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Mi propuesta de lo que ha de ser un comunicador católico

Miguel Ángel Malavia 14 Jun 2008 - 14:52 CET
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En primer lugar, aclaro que por comunicador católico no entiendo sólo al que se encarga de la transmisión de la información religiosa en su versión estrictamente católica. Con tal concepto, entiendo al católico que se expresa en cualquier foro público sobre temas que conciernan de uno u otro modo a la esencia, al ser del seguidor del Evangelio.

Dicho esto, considero que una primera premisa es la de conocer la sociedad en la que vivimos. Debemos de tener claro que el contexto contemporáneo es cada vez menos propicio para la Iglesia. El modelo liberal capitalista ya se ha impuesto de un modo homogéneo. La competitividad, el triunfo, el materialismo, el trepismo… son valores que están sustituyendo a la solidaridad, la igualdad, la fe, la espiritualidad o la perspectiva de la trascendencia.

Por ello, debemos de acomodar nuestra forma de comunicarnos en una sociedad cada vez más alejada del mensaje de Cristo. Y aquí llega la clave de esta actitud. ‘Acomodar’, no significa transigir, adecuarse al relativismo imperante. No, no es eso. Es reafirmarse en los valores propios, tenerlos muy claros y ‘dialogar’ con el mundo para que no los vea como algo ya pasado. En definitiva, debemos de proponer y no imponer.

Todo católico tiene muy claro que la Iglesia no condena a nadie. Y así, tampoco condena ni el propio Dios. Nosotros, cada uno de los seres humanos, por nuestro libre arbitrio, llegada la hora, con nuestras acciones, deberemos de dar cuenta de lo hecho en nuestro ciclo vital. Y en el último momento, seremos nosotros mismos los que digamos ‘sí’ o ‘no’ al propio Dios. Esto puede parecer algo antropocéntrico, pero ahí radica la grandeza del Cristianismo, su diferencia con otros credos: la libertad radical del Hombre, que se sitúa al mismo nivel de Dios; por la propia Gracia de Dios, que nos ama tanto como para darnos ese don.

De este modo, no seamos nosotros, nunca y en ningún modo, los que digamos a nadie: “Tú, por tal o cual idea o acción, estás condenado”. Y tampoco usemos esta fórmula: “Tú, si mantienes esta afirmación o actitud, no eres católico”. Debemos afirmar con fuerza los principios que hacen a alguien católico (los límites los tenemos todos muy claros), el camino que consideramos más cercano hacia Dios. Podemos pensar que alguien está equivocado, pero jamás le cerremos la puerta. Principalmente porque nosotros no somos nadie para hacerlo.

Hablemos con el mundo, dialoguemos hasta el fin, hasta la extenuación, con quienes se auto postulan como nuestros “enemigos”. Debatamos, propongamos, hagamos nuestra opción vital atractiva. Hagamos hincapié en lo positivo. Bajemos al nivel de nuestro contendiente dialéctico y escuchémosle, oigamos con atención y razonemos sus propuestas. Así, con un debate sincero, reafirmando con coherencia y fuerza nuestros principios, nos ganaremos su respeto. Y una vez ganado ese respeto tan necesario, todo es posible. Incluso que desechen sus clichés y dejen de vernos como parte del pasado más negro de la Historia.

Confiemos en nosotros. Tenemos el mejor mensaje, el más esperanzador. Reivindiquemos con coherencia la familia, la vida, la existencia de la verdad, el respeto a la libertad religiosa. Seamos testigos de Cristo y evangelicemos. Pero no lo hagamos gritando, ni condenando. Digamos lo mismo, seamos fieles a nuestro pensamiento, pero no consideremos al otro como un inferior. Para la existencia de un diálogo fecundo no podemos dar portazos.

Hagamos autocrítica y reconozcamos nuestros fallos. Juan Pablo II pidió perdón por los errores históricos cometidos por la Iglesia. Benedicto XVI habló claro y pidió un perdón estremecedor a las víctimas de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes en EEUU. No nos rasguemos las vestiduras por ello. Eso nos da fuerza, nos hace coherentes, nos hace humanos. Sólo Dios y la Virgen son perfectos.

No hagamos trincheras. No establezcamos prejuicios previos ante nadie. No califiquemos con palabras como “taranconiano” a “los progres” de la Iglesia. No caigamos en la trampa de calificar de “rouqueños” a “los ultras” de la Iglesia. Todos somos católicos, aunque haya distintas sensibilidades y formas de expresarse. Y eso nos hace más ricos.

El mundo está esperando oír un mensaje de esperanza. Ha de ser el nuestro. Está en nuestra mano. No caigamos en el fariseísmo y establezcamos previamente quién es digo y quién no de escucharnos. La Palabra la han de recibir todos. Ahora más que nunca, en la Aldea Global que ya es el mundo, tenemos los medios a nuestro alcance para que nadie se quede fuera. Intentémoslo. Hablemos a todos, propongamos con pasión, bondad, cercanía y coherencia y serán muchos los que nos escuchen.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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