No quiero que la Liga la patrocine un banco, ni a mi equipo los Emiratos Árabes o Qatar, con un dinero que llega a mansalva, pero con un origen al que la sospecha apunta como teñido de sangre y liberticidio. No quiero que los fondos de inversiones sean dueños de los destinos de jugadores. No quiero que haya una distancia abismal entre dos equipos y el resto por unos derechos de televisión injustamente repartidos. No quiero que, como aficionado, se me falte al respeto poniendo los partidos de mi equipo un lunes a las diez o las once de la noche. No quiero que las apuestas deportivas aboquen a este deporte al pozo de la mentira. No quiero que los clubes puedan deber a Hacienda un potosí y siga la cuenta de la barra libre… mientras las familias son desahuciadas. No quiero que me digan que no hay marcha atrás y, sin tanto dinero, el fútbol se acabaría.
Quiero que impere la lógica y el negocio se arruine. Quiero que ningún banco, patrocinador, fondo de inversión, televisión o casa de apuestas recupere el dinero invertido y no les merezca la pena seguir en esto. Quiero que desaparezcan del mapa. Quiero que todos los clubes ganen muchísimo menos dinero y, en lo bajo, todo se equipare entre todos los equipos. Quiero que los jugadores cobren muchísimo menos y las entradas cuesten bastante menos. Quiero un sistema equilibrado por el que sea rentable mantener un equipo y, con las mismas reglas en todos los países, no haya excesivas diferencias de criterio.
Quiero, en definitiva, que el fútbol vuelva a ser un deporte y que esté pensado por y para el aficionado. Y que no nos vendan la moto… Messi y Cristiano Ronaldo seguirían jugando igual de bien, aunque lo hicieran en el Conquense. Los verdaderos futbolistas, los enamorados de su deporte, harían lo mismo que hicieron todos los jugadores de vocación desde que esto era algo amateur: hacer lo que saben y como mejor saben. Para ganar el dinero que merezcan y para hacer estremecerse a su afición. Porque, de eso no hay duda, los hinchas seguiríamos viviendo nuestra pasión con la misma fuerza. Y, si cabe, con más ilusión, sabiendo que otros no revientan sus bolsillos de avaricia.
No al negocio salvaje. Sí al deporte por y para el aficionado. Por la refundación del fútbol moderno.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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