
Mucho se especulaba sobre si el Rey Juan Carlos, en su Mensaje Navideño de anoche, se referiría o no al daño que está causando a la Monarquía la posible imputación por corrupción de su yerno, Iñaki Urdangarín. Yo estaba seguro de que así lo haría. Quien supo mirar por el bien de la institución al aceptar la ruptura en la legítima línea de sucesión real por la que Franco echó abajo las esperanzas de su padre de ser “el Rey de todos los españoles”, en un momento muchísimo más crítico, no podía callarse ahora. Debía sobreponerse al dolor que seguramente haya infligido a la Infanta Cristina (como lo hizo con el admirable Don Juan) y mirar por el bien común.
Todos los medios han destacado el siguiente párrafo: “Junto a la crisis económica, me preocupa también enormemente la desconfianza que parece estar extendiéndose en algunos sectores de la opinión pública respecto a la credibilidad y prestigio de algunas de nuestras instituciones. Necesitamos rigor, seriedad y ejemplaridad en todos los sentidos. Todos, sobre todo las personas con responsabilidades públicas, tenemos el deber de observar un comportamiento adecuado, un comportamiento ejemplar. Cuando se producen conductas irregulares que no se ajustan a la legalidad o a la ética, es natural que la sociedad reaccione. Afortunadamente vivimos en un Estado de Derecho, y cualquier actuación censurable deberá ser juzgada y sancionada con arreglo a la ley. La justicia es igual para todos”. Más claro el agua. Lo que, insisto, no deja de ser difícil.
El discurso del Rey fue ayer uno de sus mejores. Habló “con sinceridad y realismo”, como afirmó al inicio. Y creo que fue más allá de lo habitual. Por ejemplo, ante el debate existente sobre cómo acometer el fin de ETA, dijo que “ahora es ya tiempo de que los terroristas entreguen sus armas asesinas”. Puede parecer una obviedad, pero exigir para “ahora” algo que puede tardar años en producirse, cuando no todos los partidos aceptan la presencia en las instituciones de sus formaciones políticas (UPyD pide incluso su ilegalización, a Amaiur no se le ha concedido grupo parlamentario y Rajoy no se reunió con ellos en su diálogo con todos los grupos previo a su investidura), es un matiz considerable.
¿O es que alguien duda de que todo está medido en las palabras del Rey en el discurso más importante de cada año? Estas palabras no fueron casuales: “En esta noche, quiero dar las gracias especialmente a tantos españoles que en los últimos meses se han interesado por mi salud, felizmente recuperada. En este tiempo, he podido apreciar, aún más si cabe, el rigor y el acierto con que mi hijo, el Príncipe de Asturias, me acompaña como Heredero de la Corona en el servicio a los españoles y a España, a su democracia, a su Estado de Derecho, a sus libertades, a su unidad y su diversidad, y a la defensa de sus intereses en todo el mundo”.
Como no fue cualquier cosa este grado de cercanía: “Sabed que todos estáis en mi corazón y en mi pensamiento”. Y es que nos habló desde “la confianza y el optimismo que me inspiran las virtudes del pueblo español, al que quiero con todo mi corazón y al que a lo largo de estos treinta y seis años de reinado he aprendido a conocer a fondo y a admirar con orgullo”. Mil circunstancias nos llevan en la vida, pero no dudo de que éste podría haber sido un Mensaje de Navidad del Rey que, de ser el último, sería un colofón perfecto.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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