El otro día presencié una escena que me produjo espasmos y sudor frío, pero que supuso un cambio en mí: Un señor de ciento quince años, de rodillas, con una chapela imponente y rodeado de sus tres nietos, rezaba con fervor. Agudicé el oído y pude guardar en mi memoria las palabras que salieron de sus vetustos labios y que transcribo aquí con el sabor de la nueva fe:
Oh, Altísimo Ibarretxe!!!
Tú que has venido a la Tierra para salvar a tu terruño,
para sufrir escarnio por parte de los ‘maketos’ españoles,
que tienen atrapada en sus garras a nuestra gran nación euskalduna.
Tú, Príncipe de la inmortal Euskal Herría,
tú serás el que abra las aguas del Cantábrico,
para que éste sea por siempre la ‘Mare Vasconum’.
Lehendakari eterno, heredero ancestral de Sabino Arana,
que vela desde lo más alto por el triunfo de tu misión.
Tú pueblo confía en ti,
sabe que serás el Libertador de la Patria.
La raza vasca, la más grande de todas,
prevalecerá ante la infecta y decadente de los pérfidos españoles.
Ibarretxe, oh Ibarretxe, tú serás el redentor.
Esuskal Herría no es sueño, sino realidad.
Todos saben que siete son nuestros territorios,
y Pamplona nuestra capital.
La tiranía sin fin del Estado Español está pronta a acabar,
no habrá quién se oponga a nuestra verdad.
Y quien ose a hacerlo, ya sabe las consecuencias:
¡Patria o Muerte!
Una vez acabada su oración, el anciano abrazó a sus nietos y se quitó la chapela. Fue ése el momento en que dejó ver las lágrimas que inundaban sus mejillas, que brillaban ante el resplandor de su fe. También fue éste el instante en el que caí de mi caballo descarriado y abracé la única Verdad. Pensaba que Ibarretxe era un iluminado. Estaba equivocado. Un venerable anciano me enseñó que es el profeta que llevará a cabo, con su brazo implacable, una misión trascendental: Euskal Herría.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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