Tengo mucho sueño. Es temprano, demasiado temprano. Aunque mis ojos tratan de amarrarse a las letras del libro, éstas se diluyen y escapan a mi alcance. El silencio, cómplice de mi anhelo por las sábanas, sólo es cortado por el traqueteo de las ruedas del tren, que se deslizan con relativa suavidad por las sinuosas vías. El panorama es el mismo de todos los días. Miradas perdidas, gestos serios enfrascados en la lectura del periódico, parejas de novios que viven ajenos a todo, concentrándose en los labios del ser amado… Lo normal.
Hasta que de repente, la gélida armonía se rompe con un eco estruendoso. Se oyen gritos, casi aullidos, cada vez más y más cerca. Sin a penas tiempo para reaccionar, miro a través de la ventana y veo horrorizado un grupo de extraños guerreros que están rodeando el tren. Son los hunos, comandados por el temible Atila. La situación es desesperada, dramática. Sin embargo, cuando me vuelvo a girar para alertar al resto del pasaje, compruebo que estoy sólo. Absolutamente sólo.
No sé que hacer. Estos hunos, con sus hachas y sus lanzas, no tienen pinta de querer ser mis amigos. Así, sólo hay una solución: volar. En el último instante, justo cuando ya están a punto de hacer descarrilar el tren, extiendo mis brazos y salgo volando por la ventana. Es maravilloso. El aire golpea mi cara, el mundo se me aparece como algo pequeño. Soy libre.
Tras pasar por la luna y pisar dónde pisó Neil Amstrong, decido volver a casa… a mi cama. Cuando me acurruco entre las suaves y calientes sábanas, soy inmensamente feliz. Me duermo. Un segundo. Al siguiente suena mi despertador. Es horrible. Tras noquearlo de un manotazo: la duda. ¿He visto a Atila? ¿He estado en la luna? ¿Vi las miradas perdidas mientras me perdía entre las letras de mi libro? ¿Ha sido todo un sueño? Me da igual, hoy no voy a clase. Me vuelvo con Morfeo para preguntarle cómo es Atila.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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