(Michael Gerson).-El contexto invitaba a hacer comparaciones con John F. Kennedy. La fecha invitaba a hacer comparaciones con Martin Luther King Jr. El escenario invitaba a hacer comparaciones con Zeus. Las declaraciones reales invitan a hacer comparaciones con cada discurso Demócrata de mensaje de los últimos 20 años.
En esencia, el discurso de Barack Obama en la convención podría haber sido pronunciado fácilmente por Al Gore o John Kerry — y, en diversas variantes, fue pronunciado por Kerry y Gore. Todo estuvo presente: la bolsa de populismo económico — basado en la premisa de que la mayoría de los americanos está llenando sus bolsas para el almuerzo de desperdicios sacados de vertederos; los ataques a las corporaciones, los millonarios y otras siniestras fuentes de puestos de trabajo; la conmovedora fe en el poder de la diplomacia.
Esto no equivale a decir que todos estos temas sean ineficaces — tanto Gore como Kerry casi se convirtieron en presidentes con ellos. Y estos candidatos no poseían ni siquiera la mitad de las habilidades políticas de Obama.
En su tono, el gran discurso de Obama fue pequeño, partidista, con frecuencia defensivo y puntualmente vil. «Tengo noticias para ti John McCain,» exclamaba. «Todos anteponemos a nuestro país.» Fue un patrón de la noche: «No soy débil — tú eres el que no ha matado a bin Laden con sus propias manos. No soy inexperto — tú eres el que es viejo y distante». Ninguno de estos ataques se lanzó con gracia ni inteligencia.
Y algunos de los ataques eran simplemente injustos. ¿De verdad es creíble culpar a McCain de multiplicar por un factor tres las importaciones petroleras durante su tiempo como senador? ¿Qué significa que McCain «ni siquiera seguirá (a bin Laden) hasta la caverna en la que vive»? ¿Que McCain es cobarde? ¿Que sabe dónde se esconde bin Laden y que no lo dice al resto de nosotros? ¿Que no cree en combatir a al-Qaeda?
En su redacción, el discurso de Obama estuvo agresivamente falto de excepcionalidad, como si lo hubiera preparado para resultar corriente. Las entradas a los aplausos fueron generalmente pobres: «¡Basta!» «¡Somos un país mejor que esto!» Hubo poco humor efectista. Ronald Reagan utilizaba fragmentos de películas de Clint Eastwood: «Adelante, alégrame el día.» Obama utilizó este fragmento — «Con ocho basta» — de una telecomedia de los años 70. (La canción, recordará, reza, «Con ocho basta para llenar nuestras vidas de amor.»)
En su desarrollo, por supuesto, Obama se mostró reveladoramente confiado — lo cual parece ser cada vez más una garantía en sí misma en el caso de un hombre que principalmente cree en sí mismo.
Hacia el último fuego artificial de la convención Demócrata, la transformación de Obama estaba completada. Había seguido al pie de la letra el consejo de cada consultor político Demócrata cínico y cortante. Deshacerse de la retórica cerebral e ilusoria. Cerrar el mensaje en los colectivos objetivo electoral, no en los historiadores. Ir a la yugular del anciano.
En la ejecución, se perdieron oportunidades. Obama no dijo nada interesante de la raza en América, en un momento en el que habría sido de esperar. No llevó a cabo ningún gesto de cara a los conservadores religiosos, algo que ahora parece más una acción calculada frustrada por su oponente que un proyecto. No ofrecía ninguna propuesta política creativa capaz de trascender las divisiones partidistas. En la práctica, su mensaje discurrió con fidelidad impoluta por los viejos cauces partidistas. Esto es genuinamente decepcionante. Un Demócrata que gane de esta manera va a ser incapaz de poner orden en los inevitables excesos del Congreso Demócrata, y la inevitable contra-reacción de los Republicanos dejará a Washington, una vez más, en un escenario de batalla de trincheras y refriegas sacado de la Primera Guerra Mundial.
Algunas ilusiones también se han perdido. Para muchos americanos, el excitante candidato joven que ganó en los caucus de Iowa portaba la promesa de ser un tipo de político nuevo por completo — mejor que, y diferente a, la norma política de amargura y cálculos. Aquellas esperanzas parecen ahora — en palabras de un Demócrata famoso — «un cuento de hadas.» En esta convención, Obama «maduró» para convertirse en el perfecto político Demócrata típico. Y esto plantea una cuestión acerca del propio Obama. Entre Iowa y Denver hay poca consistencia excepto talento y ambición. ¿Hay algo más en este candidato que talento y ambición?
Es la opinión generalizada que esta transformación resulta políticamente brillante: en un año de elecciones de masivo descontento, un Demócrata que suene a Demócrata seguramente va a ganar.
Eso puede ser cierto. Pero Obama parece decidido a poner a prueba la teoría en su totalidad. La lista Demócrata está integrada por dos de los progresistas más ideológicos del Senado de los Estados Unidos. No incluye a ningún gobernador razonable, a ningún candidato con raíces en el Sur, a ningún candidato con experiencia militar (por primera vez en décadas). Y ahora ofrece el mensaje más puro de agresión partidista y resentimiento de clases.
Que comience la deprimente batalla.
© 2008, The Washington Post Writers Group
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