Hoy no es día de reproches, pero es terrible que hayan tenido que pasar 35 años para que al fin la Iglesia reconozca lo que su pueblo latía a borbotones desde lo más hondo de su corazón: que San Romero de América es santo. Al fin, hoy es beatificado en su hogar, en San Salvador, donde unos criminales le cosieron a balazos mientras elevaba al cielo la Hostia. Incomprensiblemente, pese a que hacía ya tiempo que él había aceptado su propio sacrificio y clamaba que su sangre sería semilla de justicia para los oprimidos, en la Iglesia fueron muchos los que despreciaron su asesinato y lo achacaron sin más a que era “un comunista”.
Tamañas barrabasadas solo pueden provenir de quienes jamás han puesto un pie en el barro en el que los más desfavorecidos se hunden cada día por causa de la injusticia. Monseñor Romero nunca se movió por ideología alguna. De hecho, en sus inicios como obispo era más bien conservador. Hasta que fue pastor en medio de los suyos y vio que quienes les hacían sufrir eran los oligarcas que los explotaban sin ningún apego a la ley. Entonces, como ha de hacer todo padre cuando presencia una injusticia, levantó el dedo, señaló y denunció. Sabía que los caciques, instalados en el poder, no le perdonarían y le mandarían a su jauría armada. Sabía que eso le costaría la vida y, además, la incomprensión de muchos de sus hermanos en la Iglesia.
Pero ante todo sabía que Dios quería eso, que era un instrumento suyo para dar esperanza a su pueblo. No, Monseñor Romero no murió por causas políticas. Fue un mártir de Dios. Por su pueblo. Para que su pueblo creyera en un Dios más cercano a su sufrimiento a través de San Romero de América. Ha costado. Pero, al fin, el Papa Francisco ha hecho justicia. Aún le toca mover muchísimas otras rocas que enclavan a la Iglesia en la mirada altiva. Le costará el desprecio de quienes cada vez disimulan menos, pero el sencillo pueblo de Dios se lo agradecerá con el alma.
Gracias, Papa Francisco. Gracias por San Romero de América. Al fin.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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