Isabel salió presta, como todos los días, a coger agua del pozo. Antes, esta labor la hacía su hermano mayor, pero desde que tres años atrás éste se fuera a la guerra, ya no habían vuelto a saber nada de él en su casa. Su padre había muerto dos años antes de que esto sucediera. Le echaba mucho de menos. Era bondadoso y muy respetado en el poblado. Además, era fuerte y robusto, llegando incluso a infundir temor a los que habían mantenido algún tipo de querella con él.
Ese día cruzó el prado, sin saber la razón, temerosa. El hecho de estar inquieta la llevó a acelerar el paso. Sólo cuando llegó hasta el pozo se sintió aliviada. Sin embargo, el momento oscuro llegó con el sonido del trote de un caballo… que en unos instantes se paró ante ella. Isabel levantó los ojos y le vio. Sabía que algo malo iba a pasar. Cuando el señor se bajó del caballo y se situó ante ella, dejó de respirar. Silencio.
De un solo bofetón, Don Matías, el dueño de todas las tierras de la zona, la tiró al suelo. A la que se quiso incorporar, ya le tenía encima. Sin decir una sola palabra, el ladrón de la virtud, el todopoderoso, le levantó la falda y le tapó la boca. Ella no pudo resistirse. Sólo llorar, sentirse desgarrada en su virginal bajo vientre y en su alma. Cuando el puerco terminó de rebozarse sobre su cuerpo, exhaló el aliento del satisfecho. Ella quedó tendida en el suelo, boca abajo, semidesnuda, destrozada.
Media hora más tarde, tras escuchar el relato de la ignominia, su madre la abrazaba y la exigía silencio. Para siempre. Como en su día hizo ella cuando la violó el padre de Don Matías. Así fue como una niña de quince años supo que jamás sería algo distinto de lo que su clase social le indicaba.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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