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El rincón de las musas (III): Mónica Bellucci

Miguel Ángel Malavia 12 May 2008 - 09:56 CET
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En el fragor de la batalla, cansados hasta la extenuación los soldados del imperio Jay, todos caen dormidos. El sueño es profundo, parece que infinito y definitivo. Hasta que una fragancia exquisita despierta a los dormidos, incapaces de ignorar lo que es absoluto. Desconcertados, todos miran al frente.

Aquí, frente a ellos, está la que parece estatua en majestad. Es Mónica Bellucci, la musa inspiradora del arte de la pintura literaria: la poesía. Su imagen es brutal, alucinante. Voluptuosa hasta la extenuación, de ojos incólumes, boca digna de morir por ella, pelo eterno, cintura asfixiante, piernas inabarcables, presencia heladora.

“¡Mamma mía!”, exclaman los soldados ante la italiana que esculpió Miguel Ángel. Todos querían que ese instante no se fuera jamás. Querían, necesitaban, seguir estando petrificados ante ella. Sin embargo, la ninfa colosal, despiadada, comenzó la marcha hacia la nada. Ellos clamaron, suplicaron porque siguiera en su pedestal, al menos un instante más. “¿Qué tenemos que hacer para que nos dejes admirarte un segundo más? ¿Morir? Si es así, lo haremos… pero quédate, sólo un segundo más…”.

El espejo del Renacimiento aceptó complacida, con una única condición: “Volveréis a la batalla y venceréis por mí”. Minutos después, el ejército Jay, que ya estaba derrotado, destrozó a su oponente con un furor jamás conocido en ninguna batalla de la Historia.

Sonriente vio esta escena la diosa de la guerra. Con su escudo y su espada, la nueva Ares clavó sus oceánicos ojos en el infinito. Más deslumbrante que nunca, sabía que siempre sería la dueña del mundo. Al menos, mientras mantuviera su capacidad de helar el libre arbitrio de los hombres.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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