy no voy a hablar del PP. Ha llegado la hora de contaros a todos mi opinión sobre temas esenciales, tales como la educación, las ayudas a las familias numerosas o el difícil acceso a una vivienda digna por parte de los jóvenes”. Un silencio inquebrantable se apoderó de todo el auditorio. En los siguientes treinta segundos no se oyó ni el quejido de un alma. Pepiño, eufórico, se dijo para sí: “Los he impresionado”. Pero en ese momento una ajada voz masculina rompió el estado de hechizo y rugió: “¡Tú no eres Pepe Blanco!” “¡El verdadero Pepe Blanco es el que nos advierte sobre peligroso que es el PP!”. Lo que siguió a la voz ajada fue el grito indignado de una masa que le llamaba impostor y traidor. Lo que antes era un pabellón se transformó, de repente, en un estadio de fútbol. Y lo que antes eran miles de militantes, ahora eran cien mil.
Un sudor frío comenzó a correr por la frente del líder. Sólo un auténtico estadista podía salir airoso de aquel atolladero. Y Pepiño, él lo sabía, era un político con mayúsculas. Con gesto firme y decidido, levantó la mano, haciéndose de nuevo el silencio, ahora expectante. Con un tono solemne, dejó estas apasionadas palabras para la posteridad: “Tenéis razón, esta es la hora de los valientes. Y nosotros lo somos, porque no nos callamos ante la mentira, sino que abrimos paso a la verdad. ¿Cuál es la verdad? Que el PP pertenece a la extrema derecha fascista y que la Iglesia Católica más reaccionaria ha vuelto a los tiempos de la Inquisición con la intoxicadora COPE. Juntos, compañeros, debemos evitar la vuelta al franquismo, al cual es evidente que estas dos fuerzas antidemocráticas nos quieren conducir. Jamás olvidaremos el “Prestige” ni la Guerra de Irak…”.
Un clamor incontrolable, un estruendo ensordecedor, un alarido en el que miles de voces se unían en una sola, siguieron a las palabras del líder. Una masa compuesta ya por millones de personas hacía la ola en honor al futuro primer presidente de la Tercera República. Pepiño, oh Pepiño, sabía que estaba gozando en esos instantes la culminación a su carrera política. En plena locura colectiva, el pueblo, oh el pueblo, gritó: “¡Que bote Pepiño, que bote Pepiño! Y Pepiño botó…y Pepiño se despertó sentado en una silla.
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