
Por tantísimas tardes de decepciones, en las que siempre estuvimos a vuestro lado los de siempre. Que nos somos muchos, no nos engañemos. En un club colosal como es el Real Madrid, los de las canastas somos, más que el hermano pequeño, el hermano pobre. Sobre todo en atención, en afecto. Los de arriba, los directivos, repiten demasiado frecuentemente que somos una sección “deficitaria”. Y hoy, en que solo cuenta la pasta… el peligro es constante.
Porque somos el Real Madrid de Baloncesto, y nuestro palmarés dice que tenemos ocho Copas de Europa, otros diez entorchados internacionales, 30 Ligas y 22 Copas. Algo que hoy, por desgracia, es un lastre. Así de claro. Porque la gran mayoría de estos hitos tienen una gran capa de polvo encima. Porque somos como el equipo de fútbol antes de que llegara la Séptima: un hidalgo con muchos apellidos pero con un presente de pobreza y apariencia.
Llevamos dos décadas de travesía por el desierto. Muchísimas más tristezas que alegrías. Grandes proyectos, ilusionantes fichajes, entrenadores en los que veíamos mesías… En su mayor parte, todos se fueron fracasando. Al menos, ninguno consiguió el gran sueño, el auténtico revulsivo que necesita una institución gigantesca: la Novena. El Real Madrid ha nacido para ser el Rey de Europa. Pero llevamos mucho tiempo tratando de meter la canasta ganadora en una final de Copa de Europa. Y no llega. Y el tiempo se acaba…
Estoy tan nervioso como cuando la Séptima del fútbol. O como cuando el Mundial de España en Sudáfrica. Entonces veía esas finales como el día en que se cumplía una ilusión lejana, que temporada tras temporada seguía sin llegar. Claro que recuerdo aquella Semana Santa de 1995, cuando levantamos la Octava ante el Olympiacos en Zaragoza… Claro que recuerdo el último mate mágico de Cargol, las entradas de Arlauckas, los ganchos de Sabonis, la defensa de Santos, la dirección sapiencial de Antúnez… Claro que lo recuerdo. Pero entonces era un chaval de 13 años y no era consciente de lo mucho que había en juego: había rumores de que Mendoza cerraría la sección si no se ganaba la Copa de Europa. Sí, entonces también llevábamos otras dos décadas de vagar por el vacío de la frustración. No, no hemos cambiado mucho, pese al hito revolucionario de la Octava. Por eso necesitamos la Novena. Es vital para la minoría de madridistas que amamos de verdad el baloncesto.
Y, por último, un motivo personal. Hace dos años estuve en la Final Four de Barcelona, persiguiendo este mismo anhelo. La ilusión era absoluta. El batacazo fue monumental. Pero hemos vuelto. Estamos aquí, en nuestro espacio natural. Y no queremos volver a bajar. Nunca más. Somos y seremos el Real Madrid de Baloncesto. Como pocas veces, este grito revolucionario tiene sentido: ¡Victoria o muerte!
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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