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El sueño de la II República lo cumplió la Monarquía Constitucional

Miguel Ángel Malavia 15 Abr 2011 - 23:36 CET
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Ayer se celebró el 80º aniversario de la proclamación de la II República. Aunque pasó ciertamente desapercibido, el diario Público se volcó con un homenaje a través de un especial de 24 páginas, la entrega de un ejemplar de la Constitución republicana y el anuncio del reparto de una camiseta reivindicativa. Reinvindicativa de la III República, claro. Algo que no me llama la atención, puesto que en el 2011 haya monárquicos y republicanos es lo más normal del mundo. Lo que sí me “preocupa” es el fondo reivindicativo: no, no piden una República, sino la II República. Entendida por ellos como un paradigma de la izquierda pura e ideal. Para hoy.

Un claro ejemplo está es uno de los textos del especial de Público. Escrito por Juanma Romero, describe así a los ‘Jóvenes para la Tercera’: “Él, ella, acaba de dejar la infancia, se integra pronto en movimientos sociales, en plataformas estudiantiles, en asociaciones de recuperación de la memoria, tal vez recala luego en la organización juvenil de un partido –IU, PCE, ERC, PSOE–, acude a manifestaciones y mítines, colabora en charlas, devora libros de política e historia, ambiciona la sustitución del rey, sueña con una democracia más justa, igualitaria, participativa y laica, luce la bandera tricolor. Él, ella, es joven y quiere que llegue la III República”. Es decir, que para ser republicano en el 2011 en España hay que ser de izquierdas. La lista de partidos “pata negra” republicanos es explícita…

Soy monárquico, no republicano. Pero, si fuera esto último, trataría de entender que en la España actual no va a triunfar un cambio de modelo que altere la normalidad y la pacífica convivencia de unos ciudadanos adormecidos y a los que sólo preocupa lo que les toque al bolsillo. Mañana puede haber una República, perfectamente. Pero habría de llegar desde un proceso tranquilo y sosegado. Algo que sólo ocurriría con una transición que modificara el sistema imperante únicamente en el nombre y no en su contenido. En España tenemos democracia. Imperfecta, pero auténtica democracia. Y en ella cabemos todos. Los de derechas, los de izquierdas y los que tiran por otros derroteros. Una III República de izquierdas y sólo para las izquierdas estaría abocada al mayor de los fracasos. Como sus precedentes. ¿Es posible que los republicanos que esto promueven puedan caer otra vez, casi un siglo después, en el mismo error de querer llenar “su” República de “su” ideología?

La II República nació fruto de un inmenso apoyo popular y canalizó ansias de cambio absolutamente lógicas. La España de 1931 era un país atrasado, caciquil, latifundista, autoritario, analfabeto y con un grandísimo déficit de derechos y servicios. Era necesaria una reforma política que impulsara una auténtica democracia, con iguales derechos para todos, sin distinción por sexo, ideología o credo; una reforma agraria que acabara con las desigualdades; una reforma educativa que apostara por una escuela pública, con valores comunes y accesible a todos; una reforma del ejército que hiciera a éste verdaderamente profesional y apolítico; una reforma estructural que fijara una real separación de poderes, garantizando especialmente la independencia de la Justicia; una reforma en las relaciones con la Iglesia católica, eliminando muchos de los privilegios que ésta gozaba de forma arcaica; una reforma territorial que apostara por una descentralización sin romper la unidad. Estos sólo son algunos ejemplos. Muchos de ellos se intentaron. La mayoría fracasaron. ¿Por qué? Por la ideologización del sistema, identificando República con izquierda. La derecha (muchos de sus tradicionales elementos habían aceptado el nuevo régimen) se sintió atacada y contraatacó con beligerancia. La izquierda ni siquiera veía legítima a la derecha. Era realmente difícil el entendimiento.

Lo que nació con ilusión tras una historia de autoritarismo culminada con una dictadura (la de Primo de Rivera), acabó en desastre total: odio, incapacidad para convivir, guerra. Lo que siguió a la dictadura a la que llevó esa guerra, la Monarquía Constitucional de Juan Carlos I, dio lugar al mayor régimen de libertades vivido en toda la historia de España. El sistema tiene muchos fallos, pero la democracia es auténtica, en ella caben todos, dominan las clases medias y las desigualdades no son tantas que lleven a plantear ninguna revolución. La gran mayoría de las reformas planteadas por la II República se han culminado en estos años de, si así lo quieren los defensores del espíritu del anterior modelo, republicanismo coronado.

Quienes quieran acabar con la Monarquía Constitucional habrán de hacerlo proponiendo una III República para todos: sin convulsiones, sin revanchismos, sin ajustes de cuentas, sin frustraciones. Neutra. Para todos. En caso contrario, volverán a fracasar. Y nos arrastrarán a todos al borde de la pendiente.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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