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La España de Blas Piñar

Miguel Ángel Malavia 28 Ene 2014 - 21:33 CET
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Jamás me alegrará la muerte de nadie. Hoy, con la de Blas Piñar a los 95 años, no será la primera vez. Ni mucho menos, pues rezo por él de corazón. Eso sí, como apasionado de la Historia y puesto que me dedico a esto del periodismo, no voy a dejar de analizar su figura como máximo representante del bunker franquista que tanto combatió la Transición. Precisamente, una de las pocas cosas que aún me enorgullecen de ser español. La Transición, claro.

No voy a entrar en detalles. Solo me limitaré a hacer un experimento: imaginar cómo habría sido la etapa posterior a la muerte de Franco si Blas Piñar hubiera sido la persona designada para encarnar las esencias del régimen franquista. Es muy sencillo: no hubieran existido partidos políticos más allá del Movimiento; las elecciones libres serían una quimera, como la libertad de prensa, la de asociación o la sindical; el ejército seguiría monopolizando la vida pública; las cárceles seguirían pobladas de presos políticos; el Estado querría seguir opinando a la hora de designar el Papa a sus obispos; para ver ciertas películas habría que esquivar la censura y seguir cruzando la frontera hasta Perpiñán; miles de exiliados, del interior y del exterior, seguirían en el limbo… En definitiva, no habría habido democracia. O, lo que es lo mismo, el país se habría partido y, muy seguramente, hubiera estallado una nueva Guerra Civil. Hoy a España, efectivamente, no la reconocería ni la madre que la parió. Así, por mucho que ahora no nos guste lo que vemos, sin duda, es mucho mejor de lo que la petrificación del franquismo nos hubiera deparado.

Por ello, hoy quiero rendir mi más apasionado homenaje a los tres grandes artífices de la Transición: el Rey Juan Carlos I, Adolfo Suárez y Santiago Carrillo. Y, en un segundo plano, también muy relevante, a Torcuato Fernández Miranda, Landelino Lavilla, Manuel Fraga, el general Gutiérrez Mellado, el cardenal Tarancón, Felipe González, Nicolás Redondo, Marcelino Camacho, el president Tarradellas, Fuentes Quintana, Ramón Tamames, Tierno Galván… Todos ellos tenían profundas ideas, muy divergentes entre sí. Pero, conscientes de que lo que estaba en juego era la supervivencia de España, pues este país necesitaba al fin regalarse libertad, paz y convivencia, cada uno de ellos cedió en una parte de sus postulados y se entregó en pos de construir sociedad.

Lo siento, pero no puedo decir lo mismo de Blas Piñar. Aferrado a su integrismo reaccionario, se empeñó en devolver a España al cuartel. Y gritó a los cuatro vientos que los impulsores de la democracia eran unos “traidores”. Fuerza Nueva fue un grupúsculo violento y muy peligroso, con acciones de brutalidad a sus espaldas. Él fue su caudillo, su referente “inquebrantable” hasta el final. Porque el bunker, aunque en manos de cuatro gatos (algunos muy poderosos y con antenas mediáticas), sigue vivo.

Lo siento, pero no puedo decir otra cosa que “su” España no es España. Afortunadamente.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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