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¡No a la guerra!

Miguel Ángel Malavia 22 Ene 2009 - 19:45 CET
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Tic-tac, tic-tac, tic… ¡Boom! El estruendo ha cegado los ojos de la pequeña Lucía, que corre sin parar, sorteando a los supervivientes que, cual cadáveres, deambulan de un lado a otro. Tiene miedo. Sin saber cómo ni por qué, se ha visto engullida por una oleada de fuego, disparos y trincheras. Cuatro carros blindados pasan a su lado, aplastando los restos desgajados de una familia ya masacrada. Uno de aquellos cuerpos, el más pequeño, es el de su amiga Judith. Tenía su misma edad: 9 años.

Sin apenas tiempo para llorar, una ráfaga de metralla hace retumbar la cabeza de dos mujeres que pasaban a su derecha. Eran Dilshad (cuyo nombre significa ‘de corazón alegre’) y Baseema (reflejo de ‘sonriente’). Ninguna de las dos podrá ya abrir de par en par sus labios y desplegar el encanto de sus radiantes voces. La sangre invade el azul cielo de su grácil pañuelo. Un grito inaudible en medio del caos está a punto de asfixiarla. Corre, corre, corre… Grita, clama, se desorbita, se ahoga. Agazapada bajo un pequeño dintel, deja latir el sonido del silencio.

El escenario comienza a volverse blanco… hasta que de un plumazo ha sido invadido por el negro de la desesperanza. ¡Boom! Se acerca… ¡Booom! No, otra vez no, por favor… ¡Boooom! Ya está aquí. Abrir los ojos equivale para Lucía a ver los miembros ensangrentados de los voluntarios de una oficina de Alimentación allí situada. Vísceras, brazos, dedos, ojos… Sólo reconoce los de Gladis, llegada hace años proveniente de tierras eslavas. Su larga cabellera rubia es lo único que recuerda a ella. Aunque ahora es roja.

Corre, corre, corre… hasta llegar al terraplén. Pese a ser de noche, pese a no haber un ápice de luz, distingue a dieciséis jóvenes reclutas “enemigos”. Juntos, apretados entre sí en una masa informe, con las manos en alto, esperan el dictamen final. Un segundo, dos, tres… ¿el veredicto? Las balas que traspasan su corazón.

Lucía, seca su fe, aniquilada su esperanza, corre, corre, corre… Y muere. Diez minutos después, su rostro, ya pálido, marca la mueca del horror. Cuando la entierran al cabo de tres días en una fosa común, su alma sigue sin saber de dónde provenía la barbarie que la hizo morir de miedo.

Dedicado a Christine, una niña de 14 años que murió días atrás en la guerra de Gaza. En medio del caos, no la mató una bomba o un disparo. El miedo, sin más, fue el que paró su corazón. Son demasiadas las Cristinas y Lucías que han muerto en Jerusalén, Varsovia, Durango, Kabul, Colonia, Madrid o Bombay.

¡No a la guerra! ¡No a todas las guerras, no al terrorismo y no a las distintas formas de violencia inhumana!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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