Ya no es necesario que Podemos apele a la furia ciudadana para que los desengañados de la política se echen en sus brazos y los voten en masa. La eterna división de la izquierda española, cuyo símbolo fueron los balazos entre anarquistas y comunistas en la Barcelona de la Guerra Civil, ha cristalizado en nuestra democracia en un sinfín de siglas enfrentadas entre sí. El más claro ejemplo de esto lo estamos viviendo estos días en Madrid con las hasta ahora principales fuerzas del progresismo: PSOE e IU.
Pedro Sánchez, un pragmático que ya se ha acostumbrado a amanecer cada día con un puñal distinto en la espalda, ha dado al fin un golpe sobre la mesa: se ha cargado a Tomás Gómez, una lacra que perdía votos a chorros y que encima se hacía acompañar de sospechosos de incurrir en lo turbio. Si su carrera hacia la presidencia de la Comunidad de Madrid se ha visto al fin cortada, no menos tocada queda la candidatura de Antonio Miguel Carmona, reconocido “tomasista”, al Ayuntamiento de la capital. Con el PSM roto, amenazas de llevar la disputa ante un juez, una gestora tratando de campear el temporal y “hunos y hotros” (que diría Unamuno) lanzándose ponzoña, ¿cómo pretenden los socialistas emular los tiempos de bonanza en que Leguina dibujaba cinturones rojos?
Aun así, lo más significativo, relacionándolo con el auge de Podemos, es lo que ocurre en IU. El antiguo PCE que ya se empezara a hacer pedazos al querer pegarle la patada a Carrillo y cuya división en camadas no ha ido a menos en el formato verde de IU, atraviesa hoy su particular travesía por el desierto. Los nuevos rostros surgidos del 15-M, capitaneados por Alberto Garzón, no ven un trauma en abrazarse (sin consumar ni romper la marca) con los podemitas. Los viejos zorros de la madriguera (Cayo Lara y Gaspar Llamazares…, también enfrentados entre sí) saben que, si acuden a las urnas bajo el paraguas del huracán Podemos, acabarán diluyéndose cual azucarillo.
En el fondo, entiendo a los viejos arcanos que han forzado la marcha de Tania Sánchez (la mano que mecía su cuna era la de Alberto Garzón antes que la de Pablo Iglesias): tiene que ser muy jodido llevar cuarenta años queriendo ser la alternativa al socialismo para ver cómo un partido surgido hace solo unos meses te pasa por “tu” banda izquierda y mete el gol. No olvidemos que los comunistas ya pasaron otros cuarenta años siendo los referentes de la izquierda en tiempos de la dictadura, la clandestinidad y el exilio… Todo para ver cómo un Felipe González impoluto, este pasándoles por el área del volante centro-derecho, les superaba para meter otro gol por la escuadra. Y es que lo de Podemos no es nuevo para ellos…
¿Qué queda al final de todas esas divisiones que, según muchos, hacen atractiva en el fondo a la izquierda? Esta vez, morir. Podemos, un extremo zurdo que finge no subir la bola por ninguna banda, ya tiene preparado un punterazo.
Artículo publicado en Cuadrilátero 33, dentro del combate ‘La atomización de la izquierda española’.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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