Días atrás, el ministerio de Interior difundió las fotos de seis etarras y pidió la ayuda ciudadana para localizarlos. Cuando vi las cinco primeras imágenes, sólo aprecié las caras de cinco desaprensivos que reflejaban lo que eran a simple vista. En definitiva, a nadie podía extrañar que fueran miembros de ETA. Sin embargo, me quedé perplejo observando el rostro de la sexta etarra, Saioa Sánchez Iturregui, una chica que no creo que supere los treinta años. A ella, al revés de a los otros, no se le puede aplicar el dicho que afirma que “la cara es el espejo del alma”.
Pero ya no era sólo por su juventud, sino que a simple vista, reflejaba la imagen de una chica dulce, amable… y hay que reconocerlo, bastante guapa. Me quedé absorto viendo su foto, cuando de repente me entró miedo. Sí, miedo, porque te das cuenta de que en muchas ocasiones el Mal se esconde donde menos te lo puedes esperar, donde crees ver reflejado el Bien.
Entonces me acordé de los típicos testimonios de los vecinos de terroristas detenidos por la policía. “Parecía gente normal”, “bastante amable”, son algunos de los calificativos más habituales. Y aún me entró más miedo…
No debemos caer en la paranoia de pensar que detrás de cualquier esquina hay un asesino, ni mucho menos. Pero sí debemos de tener muy claro que los lobos, si realmente quieren cazar a la presa, deben tomar la piel del cordero. Saioa, con su aparentemente apacible rostro, lleva puesta una máscara. La máscara del odio, el fanatismo y el Mal más absoluto.
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