La reciente visita de Viktor Orbán a la Casa Blanca ha sido éxito económico, político y diplomático para el gobierno húngaro. La relación personal entre Orbán y Donald Trump es muy estrecha. El primer ministro húngaro fue el primero en apoyar públicamente a Trump y mantuvo ese apoyo incluso después de la derrota de 2020. A su vez, el presidente de los Estados Unidos puso a Orbán como ejemplo más de cien veces durante la campaña. No es exagerado decir que son verdaderos amigos y eso se ha revelado en detalles como la disposición de los comensales durante el almuerzo: Orbán se sentó junto a Trump y no frente a él, lo que revela una cercanía personal poco frecuente.
El resultado de esta magnífica relación personal, de la afinidad política y de los respectivos liderazgos ha sido un verdadero triunfo para Hungría.
En primer lugar, ha logrado para su país una exención de las sanciones impuestas por la compra de gas ruso, lo que ha evitado que el precio de la energía en Hungría se disparase. La factura energética se hubiese triplicado en los hogares húngaros durante los meses invernales. Debe tenerse en cuenta que las infraestructuras energéticas húngaras se construyeron durante la Guerra Fría, cuando el país estaba controlado por los comunistas y en la órbita soviética. Por otro lado, desde el Tratado de Trianon (1920) Hungría carece de salida al mar, lo que le impide el acceso fácil a suministro energético de ultramar. Aun así, Hungría se ha comprometido a aumentar la compra de gas estadounidense. De este modo, el país centroeuropeo se garantiza el suministro de forma indefinida a un precio asequible.
Por otra parte, el apoyo estadounidense al gobierno húngaro es una desautorización política al acoso por parte de la Comisión Europea a través de una combinación de procedimientos judiciales ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y de mecanismos presupuestarios -la llamada condicionalidad- que, so pretexto de asegurar el cumplimiento de los valores y normas de la UE, intenta en la práctica debilitar la economía húngara y socavar los apoyos del gobierno húngaro al tiempo que quiere forzarle a adoptar políticas woke que están fracasando en el resto de Europa como sucede con la inmigración. Hungría es beneficiaria de aproximadamente 22 000 millones de euros en fondos de cohesión para el periodo 2021-2027, cuyo pago está suspendido. No es exagerado advertir que, detrás de esa ofensiva, hay un verdadero intento de derribar al gobierno húngaro en las próximas elecciones y sustituirlo por otro más afín a las políticas globalistas de la unión. El apoyo estadounidense demuestra que Hungría no está sola en la defensa de Occidente y de la soberanía nacional de los Estados. Por ejemplo, uno de los resultados del viaje ha sido el anuncio de la creación de un “escudo financiero” o mecanismo de cooperación financiera con EE.UU. para proteger al país de ataques externos a su sistema financiero o a su divisa.
Por fin, el viaje ha supuesto una victoria diplomática para Budapest, que será la sede de las próximas conversaciones entre Donald Trump y Vladímir Putin acerca de la paz en Ucrania. Aunque no hay una fecha fija para el encuentro, que se pospuso por falta de acuerdo entre las partes clave (Rusia, Ucrania, EE.UU.) sobre los términos de las negociaciones, sí hay consenso en que, en caso de producirse, será en Budapest. Esto sitúa a Hungría como el único país de la Unión Europea que goza de la confianza de las dos grandes potencias decisivas a la hora de poner fin al conflicto.
Se trata, pues, de un verdadero triunfo para el gobierno húngaro, que afronta elecciones en abril de 2026.
Ricardo Ruiz de la Serna
Investigador Asociado
Centro de Derechos Fundamentales (Madrid)
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