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El chivato televisivo de Obama

Luis Balcarce 30 Mar 2009 - 08:23 CET
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(Michael Gerson).- Es asombroso lo rápidamente que una inclinación presidencial se transforma de evidencia a broma y a patrón de comportamiento. Barack Obama — el llamado “orador político más elocuente de nuestro tiempo” — ha pasado a conocerse con el sobrenombre de el presidente del chivato televisivo.

El asunto ganó fuerza cuando el Primer Ministro irlandés Brian Cowen leyó 20 segundos de declaraciones del monitor de Obama en una ceremonia en la Casa Blanca antes de darse cuenta de su error. La Gobernadora Kathleen Sebelius, en su investidura como directora del Departamento de Salud y Servicios Sociales, se vio obligada a esperar en un incómodo silencio mientras el monitor de Obama era ajustado. Después vino el uso por parte de Obama del autocue de pantalla grande en la conferencia de prensa de la noche del martes.

La crónica de Ron Fournier, de The Associated Press, comenzaba: «¿Qué tipo de político se lleva un chivato televisivo a una conferencia de prensa?” Un artículo reciente del Político afirmaba, “El Presidente Barack Obama no va a ninguna parte sin su chivato,» llamándolo «una muleta.” Y en un popular blog nuevo, el chivato de Obama relata su jornada.

Si alguien es culpable de esta dependencia tecnológica, probablemente sea Fred Barton, un actor de los años 50. Según cuenta la historia la escritora Laurie Brown, Barton tenía problemas para memorizar la considerable cantidad de frases exigidas por el director televisivo. De forma que inventó una pantalla vertical de texto escrito — una idea que compartió con Irving Berlin Kahn (el sobrino del compositor) y Hub Schlafly, de la 20th Century Fox. Enseguida el dispositivo era utilizado por Milton Berle y los actores de diversas telenovelas. En 1952, Schlafly recibió una llamada de un hombre identificado simplemente como “Jefe” que solicitaba una reunión en el Waldorf-Astoria. Resultó ser el ex presidente Herbert Hoover, que terminó utilizando un chivato para su discurso en la convención Republicana de ese año.

Para los políticos, el chivato siempre ha sido una especie de vicio engorroso — el equivalente político a comprar cigarrillos, Haagen-Dazs y un ejemplar del Playboy en el colmado.

Esta burla se basa en la opinión de que el dispositivo exagera el vacío entre imagen y realidad — que implica una especie de falacia. Es cierto que con frecuencia hay diferencias entre un presidente en su discurso e improvisando. Utilizando un chivato televisivo, Obama puede ser ambiciosamente elocuente; sin él, tiende a ser sobriamente magistral. Ronald Reagan con un guión era el más diestro; durante las conferencias de prensa despertaba gestos y sumisión. Es infrecuente que un político, como Tony Blair, hable fuera de micrófono utilizando párrafos maravillosamente redactados.

Pero es un error decir que lo improvisado es de alguna manera más auténtico. Esos redactores y tertulianos que prefieren lo improvisado, que utilizan «retórico» como epíteto, que entienden el dispositivo como sujetador retórico que realza, no entienden la naturaleza del liderazgo presidencial de la importancia que tiene la redacción para el proceso del pensamiento.

Gobernar es un arte, no simplemente un talento. Implica la clasificación cuidadosa de prioridades e ideas. Y la disciplina de la escritura — expresar ideas con claridad y llevarlas al papel en el orden adecuado — es esencial para gobernar. Por este motivo, los mayores líderes han llegado a extremos insospechados con la retórica. Lincoln editaba y revisaba continuamente sus discursos. Churchill practicaba hasta la memorización. Tales líderes no se habrían perfeccionado «improvisando.” En lo referente a la retórica, improvisar es con frecuencia desafortunado y autoindulgente — algo practicado por políticos que escuchan a Mozart en su propia voz mientras los demás oyen platillos y gallos al azar. Los líderes que prefieren hablar sin prestar demasiada atención a lo que dicen no son más auténticos, a menudo son más vagos — no más «reales,» sino más indisciplinados.

Esta es la contribución perenne de Fred Barton y su apuntador televisivo. El proceso de redacción de discursos que pone palabras afectadas en el monitor del chivato cumple un buen número de propósitos. Pelear con la fórmula precisa de un texto aclara la forma de pensar de un presidente. Permite que el resto de su gabinete tenga una orientación — para defender sus ideas según se edita el discurso. El texto final de un discurso de chivato con frecuencia zanja debates políticos internos. Y el buen trabajo en equipo entre un presidente y sus redactores de discursos da lugar a una retórica memorable — el tipo de palabras que plasman un momento histórico y lo transforman a la vez.

La meta de Obama en su reciente conferencia de prensa no fue tan elevada — expresar sus opiniones sobre la economía con precisión, al afrontar una crisis en la que una palabra perdida podría conllevar un coste enorme.

Durante los dos vacilantes primeros meses, Obama ha tenido muchos problemas. Pero valerse de un autocue no es uno de ellos. Un discurso asistido por un chivato televisivo representa la elevación de la redacción de discursos en política. Y la buena redacción tiene una autenticidad propia.

© 2009, Washington Post Writers Group

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