No podía parar de llorar. María, tumbada sobre la cama, desnuda, tenía el alma rota. La noticia que acababa de recibir había sido la gota que había colmado el vaso de los sinsabores, tan habituales ya en su vida. El calor abrasaba su pecho cuando decidió incorporarse y mirar al mundo virtual que se abría todas las noches de luto ante su ventana. Otras veces veía vida, estrellas, risas, amores furtivos. Eso no le hacía en absoluto feliz, pero al menos sí le abría un camino a la esperanza. El reflejo del espejo vital de los otros, a veces, le hacía creer que otra vida era posible. Al menos lo era para los demás. “¿Y por qué no para mí?”.
Sin embargo, cuando esa noche miró por la ventana de los sueños, no vio nada. No estaban los borrachos, los novios, ni los golfos. Por firmamento, la oscuridad total. “¡No puede ser!”, se repetía a sí misma una y otra vez. Entonces, decidió escuchar. Paró hasta el latido de su corazón para agudizar bien el oído. Pero por toda respuesta, la nada. “¿Dónde están las canciones de los poetas a sus musas?”. Ni siquiera Sabina andaba esa noche por allí…
Las lágrimas, ya mar, inundaron por completo su ser. Su mente, vacía de tanto llorar, quedó pendiente de un hilo. Su corazón, al que aún no había dejado latir, se estaba ahogando. Iba a morir. De pena. De angustia. De falta de fe. “¿Dónde está el Dios que dicen que me ama?, ¡¡¿¿dónde??!!”, gritó desconsolada.
En ese instante, de repente, se sintió aliviada. Ese grito, lo sabía, había sido el culmen del vacío en el que se encontraba. Ese grito había sido su oración. Estaba enfadada con Dios, pero ahora era consciente de que si sentía eso (algo que siempre se negaba a ni siquiera pensar, pues siempre se definió atea), era porque creía en Dios. Y si creía en Dios era porque creía en el Amor, total, eterno e infinito. Con una sonrisa, al fin, se dio la oportunidad de empezar a vivir.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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