Es una clave constante en el Papa Francisco: es preferible una Iglesia accidentada que una enferma. Es decir, vale más una Iglesia que se encuentre con dificultades por acudir a las veredas donde están el ser humano y sus problemas que una Iglesia encerrada en sí misma, autocomplaciente y excesivamente clerical. Dicho esto, parece evidente que este último mal lo sufre ante todo la Iglesia en Europa, arrastrando su vieja condición de credo de mayorías y omnipotente en muchos países. Y, dicho esto también, mi percepción es que este anquilosamiento se da con mucha más fuerza en la Iglesia en España, al menos por la imagen que la sociedad tiene de sus máximos representantes.
Me basta con echar un vistazo a algunas de las recientes informaciones sobre la Iglesia en el mundo en las que he trabajado en las últimas semanas en Vida Nueva. Así, me encuentro con que los combonianos y combonianas de El Cairo atienden tres escuelas para refugiados nepalíes; con que los 400 centros educativos jesuitas de América Latina llevan tres años de campaña para recabar fondos para que otros puedan estudiar en Haití; con que el director de Cáritas Jerusalén se atreve a proponer la solución política de un único Estado para dos pueblos (palestinos e israelíes) y tres religiones (cristianismo, islam y judaísmo); con que el Episcopado colombiano ha mediado ante el Gobierno para apoyar un paro nacional por parte de las agrupaciones campesinas; con que los obispos de Benín denuncian la última reforma del presidente, que busca ampliar el límite de mandatos que dicta su Constitución; con que las Misiones Salesianas combaten el trabajo infantil también en Benín; con que todas las comunidades cristianas en la India forman parte de todo tipo de iniciativas para favorecer la dignidad y la autonomía de la mujer y que las crueles violaciones no queden impunes; con que la Conferencia Episcopal de Brasil mantiene una delegación para la Vivienda que lucha con ahínco por ayudar a cambiar las condiciones de las cientos de miles de personas que viven en favelas…
Muchas de esas iniciativas de encuentro con los problemas de la persona ya las desarrollan con misericordia y amor todo tipo de comunidades cristianas en España. Son acciones a cargo de laicos, religiosos, sacerdotes y obispos, como pastores al frente de sus diócesis. Pero, al más alto nivel de representación, la imagen eclesial de la sociedad es la de una institución encerrada sobre sí misma y preocupada solo por ciertos problemas. Y no lo digo yo, sino que es una percepción generalizada más allá de quienes nos sentimos Iglesia. Por ello, al cambio que preconiza el Papa, aunque nos equivoquemos y accidentemos, convendría mucho un cambio de estilo.
Así, en vez de frenar y “limpiar” ciertos mensajes proféticos sobre cuestiones como el ecumenismo o la pastoral social, los obispos con más capacidad de decisión y repercusión mediática deberían de hacer todo lo posible para ser vistos como pastores preñados de misericordia y situados en medio de su pueblo. Sin miedo, regalando medicina contra la enfermedad.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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