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Terna cobarde en el albero del marqués de Sade

Miguel Ángel Malavia 10 Nov 2008 - 23:18 CET
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El bullicio expectante del respetable ensordeció cuando la terna de las letras saltó al ruedo: Luis María Anson, Alfonso Ussía y G. K. Chesterton, salieron decididos a dar la vida por el arte en la plaza del marqués de Sade. Los periodistas monárquicos hispanos salían fumando en pipa, con el gesto fingidamente sonriente, disputando sobre cuál era la tenista a la que le sentaba mejor la minifalda. El british, con la mirada mística a la par que burlona, dilucidaba el modo en el hombre que fue jueves abandonó el Consejo Mundial Anarquista para ingresar en las hordas de la conversión petrina.

Los tres, innegablemente orondos, vestían trajes de luces de estilo goyesco postmoderno; esto es, daliniano con ínfulas de Armani. Presos del temor, el trío calavera esperó a que concluyeran los acordes del himno nacional de Latrocinandia, para rogar al presidente del festejo la excepción de someterse a la vez al reto a la muerte por asta de toro. Santo Tomás Moro, benévolo en la decisión, hizo sonar el silencio de las ballonetas, que dispararon mil banderas blancas.

Así fue como los toros y los toreros vieron finalmente indultado su destino. “Pero el espectáculo no puede abortarse de un modo tan indignante”, protestó Sarah Palin, metralleta en mano. Don Pelayo, temeroso de la Dama de Hierro de la hora más actual, optó por encalar sus velludos huesos en los lomos de un Babieca que hacía tiempo que había roto relaciones con el Cid. Huyó cual rayo procaz.

En medio de tanta vil cobardía, temerosa en el fondo del único Dios, la gesta rota dio paso a la retórica como espectáculo del consuelo, en medio del los pitos del estafado público. Cuando el presidente Barack Hussein cedió desanimado el atril imperial a la verdadera estrella (“el único que puede salvar la papeleta”), Pepe Blanco, éste redujo su discurso de la poesía a la contundencia: “La culpa de todo la tiene Aznar”. La muerte asustada de todos los presentes acabó con la bronca. El político del futuro, sólo en la plaza, salió sonriente por la Puerta Grande a lomos de Rocinante, quien se había pasado al bando de un Cid abandonado por su histórico cuadrúpedo equino.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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