Cada vez tengo más claro que las grandes personas que merecen ser consideradas modelos a seguir no son las que realizan ampulosos discursos cargados de verdades rotundas, sino las que dicen y hacen cosas sencillas que construyen sociedad. Entre estas últimas personas estuvo Manu Leguineche, muerto hoy.
Todos coinciden en que fue un maestro de periodistas. Y cuando digo todos es todos, desde Enric Sopena hasta Alfonso Ussía. Si les cito a ellos, entre la gran catarata de elogios vertidos en las últimas horas, es porque cada uno representa una forma de ver las cosas absolutamente opuesta la una de la otra, aunque coincidentes ambos en tener una figura tan teñida de un color que les genera todo tipo de dependencias (y beneficios). Eso demuestra que Leguineche fue un verdadero periodista. No se vendió a una ideología, pero aún mejor: no se vendió al sistema de intereses editoriales (empresariales) que tienen hoy tan domesticado al periodismo.
Fue un periodista independiente, con criterio propio y abajado. Sin ir de estrella, todos sus compañeros cronistas de guerra coinciden en catalogarle como “el jefe de La Tribu”. Y eso no porque fuera el más valiente a la hora de exponerse ante las balas, sino porque trató de discernir lo que se escondía de cada conflicto, desde el más local hasta el de mayores repercusiones internacionales. ¿Cómo? Siendo lo más puro que puede ser un periodista: un reportero que hace preguntas y abierto a las respuestas sinceras que recibía, sin dejarse contaminar por la previa visión o cúmulo de prejuicios que pudiera guardar en su caudal. Fue, en definitiva, un transmisor de pequeñas verdades. Algo mucho más importante, cuando hablamos de periodismo, que La Gran Verdad cincelada en oro en un mayestático titular.
No recibió grandes reconocimientos en forma de premios. Lo cual, frente a lo que se pudiera pensar, habla muy bien de su compromiso por ser realmente independiente. No necesitó de amiguismos interesados. Hoy, en la hora final, ha recibido el rendido tributo de sus compañeros y de una gran mayoría de los ciudadanos. Porque construyó sociedad. Algo tan aparentemente fácil, aunque hoy tan utópico.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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