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Vivir con dolor

Miguel Ángel Malavia 03 Feb 2008 - 17:56 CET
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Era uno de aquellos días. Los peores. Soledad lo supo en cuanto abrió los ojos y notó cómo le dolían las articulaciones. Cómo le dolían las rodillas, los codos, las manos, las plantas de los pies… todo el cuerpo. Unos días se encontraba mejor y otros peor. Y éste era, sin duda, uno de los horribles. Soledad, de cincuenta años, padecía desde hace años fibromialgia.

Cuando intentó levantarse de la cama, notó cómo los músculos se le agarrotaban de tal forma que no pudo sino cerrar los ojos y apretar los puños para evitar pegar un aullido. Estaba absolutamente cansada. La perspectiva de tener que hacer el desayuno la horrorizaba. Y el pensar que tenía que ir a trabajar, sencillamente la mataba. Quería que ya fuera la noche de ese maldito día. No tenía ganas de nada, no quería abrir los ojos… Sólo deseaba entrar en un estado neutro, ausente, astral, volando por encima de las sensaciones. No quería tener que soportar el tremendo dolor que horadaba su ser.

Su vida entera estaba condicionada por el dolor. Tenía que renunciar a multitud de planes. Veía a sus amigos mucho menos de lo que quisiera, ya que muchas veces no podía hacer lo que hacía antes. Ya no aguantaba toda la noche bailando y bebiendo. Algunos ya ni siquiera la llamaban. A veces, incluso, ni siquiera podía hacer el amor con su pareja más o menos estable. Todo ello hacía que a veces entrara en largos periodos de depresión. El dolor le impedía pensar, ser ella misma. Su alma, en esos días nublosos, demandaba otra oportunidad, la de una vida sin dolor casi constante.

Todo ello hacía que en determinados momentos, pensamientos negros y fugaces le hicieran perder las ganas de vivir. ¡Pero no! Ella era una mujer fuerte, con coraje. En esos instantes sacaba a relucir la mejor de sus sonrisas y pensaba en los días que eran mejores, en los que a veces incluso casi no llegaba a sentir dolor, en los que era ella misma. Esos fogonazos de esperanza, de ilusión, de detalles, de buenos sentimientos, de amor, de dulzura… eran los que le indicaban que la vida puede ser maravillosa y merece la pena deambular por ella aspirando a ser feliz. La fibromialgia era su cruz. El dolor su tormento. Pero ella se llamaba Soledad e iba a vivir su vida.

Dedicado a ti.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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