Pese a que mis dos abuelas se llamaron Inés y Eloira, desde hace algo más de 10 años he tenido la inmensa fortuna de contar con una tercera: Teresa. La abuela de Mari, mi mujer, nos dejó ayer a los 92 años. Ya es doloroso que se vaya una persona fundamental en la vida de quien has elegido para compartir el resto de tu existencia, pero aún más triste es cuando tú mismo la sentías como una persona verdaderamente importante para ti. Y es que hay seres que son más familia que algunos otros con los que se comparte sangre. La butaca de la abuela, testigo de un río de sabiduría y bondad, va a dejar un vacío enorme en la casa de mi otra familia.
Teresa, nacida en 1920 en Francia y criada allí hasta los 14 años (para volver, sin saberlo, a la España sobre la que se cernía la incivil Guerra Civil), encarnaba en sí misma la historia del último siglo, el más dramático hasta ahora conocido. Siempre con su entrañable sonrisa a cuestas, tenía un sinfín de cosas que contar. Muchas muy tristes sobre su propia vida. Pero, incluso así, pese al dolor, siempre sonreía. Con una sonrisa pura e incapaz de un doble fondo. Por todos se preocupaba y a todos quería. Como las abuelas de verdad, todos eran sus hijos y nietos.
Si existe ese Dios en el que ansío creer con todas mis fuerzas, hoy Teresa está plenamente feliz. Con todos los suyos, con los muchísimos a los que tanto echaba de menos. Y, si esto es así, estoy seguro de que los que la conocimos y quisimos ya tenemos otro ángel de la guarda que nos acompañará. Y lo hará siempre con una sonrisa, aunque no la veamos.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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