A sus 18 años, David siempre fue el ojito derecho de sus adustos padres. En la Cracovia de 1938 era reconocido por ser un chico jovial, afable y extrovertido. Muchas chicas anhelaban “cazarle”. Lo que no le impedía cumplir con rigor los preceptos de su fe hebrea. Como todo judío orgulloso de serlo, soñaba con orar algún día ante el Muro de las Lamentaciones.
Pero llegó 1939 y la burbuja de la felicidad tranquila explotó. El mundo de David se vino completamente abajo, derribado por los nazis. Un día, llegó a casa y sus padres no estaban. Jamás volvería a verlos. A la semana siguiente, vinieron a por él. Tras varios meses de torturas y cárceles temporales, el campo de exterminio de Auschwitz sería su destino. Un destino de muerte. Como a muchos otros, como a cientos de miles, el trabajo no le haría libre. Todo era un macabro compás de espera hasta la cámara de gas.
Fue un frío atardecer de noviembre. Sus cuarenta y cinco kilos de peso no fueron suficientes para cargar con un pesado saco. Cayeron ambos, el saco y sus huesos. Un soldado alemán lo vio todo. Avanzó hacia él. Era el fin. Aprovechando que estaba en el suelo, golpeó sin parar su pecho, sus piernas, su cabeza. Sangraba. Llegó el momento. Era el fin. El nazi apuntó a su cabeza. David cerró los ojos y suspiró. Estaba tan seco por dentro que ni siquiera podía llorar ni gritar. Sólo esperó. En el último instante, su juez cambió el curso natural. Cambió el objetivo de su pistola y mató de un balazo a un anciano. Éste cometió el error de ser judío y estar mirando lo que ocurría con lágrimas en su rostro.
Es 1948. Es 9 de abril de 1948. Deir Yassin, una pequeña aldea árabe a cinco kilómetros de Jerusalén, contempla aterrada el clima de guerra por el que judíos y palestinos se matan a un mes de que se consume la marcha británica que dé el pistoletazo de salida a la batalla definitivamente infernal. Pese a todo, sus menos de 800 habitantes, agricultores en su mayoría, permanecen tranquilos. Habían firmado un pacto de no agresión con los judíos y no permitían a las fuerzas palestinas que tomaran el poblado como base militar. Eran tierra de nadie.
Pero todo iba a cambiar este día. Un comando militar conformado por los grupos terroristas judíos ‘Irgún’ y ‘Stern’ quiere cobrarse su trofeo y conseguir un “éxito” que asombre a la hambrienta población de Jerusalén, asediada por los milicianos árabes que impiden la llegada de convoyes hebreos. David, pálido y frenético, empuña la metralleta que le han dado sonrientes en la sede del ‘Irgún’. Tres horas después, ya habrá matado a seis personas. Dos más tarde, en el fragor de la batalla, al entrar en una casa, da con una joven embarazada de ocho meses. Ella suplica, llora, se arrodilla ante él. Pero David no tiene piedad. Viola a la chica, hunde su cuchillo en su cuello y raja su tripa. Una vez que la criatura inerte queda ante él, su única respuesta es una patada y una maldición. Más de 100 palestinos fueron asesinados ese día, la mayoría mujeres y niños. Inocentes.
Muchos recordarían cómo David murió un mes después, en la batalla que siguió a la proclamación del Estado de Israel. No fue así. El chico jovial, afable y extrovertido, el David que era el orgullo de sus padres y soñaba en las tardes de Cracovia con orar ante las sagradas ruinas del Templo, murió cuando un soldado nazi entregó la bala de su destino a un anciano que lloraba. Sencillamente, se le pudrió el alma.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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