Los cuervos, que pueblan el cielo de la Torre de Londres, gritan “libertad, libertad, libertad”. En medio de la diáfana y lúgubre estancia, Enrique VIII permanece sentado en un trono dorado. No destaca por ser ingentemente barbado y obeso, sino por su mirada glacial. Tras él, Jane Seymour, la última puta coronada antes de ser la nueva reina de Inglaterra (y ya van tres…), sopla la nuca del dios omnipotente. Un chasquido de los dedos del Tudor inicia el ritual de una fiesta de muerte. Ana Bolena, a escasos instantes de serle cortada la cabeza, aparece desnuda. Su misión es quedarse completamente parada en el centro de un círculo imaginario. No puede moverse ni cerrar los ojos. También le está vedado sentir.
Así, no gira su cabeza cuando se abre la puerta y desfilan ante el rey y su puta los bufones “invitados”. Sale la primera ronda, la de los católicos: Tomás Moro y John Fisher, los mártires de la coherencia hasta el fin, pasean sus cabezas sin sonrisa. A continuación, dos beduinos representan ser Clemente VII y Carlos V. La farsa consiste en que el Papa y el emperador se besan apasionadamente, camino del altar que sellará su matrimonio. Lleva la cola de la novia (¿?) un antillano que hace de Francisco I, el cristianísimo rey gabacho que se entendía con los turcos. Lloran tras ellos Catalina de Aragón y el cardenal Wolsey. La verdadera reina muestra el luto de su ser con el corazón ennegrecido sostenido en las manos. Por contra, el eclesiástico corrupto lamenta ahora su colaboración con la locura.
Mientras esto ocurre, los tomases, Cromwell y Cranmer, permanecen acurrucados en la más oscura de las esquinas. También ellos, como el discípulo de Cristo, quisieron ver antes de creer. Lo malo es que, una vez que vieron, ya eran tomados por creyentes. Así, los constructores de la Iglesia Anglicana fueron más allá de las expropiaciones de las cosas de los monjes; casi sin darse cuenta, ya justificaban y ejecutaban las órdenes del soberano impetuoso y voluble. Tienen miedo. Han arrancado a la mentira las confesiones que condenan a Ana Bolena. Saben que, en un mañana demasiado cercano, les tocará a ellos. Tiemblan.
Entonces llega la hora de los condenados: los “amantes” de la reina, encabezados por su hermano Jorge, claman imitando el lamento de los cuervos, que ahora reclaman “justicia, justicia, justicia”. No hay compasión. Un nuevo chasquido regio de dedos y ya todos carecen de cabeza. Huele a sangre y a pavor. El patriarca Bolena, el padre vergonzante de la avergonzada, sabe salvado el culo y acaricia sonriente su cuello. Culminada ya la tragedia, sólo queda el colofón final: María e Isabel, las infantas bastardas, son obligadas a ejecutar la danza del luto celebrado. Ambas acabarán siendo reinas, pero ahora sólo son un estorbo, el peso de una duda sin conciencia. El espectro de Catalina anima a su hija a devolver Londres a la fe de la única y verdadera Iglesia; María aprieta los dientes, siendo su rictus el de la misión a ejecutar. Ana Bolena, castigada sin poder actuar, mira suplicante al ser de sus entrañas; Isabel sabe en ese instante que jamás se casará: su cabellera rojiza será única corona para una Inglaterra evangélica, “libre del báculo papal”.
Ocurre en el segundo en que cesa la música que anima a la danza entre las hijas enfrentadas. Entonces, todo se desencadena: tras un tic-tac de silencio, Enrique se levanta y lanza su dedo acusador contra su mujer: “Puta”, le escupe, mientras él lleva la bragueta abierta. Sin lágrimas, Ana Bolena cumple su promesa y no responde. Ni siquiera cuando una larga espada deja su estrecho cuello sin cabeza a la que sostener.
El silencio de los cuervos compungidos pone punto y final a la macabra fiesta. Han de ponerse guapos. Dentro de once días tienen celebración de boda. Jane Seymour dejará de ser puta y será reina.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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