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La Organización Mundial del Turismo (OMT) ha confirmado que, en 2024, la industria turística alcanzó casi los mismos niveles que en 2019, un hito que no solo refleja una recuperación económica sino también nuestra inagotable necesidad de explorar el mundo.
Con 1.400 millones de personas viajando internacionalmente y un gasto promedio por turista de más de 1.000 dólares, la industria está, literalmente, de regreso en los mapas. Europa lidera como el continente más visitado, con Francia y España en los primeros puestos, atrayendo a 100 y 98 millones de turistas, respectivamente. Eventos como los Juegos Olímpicos de París, la reapertura de la catedral de Notre Dame y los aniversarios históricos como el Día D han convertido a Francia en el destino estrella. Sin embargo, también hay más en esta historia que cifras récord y economías revigorizadas.
En el otro extremo del espectro, vemos cómo el turismo masivo genera tensiones. El aumento de viajeros a destinos ya saturados ha encendido alarmas, especialmente en países como España e Italia. Las protestas en Barcelona y las restricciones en Venecia son ejemplos de cómo algunas comunidades locales están diciendo “basta”. Incluso el turismo sostenible, el mantra de moda, enfrenta el reto de ser algo más que una promesa vacía.
Resulta fascinante observar también cómo destinos menos conocidos están emergiendo como alternativas viables.
Países como Albania, El Salvador y microestados como Andorra han experimentado un auge significativo, gracias a estrategias que apuestan por atraer turistas sin caer en la trampa del exceso.
En Oriente Medio, Qatar es un ejemplo destacado: inversiones masivas en infraestructura lo han posicionado como un nuevo líder regional en turismo de lujo.
Sin embargo, no podemos ignorar que este renacimiento trae consigo una paradoja. Mientras celebramos la recuperación de la industria, también debemos preguntarnos cómo equilibrar el crecimiento con la sostenibilidad. ¿De qué sirve un turismo en auge si destruye los ecosistemas que lo hacen posible? La OMT ha instado a buscar destinos menos conocidos, pero esto no resuelve el problema de fondo: la necesidad de repensar cómo viajamos.
Quizá sea hora de que tanto los turistas como los gobiernos adopten un enfoque más consciente. Esto podría implicar desde elegir destinos emergentes hasta aceptar tarifas más altas que financien la conservación. La verdadera recuperación del turismo no radica solo en los números, sino en la capacidad de aprender de los errores del pasado y construir una industria que respete tanto a los lugares visitados como a quienes los llaman hogar.
Entonces, la próxima vez que estés atrapado en una fila de seguridad o frustrado por los altos costos de una reserva anticipada, considera esto: el turismo no es solo un derecho o un lujo; es una responsabilidad compartida. Viajar más puede ser emocionante, pero viajar mejor es el verdadero desafío de esta era post-pandemia.
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