
Una vez que la musa exótica se despidió de mí en cuanto le di un cigarrillo, mis ojos se abrieron como platos ante una visión que creía sueño: una rubia recental, una diosa terrenal, deambulaba en torno al huerto de los que anhelan volver a vivir.
Sin embargo, a diferencia de otras sombras etéreas de semejante sutilidad, ésta era especial. Su mirada no irradiaba orgullo ni presunción, sino bondad y sencillez. Su sonrisa, entre tímida y paradisíaca, abría la luz para que los rayos del astro rey penetraran en unos ojos dignos de ser la tumba del mar.
Creo recordar que la musa se llamaba Scarlett Johansson. Ella, a pesar de que le ofrecí mi mechero, no me dio la oportunidad de acercar el fuego a su alma. Creo que me dijo algo así como “tal vez esto te valió con Najwa Nimri, pero yo no fumo”.
Pero me dio igual, porque me lo dijo con una sonrisa propia de quien es incapaz de albergar algún mal en un corazón que no le cabe en el pecho…
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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