En previsión a un viaje que voy a emprender próximamente a lo que un día fue Constantinopla, me pasé gran parte de la tarde de ayer husmeando entre las guías de viaje de la biblioteca de mi pueblo. Así, pude apreciar cómo cada una de ellas huele al espacio que pretende escrutar al detalle.
Y no en un sentido figurado, sino real, auténtico. De este modo, la guía de la India olía a pétalos, agua y espiritualidad. La de Lisboa emanaba los efluvios del fado y la serenidad de la desembocadura del Tajo. La de Roma olía a catacumbas e incienso. La de Barcelona reflejaba la inmensidad del Mediterráneo, aquel ente mayestático al que canta mágicamente Serrat. La de Jerusalén reflejaba fe y sandalias de pescadores de hombres. O al menos, en todos esos casos, así me lo parecía a mí…
La causa es bien sencilla. La mayor parte de las personas que cogen una guía es para leerla en casa y luego llevarla consigo a su destino de viaje, siendo ésta un instrumento imprescindible en el deambular por esos mundos desconocidos.
Sin embargo, no siempre es así. Observando las guías de Berlín, Bruselas, París y Nueva York o Sidney comprobé que todas ellas olían igual. Olían a tu casa, a mi casa. Olían a sueños, a paraísos aún por descubrir y por caminar para cada uno de nosotros. Esas guías, esperas, espero, podrán oler algún día a la esencia que no se ve en ninguna de sus páginas, pero que sí resplandece innatamente en cuanto tus manos tocan lo que sueñan tus ojos.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Home