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El extraño mundo de «los derechos humanos» canadienses

Luis Balcarce 05 Mar 2008 - 17:10 CET
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(PD).-Las comisiones de derechos humanos parecen creer que los canadienses tienen algunos derechos asombrosos.¿Qué tiene en común Maclean’s con una reducción de labios vaginales y con lagartos espaciales chupasangre del sistema estelar Alpha Draconis? Bien, todos forman parte del extraño mundo de «los derechos humanos» canadienses.

Se pregunta el prestigioso articulista canadiense Mark Steyn en su web : ¿qué es una reducción de labios vaginales? Bien, es un procedimiento quirúrgico cosmético practicado a los genitales femeninos de aquellas que no están satisfechas con ellos. Creo que hablo por muchos tristes perdedores varones que viven de recuerdos cada vez más lejanos cuando digo que encuentro difícil imaginar no estar contento con los genitales femeninos…

¿Qué dice? Oh, ¿son las mujeres las que no están satisfechas, no? Ah, bien, bueno, está la salvedad. La Comisión de Derechos Humanos de Ontario está sopesando si convertirse o no en la tercera (que se sepa) comisión «de derechos humanos» de Canadá en procesar a Maclean’s por el crimen de publicar un extracto de mi libro. Margaret Wente, del Globe And Mail, se interesó en saber qué hace la gigantesca maquinaria «de derechos humanos» de Canadá cuando no está pinchando a revistas de propiedad privada, de manera que se coló en el Tribunal de Derechos Humanos de Ontario para verlo en acción de primera mano. Y parece ser que el motivo de que no hayan arrastrado a Maclean’s al tribunal aún es que están liados en la audiencia del caso de dos mujeres que afirman les fue negado su derecho humano a una reducción de labios vaginales por parte de un cirujano plástico de Toronto que se especializa en esa zona concreta. Las mujeres demostraron ser transexuales post-operados que no estaban contentos con algunos de los resultados estéticos de su transformación, y el Dr. Stubbs se negó a practicar el procedimiento al considerar que normalmente opera a mujeres biológicas, y generalmente depende de la velocidad con la que a la cosa se conecta, y en lo que respecta a los transexuales, no tenía idea de dónde se estaba, por así decirlo, metiendo. Si lo hubiera practicado y todo hubiera salido horriblemente mal, los demandantes le habrían dejado en cueros. De manera que, como médico privado, eligió no aceptar el asunto, y como resultado ahora se encuentra en el infierno de la Comisión de Derechos Humanos.

Como señalaba Wente, se puede ver lo que entretuvo los apetitos de los comisarios «de derechos humanos»: he aquí una oportunidad de sentar un montón de «jurisprudencia» en el asunto del «acceso de los transexuales a la sanidad», y, si al final destruye al Dr. Stubbs y su sector, jo, es un precio que vale la pena pagar: el derecho humano a la reducción de labios vaginales es demasiado importante para una sociedad libre. De manera que el Tribunal de Derechos Humanos de Ontario está deliberando con solemnidad si la parte de la primera parte está obligada a seccionar las partes de la parte de la segunda parte.

El Dr. Stubbs es un cirujano de alto nivel, de manera que, al igual que Maclean’s, pueda probablemente soportar unos cuantos años de presión «de los derechos humanos». El sistema carece de riesgos para el demandante: la Corona se hace cargo de las costas del «denunciante», mientras que el «respondiente» — léase demandado — tiene que pagar sus propias costas legales sin importar cuál sea el veredicto eventual. Ted Kindos, de Burlington, Ontario., ya ha gastado 20.000 dólares de su propio bolsillo defendiéndose contra una denuncia «de derechos humanos» y estima que añadirá otras seis cifras a eso antes de que haya terminado. Kindos es propietario de un modesto restaurante, el Tap & Grill de Gator Ted. ¿Qué irrenunciable «derecho humano» violó? Bien, preguntó a un tipo que fumaba «marihuana terapéutica» a la entrada de su restaurante si le importaba no hacerlo. Kindos pensó que sus clientes – entre los que hay niños — no debían tener que atravesar una nube de humo de porro para entrar a su establecimiento, pero aparentemente, en Canadá, existe un derecho humano a encenderte un peta en la entrada de cualquier otro tío. La hierba ajena es siempre más verde, y en este caso el verde del demandante costará a Kindos un montón de verdes. Se enfrenta a la ruina financiera, mientras que para el denunciante no hay coste.

El colectivo de «los derechos humanos» es una deshonra. Los canadienses no son personas particularmente «odiosas». Cierto, en lo profundo del corazón acechan oscuros prejuicios que ocasionalmente pueden ser expresados de manera furtiva ante personas de mentalidad parecida y gracias a una copa o dos. Pero la discriminación en la vivienda y el empleo por motivos de raza o sexo — la justificación original para crear los pseudo-tribunales de derechos humanos — está completamente extinta, de manera que un estamento izquierdista auto-perpetuable ha de seguir adelante inventando derechos humanos nuevos — como el derecho humano a una reducción labial vaginal, o el derecho humano a echarse un canuto en propiedad ajena. Recordará usted a los estudiantes de derecho de Osgoode Hall que presentaron objeciones al extracto de mi libro en Maclean’s, exigieron una noticia de portada a cinco páginas en respuesta, sin editar, con los estudiantes determinando la ilustración y la portada, junto con una donación financiera a «su causa». Como haría cualquier editor que se respete, Kenneth Whyte les informó de que preferiría ir a la bancarrota — en gran medida como parece probable que haga Kindos. Los estudiantes de Osgoode han explicado desde entonces que acudieron a los agentes «de derechos humanos» porque solamente intentaban «iniciar un debate», y el viejo tacaño Maclean’s estaba impidiendo que se escucharan sus voces. Han repetido esta triste súplica en largos editoriales que han escrito para, que se sepa, el Globe And Mail, el National Post, el Toronto Star, el Toronto Sun, el Ottawa Citizen, el Calgary Herald, la Montreal Gazette, Halifax Chronicle-Herald, London Free Press y sin duda unas cuantas publicaciones más. Esa es la realidad de los «islamófobos» medios de Canadá: han prestado kilómetros de espacio editorial para gritar que sus voces están siendo censuradas y todo lo que quieren es empezar un debate — incluso si en ninguna de sus muchas columnas lo inician realmente.

A la sazón, aunque se caracterizan como «los demandantes» de estas demandas, no lo son. En las dos denuncias «de derechos humanos» contra Maclean’s que están presentando, los demandantes en la Columbia Británica son el Dr. Mohamed Elmasry, presidente del Congreso Islámico de Canadá, y Naiyer Habib, y, en el caso federal, el Dr. Elmasry en solitario. Mohamed Elmasry es el hombre que anunció a los cuatro vientos en la televisión canadiense que él aprobaba el asesinato de cualquier civil israelí mayor de edad. Se puede comprender porqué una cara tan improbable de la causa de las campañas «anti-odio» prefiere esconderse detrás de los títeres desconocidos de Osgoode. Pero el hecho de que todo diario importante de Canadá haya abierto sus páginas a túrgidos recitales de victimismo imaginario por parte de estudiantes que no pintan nada en estos casos dice todo acerca de lo «excluidos» y «marginados» que están. Esos son los «racistas» medios canadienses de 2008: todo lo que tienes que hacer es afirmar representar a alguna comunidad con un agravio y, incluso si hay pruebas de que no representas a nadie aparte de tus propias obsesiones peculiares y no tienes nada sustancial que aportar, nueve de cada 10 editores te abrirán sus páginas — sin importar lo que tu interminable prosa victimológica perpetre a su tirada.

El Dr. Keith Martin, un miembro progresista del Parlamento, la Asociación de Periodistas Canadienses, y PEN Canadá (es decir John Ralston Saul y el resto del estamento conservador) apoyan la derogación de la Sección 13 del Código de Derechos Humanos, bajo la cual Maclean’s y Ezra Levant, ex editora del Western Standard, han sido arrastrados ante «la policía del pensamiento». Otros hablan de que Maclean’s apelará (tras perder, como pierden todos los demandados de la Sección 13 federal) al Supremo. La última vez, sus señorías respaldaron la Sección 13 por una mayoría de tres cuartos, anunciando con confianza que «no hay ningún peligro de que la opinión subjetiva con respecto a la ofensa suplante a la intencionalidad real». Por supuesto, eso es exactamente lo que ha sucedido, como podría haber previsto cualquiera que no sea juez del Tribunal Supremo. Este es un sistema filosóficamente cojo y corruptamente administrado que supone una afrenta a la herencia legal de Canadá.

Ese puede ser el motivo de que, cuando hasta los diputados progres y los conservadores canadienses comprenden lo que está sucediendo, los únicos defensores del sistema sean sus beneficiarios, como Pearl Eliadis, ex directora de la Comisión de Derechos Humanos de Ontario que me acusaba en el Montreal Gazette de «prácticas de alteración del orden» por cometer la impertinencia de resistirme a ser juzgado por un fanático en un tribunal sin ningún peso legal. Ella afirma que estoy intentando «desacreditar» a reconocidos expertos en derechos humanos, refiriéndose de esta manera a un grupito reducido y nada representativo que ha provocado un daño enorme a los verdaderos derechos humanos como la presunción de inocencia. Los demandantes «de derechos humanos» son activistas profesionales: desde haberse presentado su denuncia, el transexual del caso de la reducción labial vaginal ha obtenido un cargo público para investigar la situación sanitaria de los transexuales. Richard Warman, el demandante de más de la mitad de todos los casos federales de la Sección 13, ni siquiera es transexual ni integrante de ningún grupo de víctimas aprobado. Usted puede escribir un artículo acerca de los judíos, los homosexuales, los musulmanes o los transexuales que no ofenda a un solo judío, homosexual, musulmán o transexual. Pero si Warman, ex empleado del Tribunal de Derechos Humanos de Canadá, decide ofenderse a nombre de ellos, le arrastrará ante el tribunal sin jurisdicción. Ha sido demandante en cada caso federal por la Sección 13 de los seis últimos años. Ninguna otra provisión del Derecho canadiense tiene un perfil tan deformado que, en la práctica, sea el juguete personal de un hombre muy raro.

Oh, ¿y la parte del principio sobre lagartos espaciales? Esto va de un ex comentarista deportivo de la BBC llamado David Icke en el que Warman ha puesto sus miras. Hace unos cuantos años, a Icke se le cruzaron los cables y construyó una teoría formal que parte del hecho de que la Reina y los demás miembros de la familia real son reptiles bebedores de sangre cambiantes de forma que descienden de lagartos espaciales gigantes. Warman decidió cerrarle la boca declarando al Independent On Sunday:

«¿Qué beneficio puede haber en dejarle hablar?”

La pregunta no es si estoy o no «desacreditando» al estamento radical de los derechos humanos de Canadá, sino quién le dio vela para empezar, hasta el punto de que Warman cree que los comisarios deben determinar a quien «se permite» hablar. Lo siento, pero esa no es mi definición de «derechos humanos». Y antes preferiría medirme con un lagarto espacial cambiante de forma que con una estrella de camarillas siempre crecientes que cambia constantemente de chaqueta y que avergüenza a Canadá.

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