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La última copa en el bar del pirata

Miguel Ángel Malavia 24 Sep 2007 - 09:31 CET
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Hace frío y llueve. Son las cinco y media de la madrugada. Estoy cansado. Me tomo la última copa y me voy a casa, me repito a mí mismo, como para concienciarme. Paseando calle abajo, llego hasta la puerta del último bar que encuentro abierto. Abro la puerta y… la fantasía.

En medio de la penumbra más absoluta, conjugada con el resplandor más cegador, me encuentro ante un pirata, con parche y loro incluidos, que me acompaña hasta el retrete. Mi inicial desconcierto desaparece cuando percibo que en este bar las sillas han dejado paso a los excusados. Y las mesas por hipopótamos. Menos mal que el que a mí me ha tocado en gracia es muy simpático y en seguida me ofrece un cubata de ron con cola. Nada más beber el primer trago, me encuentro con un puro habano frente a mi cara. Tras aceptar de buen agrado el ofrecimiento de Tutankamon, paso a disfrutar de la increíble discusión de mis compañeros de mesa: Napoleón y Hitler, que de cuando en cuando caen en la nostalgia y maldicen su derrota final. Es lo normal cuando se es devorado por la avaricia, la arrogancia y la inmensidad de la inacabable Rusia, les advierto. Antonio Pérez, el estratega del engaño y la mentira, me da la razón. Dos mesas más allá le miran con rencor Juan de Escobedo, Juan de Austria y Felipe II. Será mejor que cambie de mesa, pienso, no vaya a ser que la cosa se ponga fea y empiecen a llover las espadas de Damocles.

Decido entonces escalar hasta la barra, conquistada por su dueña, la bellísima Juana la Loca. Su compañera, una rubia de escándalo, está demasiado ocupada tratando de evitar que el aire sureño le suba en demasía su falda. Se trata de Marilyn Monroe, según me comenta Sócrates, a punto de ingerir el veneno de la muerte. Saludo entonces al Rey Arturo, pero éste, enredada su vista en la musa rubia, no me presta la más mínima atención. No es el caso de Trajano, que deseoso de conversación, comienza a narrarme las glorias bélicas que lustran su epopéyica columna.

En este momento, los efluvios de una noche de alcohol y fantasía comienzan a marear mi ya de por sí abotargado entendimiento. Dejo el vaso en la barra, le regalo mi puro al ‘Ché’ Guevara y me despido del cachondo del hipopótamo, que también permanece hipnotizado ante Marilyn. En cuanto salgo a la calle y una lluvia de estrellas me engulle cual Saturno a sus hijos, me prometo a mí mismo que esta copa de ron y rosas verdes será la última que tomo en el próximo y pasado siglo.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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